MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA VIII
JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
"Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia"
(Jn 10, 10)
Muy queridos jóvenes:
1. Después de los encuentros de Roma, de Buenos Aires, de Santiago de
Compostela y de Czestochowa, sigue nuestra peregrinación sobre los
caminos de la historia contemporánea. La próxima etapa será
en Denver, en el corazón de los Estados Unidos, junto a las Montañas
Rocosas del Colorado, donde, en agosto de 1993, se celebrará la VIII
Jornada mundial de la juventud. Allí, junto a tantos jóvenes
americanos, se darán cita, como ya ha sucedido en los encuentros
anteriores, chicos y chicas de todo el mundo, representando la fe más
viva o, al menos, la búsqueda más apasionada del universo juvenil
de los cinco continentes.
Estas manifestaciones periódicas no quieren ser un rito
convencional, es decir, un acontecimiento que se justifica en su misma
repetición. Al contrario, nacen más bien de una necesidad
profunda que tiene su origen en el corazón del ser humano y se
refleja en la vida de la Iglesia, peregrina y misionera.
Las Jornadas y los Encuentros mundiales de la juventud marcan providenciales
momentos de reflexión: ayudan a los jóvenes a interrogarse
sobre sus aspiraciones más íntimas, a profundizar su sentido
eclesial, a proclamar con creciente gozo y audacia la común fe en Cristo,
muerto y resucitado. Son momentos en los que muchos de ellos maduran opciones
valientes e iluminadas, que pueden contribuir a orientar el futuro de la
historia bajo la guía, al mismo tiempo fuerte y suave, del Espíritu
Santo.
En el mundo presenciamos la "sucesión de los imperios", es
decir, la sucesión de intentos de unidad política que determinados
hombres imponen a otros hombres.
Los resultados están a la vista de todos. No es posible construir una
verdadera y constante unidad mediante la constricción y la violencia. Una
meta tan alta sólo se puede alcanzar construyendo sobre el fundamento de
un común patrimonio de valores acogidos y compartidos, como, por ejemplo,
el respeto a la dignidad del ser humano, la acogida de la vida, la defensa de
los derechos del hombre, la apertura a la transcendencia y a las dimensiones del
espíritu.
En esta perspectiva, respondiendo a los desafíos del tiempo que
cambia, el encuentro mundial de los jóvenes quiere ser semilla y
propuesta de una nueva unidad, que transciende el orden político,
pero que lo ilumina. Se funda en la certeza de que sólo el Artífice
del corazón humano puede dar una respuesta adecuada a los deseos que en él
se albergan. De esta forma la Jornada mundial de la juventud se convierte en el
anuncio de Cristo que proclama, también a los hombres de este siglo: "Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,
10).
2. Entramos así de lleno en el tema que guiará la reflexión
durante este año de preparación a la próxima "Jornada".
En todas las lenguas existen varios términos para expresar lo que el
hombre no quiere perder bajo ningún concepto, lo que constituye su
aspiración, su deseo, su esperanza; pero ninguna otra palabra como el
término "vida" logra resumir en todas ellas de forma tan
completa las mayores aspiraciones del ser humano. "Vida" indica la
suma de los bienes deseados y al mismo tiempo aquello que los hace posibles,
accesibles, duraderos.
¿Acaso la historia del hombre no está marcada por una fatigosa y
dramática búsqueda de algo o alguien que sea capaz de liberarlo de
la muerte y de asegurarle la vida?
La existencia humana conoce momentos de crisis y de cansancio, de desilusión
y de oscuridad. Se trata de una experiencia de insatisfacción que se
refleja bien en tanta literatura y en tanto cine de nuestros días. A la
luz de un esfuerzo tan grande es fácil comprender la particular
dificultad de los adolescentes y de los jóvenes que se dirigen, con el
corazón encogido, hacia ese conjunto de promesas fascinantes y de oscuras
incógnitas que presenta la vida.
Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y
de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser.
En la culminación de la revelación, el Verbo encarnado proclama: "Yo
soy la vida" (Jn 14, 6), y también: "Yo he venido para
que tengan vida" (Jn 10, 10). ¿Pero qué vida? La
intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que
está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón
humano (cf. 1 Co 2, 9). Efectivamente, por la gracia del bautismo,
nosotros ya somos hijos de Dios (cf. 1 Jn 3, 1-2).
Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a enfermos y a
los que sufren, ha liberado a endemoniados y resucitado a muertos. Se ha
entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de
esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida
inmortal.
3. La experiencia cotidiana nos enseña que la vida está
marcada por el pecado y amenazada por la muerte, a pesar de la
sed de bondad que late en nuestro corazón y del deseo de vida que recorre
nuestros miembros. Por poco que estemos atentos a nosotros mismos y a las
situaciones que la existencia nos presenta, descubrimos que todo dentro de
nosotros nos empuja más allá de nosotros mismos, todo nos
invita a superar la tentación de la superficialidad o de la desesperación.
Es entonces cuando el ser humano está llamado a hacerse discípulo
de aquel Otro que lo transciende infinitamente, para entrar finalmente en la
vida eterna.
Existen falsos profetas y falsos maestros de vida. Hay maestros que
enseñan a salir del cuerpo, del tiempo y del espacio para poder entrar en
la "vida verdadera". Estos condenan la creación y, en nombre de
un falso espiritualismo, conducen a miles de jóvenes por caminos de una
liberación imposible, que al final los deja más solos, víctimas
del propio engaño y del propio mal.
Aparentemente en el polo opuesto, los maestros del "carpe diem"
invitan a seguir toda inclinación o apetencia instintiva, con el
resultado de hacer caer al individuo en una angustia llena de inquietud, acompañada
de peligrosas evasiones hacia falaces paraísos artificiales, como el de
la droga.
También hay maestros que sitúan el sentido de la vida
exclusivamente en el éxito, en el deseo de riquezas, en el desarrollo de
las capacidades personales, sin tener en cuenta la existencia de los otros ni el
respeto por los valores, ni siquiera por el valor fundamental de la vida.
Estos y otros tipos de falsos maestros de vida, numerosos también en
el mundo contemporáneo, proponen objetivos que no sólo no sacian,
sino que agudizan y aumentan la sed que arde en el alma del hombre.
¿Quién podrá por tanto medir y colmar sus deseos?
¿Quién, sino Aquel que, siendo el autor de la vida, puede saciar
el deseo que él mismo ha puesto dentro de su corazón? Él se
acerca a cada uno para proponerle el anuncio de una esperanza que no engaña;
él, que es al mismo tiempo el camino y la vida: el camino para entrar
en la vida.
Nosotros solos no sabremos realizar aquello para lo que hemos sido creados.
En nosotros hay una promesa, pero nos descubrimos impotentes para realizarla.
Sin embargo el Hijo de Dios, que vino entre los hombres, dijo: "Yo soy el
camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Según una sugestiva
expresión de san Agustín, Cristo "ha querido crear un lugar
donde cada hombre pueda encontrar la vida verdadera". Este "lugar"
es su Cuerpo y su Espíritu, en el que toda la realidad humana, redimida y
perdonada, se renueva y diviniza.
4. Efectivamente, la vida de cada uno de nosotros ha sido pensada antes de
la creación del mundo, y con razón podemos repetir con el
salmista: "Señor, tú me sondeas y me conoces... tú has
creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno" (Sal 139).
Esta vida, que estaba en Dios desde el principio (cf. Jn 1, 4), es
vida que se dona, que nada retiene para sí y que, sin cansarse,
libremente se comunica. Es luz, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre"
(Jn 1, 9). Es Dios, que vino a poner su tienda entre nosotros (cf. Jn
1, 14) para indicarnos el camino de la inmortalidad propia de los hijos de
Dios y para hacerlo accesible.
En el misterio de su cruz y de su resurrección, Cristo ha destruido
la muerte y el pecado, ha abolido la distancia infinita que existía entre
cada hombre y la vida nueva en él. "Yo soy la resurrección y
la vida -proclama-; quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo
el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn
11, 25).
Cristo realiza todo esto donando su Espíritu, dador de vida, en
los sacramentos; particularmente en el bautismo, sacramento que hace
de la existencia recibida de los padres, frágil y destinada a la muerte,
un camino hacia la eternidad; en el sacramento de la penitencia que
renueva continuamente la vida divina gracias al perdón de los pecados; en
la Eucaristía "pan de vida" (cf. Jn 6, 35), que
alimenta a los "vivos" y hace firmes sus pasos en la peregrinación
terrena, hasta poder llegar a decir con el apóstol san Pablo: "Yo
vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,
20).
5. La vida nueva, don del Señor resucitado, se irradia después
a todos los ámbitos de la experiencia humana: en la familia, en la
escuela, en el trabajo, en las actividades de todos los días y en el
tiempo libre.
La vida nueva comienza a florecer aquí y ahora. Signo de su
presencia y de su crecimiento es la caridad: "Nosotros sabemos que hemos
pasado de la muerte a la vida -afirma san Juan- porque amamos a nuestros
hermanos" (1 Jn 3, 14) con un amor de obra y en verdad. La vida
florece en el don de sí a los otros, según la vocación de
cada uno: en el sacerdocio ministerial, en la virginidad consagrada, en el
matrimonio, de modo que todos puedan, con actitud solidaria, compartir los dones
recibidos, sobre todo con los pobres y los necesitados.
Aquel que "nazca de lo alto" será capaz de "ver el
reino de Dios" (cf. Jn 3, 3) y de comprometerse en la construcción
de estructuras sociales más dignas del hombre y de cada hombre, en la
promoción y defensa de la cultura de la vida contra cualquier amenaza de
muerte.
6. Queridos jóvenes, vosotros os hacéis intérpretes de
una pregunta que, frecuentemente, os hacen muchos de vuestros amigos: ¿Cómo
y dónde podemos encontrar esta vida, cómo y dónde podremos
vivirla?
La respuesta la podéis encontrar vosotros mismos, si tratáis
de permanecer fielmente en el amor de Cristo (cf. Jn 15, 9). Vosotros
podréis experimentar directamente la verdad de su palabra: "Yo
soy... la vida" (Jn 14, 6), y podréis llevar a todos este
gozoso anuncio de esperanza. Él os ha constituido sus embajadores,
primeros evangelizadores de vuestros coetáneos.
La próxima Jornada mundial de la juventud en Denver nos ofrecerá
una ocasión propicia para reflexionar juntos sobre este tema de gran
interés para todos. Pero hay que prepararse para esta importante cita,
mirar a nuestro alrededor para encontrar y reconocer aquellos "lugares"
en los que Cristo está presente como manantial de vida. Pueden ser las
comunidades parroquiales, los grupos y movimientos de apostolado, los
monasterios y casas religiosas, y también personas concretas a través
de las cuales, como sucedió a los discípulos de Emaús, él
hace que arda nuestro corazón y se abra a la esperanza.
Queridos jóvenes, con espíritu de gratuidad, sentíos
directamente implicados en la tarea de la nueva evangelización, que
compromete a todos. Anunciad a Cristo que "murió por todos a fin de
que los que viven no vivan ya para ellos sino para el que murió y resucitó
por ellos" (2 Co 5, 15).
7. A vosotros, muy queridos jóvenes de los Estados Unidos, que
daréis hospitalidad a la próxima Jornada mundial de la juventud,
se os ha concedido la alegría de acoger como un don del Espíritu
el encuentro con tantos jóvenes que desde todos los lugares del mundo
llegarán como peregrinos a vuestro país.
Ya os estáis preparando para ello mediante una gran actividad
espiritual y organizativa, en la que están implicados todos los miembros
de vuestras comunidades eclesiales.
Deseo de corazón que un acontecimiento tan extraordinario contribuya
a acrecentar en cada uno el entusiasmo y la fidelidad en el seguimiento de
Cristo y a acoger con gozo su mensaje, fuente de vida nueva.
Os confío a la protección de la Santísima Virgen, por
medio de la cual hemos recibido al autor de la vida, Jesucristo, Hijo de Dios y
Señor nuestro. Con gran afecto os bendigo a todos.
Vaticano, 15 de agosto de 1992, solemnidad de la Asunción de María
Santísima.
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