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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO
ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE*

Viernes 20 de octubre de 1978

 

Excelencias, señoras, señores:

Me han impresionado hondamente las palabras nobles y los deseos generosos de los que se ha hecha intérprete vuestro representante. Conozco las relaciones de plena estima y confianza recíprocas que existían ya entre el Papa Pablo VI y cada una de las Representaciones Diplomáticos acreditadas ante la Santa Sede. Este clima era debido a la comprensión, llena de respeto y benevolencia, que este gran Papa tenía de la responsabilidad del bien común entre los pueblos y, sobre todo, a los altos ideales que lo animaban en materia de paz y de desarrollo. Mi inmediato predecesor, el querido Papa Juan Pablo I, al recibiros hace menos de dos meses, había inaugurado relaciones semejantes, y cada uno de vosotros conserva todavía en la memoria sus palabras llenas de humildad, disponibilidad y sentido pastoral, que hago plenamente mías. Y he aquí que hoy heredo yo la misma carga, y vosotros nos manifestáis la misma confianza con idéntico entusiasmo. Os agradezco muy vivamente los sentimientos que atestiguáis con tanta fidelidad a la Santa Sede, a través de mi persona.

En primer lugar, que cada uno se sienta acogido aquí con toda cordialidad, él personalmente y también en nombre del país y pueblo que representa. En verdad, si existe un lugar donde los pueblos deben relacionarse con paz y encontrar respeto, simpatía, sincero deseo de su dignidad, felicidad y progreso, está sin duda en el corazón de la Iglesia, alrededor de la Sede Apostólica, instituida para dar testimonio de la verdad y del amor de Cristo.

Mi estima y mis deseos van dirigidos a todos y cada uno, dentro de la diversidad de vuestras situaciones. Pues en este encuentro están representados no sólo los Gobiernos, sino también los pueblos y las naciones. Y entre ellas, se hallan las "naciones" antiguas, de pasado muy rico, de una historia fecunda, de una tradición y de una cultura propia; están también las naciones jóvenes surgidas hace poco, con grandes posibilidades en perspectiva, o que todavía están despertándose y formándose. La Iglesia ha deseado tomar parte en la vida y contribuir al desarrollo de pueblos y naciones. La Iglesia siempre ha reconocido riquezas particulares en la diversidad y pluralidad de sus culturas, historia y lenguas. En muchos casos la Iglesia ha aportado su contribución específica a la formación de dichas culturas. La Iglesia ha pensado y continúa creyendo que en las relaciones internacionales es obligatorio respetar los derechos de cada nación.

En cuanto a mí, llamado de una de estas naciones a suceder al Apóstol Pedro en el servicio de la Iglesia universal y de todas las naciones, me esforzaré por manifestar a cada una la estima que tiene derecho a esperar. Por ello, debéis haceros eco de mis fervientes deseos ante vuestros Gobiernos y ante todos vuestros compatriotas. Y aquí yo deseo añadir que la historia de mi patria de origen me ha enseñado a respetar los valores específicos de cada nación y de cada pueblo, su tradición y sus derechos en relación con los otros pueblos. Como Papa, yo soy y seré testimonio de esta actitud y de este amor universal, reservando la misma benevolencia a todos, especialmente a quienes sufren pruebas.

Quien dice relaciones diplomáticas, dice relaciones estables, recíprocas, bajo el signo de la cortesía, la discreción y la lealtad. Sin confusión de competencias, dichas relaciones no manifiestan necesariamente por mi parte la aprobación de tal o cual régimen -ello no es asunto mío- ni tampoco, evidentemente, la aprobación de todas sus acciones en la gestión de la cosa pública; sino aprecio de los valores temporales positivos, voluntad de diálogo con quienes están encargados legítimamente del bien común de la sociedad, comprensión de su tarea, frecuentemente tan difícil, interés y ayuda en las causas humanas que aquellos han de promover; todo ello, gracias a intervenciones directas unas veces, y sobre todo a través de la formación de las conciencias, como una contribución específica a la justicia y a la paz en el plano internacional. Al actuar así, la Santa Sede no quiere salirse de su tarea pastoral: ansiosa de poner por obra la solicitud de Cristo, ¿cómo podría desentenderse del bien y progreso de los pueblos en este mundo al preparar la salvación eterna de los hombres, que es su primer deber?

Por otra parte, la Iglesia -y en particular la Santa Sede- piden a vuestras naciones y a vuestros Gobiernos que tomen en consideración cada vez más algunas necesidades. La Santa Sede no lo desea para provecho propio. En unión con el Episcopado local lo hace por los cristianos y creyentes que viven en vuestros países, a fin de que sin ningún privilegio especial, pero con toda justicia, puedan alimentar su fe, asegurar el culto religioso y ser admitidos como ciudadanos leales a participar plenamente en la vida social. La Santa Sede lo hace paralelamente en favor de todos los hombres, sean quienes fueren, sabiendo que la libertad, el respeto de la vida y de la dignidad de las personas -que jamás son instrumentos-, la igualdad de trato, la conciencia profesional en el trabajo y la búsqueda solidaria del bien común, el espíritu de reconciliación, la apertura a los valores espirituales, son exigencias fundamentales de la vida armónica en sociedad, del progreso de los ciudadanos y de su civilización. Ciertamente, estos últimos objetivos figuran en general en los programas de los responsables. Pero el resultado no es siempre el mismo, ni los medios son igualmente válidos.

Existen todavía demasiadas miserias físicas y morales que dependen de la negligencia, egoísmo, ceguera o dureza de los hombres. La Iglesia quiere ciertamente contribuir a atenuar estas miserias, con sus medios pacíficos, educando en el sentido moral, y mediante la acción leal de los cristianos y de los hombres de buena voluntad. Al hacer esto, la Iglesia puede no ser comprendida a veces, pero tiene la convicción de estar prestando un servicio sin el que la humanidad no podría vivir; la Iglesia es fiel a su Maestro y Salvador, Jesucristo.

Con este espíritu, precisamente, espero mantener e incrementar relaciones cordiales y fructíferas con los países que representáis. Os animo en vuestra alta función y animo sobre todo a vuestros Gobiernos a procurar, con creciente afán, la justicia y la paz, con amor bien entendido a vuestros compatriotas y con apertura de espíritu y corazón hacia los otros pueblos. Que Dios os dé luz y fuerzas en este camino a vosotros y a todos los responsables; y que bendiga a cada uno de vuestros países.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.44 p.9, 10.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana  

 

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