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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LOS PERIODISTAS Y OPERADORES AUDIOVISUALES
Sábado 21 de octubre de 1978
Señoras y Señores:
¡Sed bienvenidos! Os agradezco vivamente todo lo que habéis hecho y todo lo que
haréis, para presentar al gran público, en la prensa, radio y televisión, los
acontecimientos de la Iglesia católica, que os han reunido tantas veces en Roma
en estos dos meses.
Ciertamente en vuestra vida profesional habéis vivido días agotadores, a la
vez que emocionantes. El carácter repentino e imprevisible de los hechos que se
han sucedido, os ha obligado a echar mano de un conjunto de conocimientos en
materia de información religiosa que tal vez os eran poco familiares, y
también a responder, en condiciones muchas veces febriles, a una exigencia que
lleva consigo la enfermedad de nuestro siglo: la prisa. ¡Para vosotros, esperar
la "fumata" blanca no ha sido una hora de completo reposo!
Gracias ante todo por haber dado tan amplio eco, con respeto unánime, a la labor
considerable y verdaderamente histórica del gran Papa Pablo VI. Gracias por
haber hecho tan familiar el rostro sonriente y la actitud evangélica de mi
predecesor inmediato, Juan Pablo I. Gracias también por el relieve favorable
que habéis dado al reciente Cónclave, a mi elección y a los primeros pasos que
yo he dado con la carga pesada del pontificado. En todo caso habéis tenido la
ocasión, no solamente de hablar de las personas —que pasan—, sino de la Sede de
Roma, de la Iglesia, de sus tradiciones y de sus ritos, de su fe, de sus
problemas y de sus esperanzas, de San Pedro y de la misión del Papa, de los
grandes desafíos espirituales de hoy, en síntesis, del misterio de la Iglesia.
Permitid que yo me detenga un poco en este aspecto: es difícil presentar bien el
verdadero rostro de la Iglesia.
Sí, los acontecimientos son siempre difíciles de comprender y de hacerlos
comprender. Desde luego, son casi siempre complejos. Basta que se olvide un
elemento por inadvertencia, se omita voluntariamente, se minimice o por el
contrario se acentúe exageradamente, para falsear la visión presente y las
previsiones del futuro. Los hechos de la Iglesia son, por lo demás, más
difíciles de captar por los que los contemplan sin una visión de fe, lo digo con
todo respeto a cada uno, y más todavía de expresar a un amplio público, que
difícilmente capta su verdadero sentido. No obstante, se os exige suscitar el
interés y la acogida de ese público, a la vez que vuestras agencias os piden
frecuentemente, y sobre todo, lo sensacional. Algunos se sienten entonces
tentados de caer en la anécdota; ésta es concreta y puede ser más aceptable,
pero a condición de que la anécdota sea significativa y tenga relación real con
la naturaleza del hecho religioso. Otros se entregan decididamente a un análisis
demasiado detallado de los problemas y de los móviles de las personas de
Iglesia, con el riesgo de referir de forma insuficiente sobre lo esencial. que,
como sabéis, no es de orden político, sino espiritual. Finalmente, desde este
punto de vista las cosas son a menudo más sencillas de lo que uno se imagina:
¡Me atrevería a referirme a mi elección misma!
Pero no es éste el momento de examinar detalladamente los riesgos y méritos de
vuestra función de informadores religiosos. Notemos, por otra parte, que parece
dibujarse un cierto progreso aquí y allá en la búsqueda de la verdad, en la
comprensión y la presentación del hecho religioso. Os felicito por la parte que
habéis tenido en ello.
Quizá os haya sorprendido y estimulado ver que en todos los países un público
muy amplio, que algunos creían indiferente o alérgico a la institución
eclesiástica y a las cosas espirituales, atribuía gran importancia al hecho
religioso. Realmente la transmisión de la misión suprema confiada por Cristo a
San Pedro para evangelizar a todos los pueblos y reunir en la unidad a todos los
discípulos de Cristo, ha aparecido verdaderamente como una realidad que
trasciende los acontecimientos habituales. Sí, la transmisión de este hecho
tiene profundo eco en los espíritus y en los corazones que perciben cómo Dios
está actuando en la historia. Era leal tomar nota de ello y adaptar al caso los
medios de comunicación social de que vosotros disponéis a distintos niveles.
Precisamente lo que deseo es que los artífices de la información religiosa
encuentren siempre en las instancias cualificadas de la Iglesia, la ayuda que
necesitan. Aquéllas los deben acoger con respeto a sus convicciones y su
profesión, proporcionarles documentación plenamente adecuada y absolutamente
objetiva y, a la vez, ofrecerles una perspectiva cristiana que sitúe los hechos
en su significado auténtico para la Iglesia y la humanidad. De este modo
podréis realizar estos reportajes religiosos con la competencia específica que
requieren.
Vosotros sois muy sensibles a la libertad de información y de expresión, y
tenéis razón.
Consideraos gozosos al beneficiaros de ella. Emplead bien esta libertad para
discernir desde más cerca la verdad e introducir a vuestros lectores, oyentes o
telespectadores a «cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de
amable, de laudable, de virtuoso y de digno de alabanza», según las palabras de
San Pablo (Flp 4, 8), a cuanto les ayude a vivir en justicia y fraternidad, a
descubrir el sentido último de la vida, a abrirlos al misterio de Dios tan
cercano a cada uno de nosotros. En estas condiciones vuestra profesión tan
exigente y a veces tan agotadora, yo diría vuestra vocación tan actual y tan
hermosa, elevará aún más el espíritu y el corazón de los hombres de buena
voluntad y, al mismo tiempo, también la fe de los cristianos. Es un servicio que aprecian mucho la Iglesia y la
humanidad.
Yo me atrevo a invitaros también a vosotros a un esfuerzo de comprensión, a una
especie de pacto leal: cuando hagáis un reportaje sobre la vida y la actividad
de la Iglesia, procurad captar, con la máxima intensidad, las motivaciones
auténticas, profundas, espirituales del pensamiento y de la acción de la
Iglesia. La Iglesia, por su parte, escucha el testimonio objetivo de los
periodistas sobre las esperanzas y las exigencias de este mundo. Esto no quiere
decir evidentemente que la Iglesia modele su mensaje según el mundo de su
tiempo: es el Evangelio el que debe siempre inspirar su actitud.
Yo estoy contento de este primer contacto con vosotros. Os aseguro mi
comprensión y me permito contar con la vuestra. Sé que además de vuestros
problemas profesionales, sobre los que volveremos a hablar, tenéis cada uno
vuestras preocupaciones personales y familiares. No temamos confiarlas a la
Virgen María, que está siempre al lado de Cristo. En el nombre de Cristo, yo
os bendigo de todo corazón.
Deseo saludar y bendecir no sólo a vosotros, sino a todos vuestros compañeros
del mundo entero. Si bien representáis diferentes culturas, estáis todos unidos
en el servicio a la verdad. Y el grupo que constituís aquí hoy es ya en sí mismo
manifestación espléndida de unidad y solidaridad. Quisiera pediros que me
hicierais presente ante vuestras familias y compatriotas de los países
respectivos. Os ruego aceptéis cada uno la manifestación de mi respeto, estima
y amor fraterno.
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