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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE NUEVA ZELANDA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Lunes 13 de noviembre de 1978

 

Queridos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

Estaré eternamente agradecido al Señor por haberme dado la oportunidad de visitar Nueva Zelanda. Aunque mi estancia entre vosotros en 1973 fue breve, me proporcionó gran alegría. Os aseguro que los recuerdos de aquellos días siguen vivos todavía y constituyen una razón más para que haga cuanto pueda por ponerme al servicio de vuestro pueblo en el Evangelio de Cristo.

Con la gracia de Dios tengo la esperanza de cumplir hoy mi ministerio papal con vosotros, mis hermanos obispos; como Sucesor de Pedro quiero confirmaros en la profesión de fe del Apóstol, de modo que con vigor nuevo y nueva fuerza por vuestra parte podáis seguir predicando a Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, y ayudando a vuestro pueblo a comprender plenamente su dignidad cristiana y alcanzar su destino final.

El Concilio Vaticano II quiso evitar toda apariencia de triunfalismo en la Iglesia. A este respecto señaló que Cristo llama a su Iglesia «a esta perenne reforma de la que ella, en cuanto institución terrena y humana, necesita permanentemente» (Unitatis redintegratio, 6).

Nunca tuvo el Concilio la mínima intención de afirmar que la Iglesia tiene siempre a su disposición soluciones fáciles para cada uno de los problemas (cf. Gaudium et spes, 33); sin embargo, sí quiso poner de relieve positivamente la tarea de enseñar propia de la Iglesia y el hecho de que está asistida por la luz de Dios para aportar soluciones a problemas que afectan a la humanidad (cf. ib., 12).

El Concilio deseó que todo el pueblo fuera iluminado por la luz de Cristo que brilla en el rostro de la Iglesia, a través de la predicación del Evangelio (cf. Lumen gentium, 1).

La Iglesia refleja verdaderamente la luz de Cristo, y de Cristo ha recibido un mensaje que responde a las aspiraciones fundamentales del corazón humano.

En la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo se nos recuerda que «los obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen juntamente con sus sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio» (Gaudium et spes, 43).

En cuanto obispos, estáis tratando continuamente de responder al deber del servicio pastoral que consiste en transmitir el tesoro de la Palabra de Dios para aplicarla con eficacia a la vida de cada miembro de la grey, a fin de llevar la luz de Cristo a la vida de los individuos y comunidades.

Deseo aseguraros hoy que soy muy consciente de los lazos que nos unen en la Iglesia y en su comunión jerárquica. Contáis con mis oraciones y ayuda en todos vuestros trabajos apostólicos.

De modo especial soy uno con nosotros en la misión de defender a vida humana en todos los estadios.

En vuestras empresas catequísticas y en vuestros afanes en favor de la educación católica, podéis contar ton la solidaridad de la Iglesia universal. ¡Qué labor más importante es proporcionar a los niños escuelas católicas, en las que puedan «crecer en caridad llegándonos a Aquel que es nuestra Cabeza, Cristo» (Ef 4,15).

¡Qué gran reto es para un obispo a custodia del depósito de la doctrina cristiana, de modo que cada veneración nueva pueda recibir la plenitud de la fe apostólica!

¡Y a qué honda sensibilidad paterna y liderazgo espiritual está llamado el obispo, para unir con él eficazmente a toda la diócesis en el ejercicio de la vigilancia colectiva, necesaria para mantener la auténtica educación católica!

Por la palabra, el ejemplo y la oración, el obispo debe alentar a cada miembro de la familia cristiana a cumplir la tarea que le corresponde al hombre o a la mujer para que la luz de Cristo llegue a todo el pueblo, en cada uno de los aspectos vitales de la vida moderna.

A pesar de las dificultades y obstáculos, jamás debemos vacilar en la empresa de volver a establecer la unidad cristiana, siguiendo el deseo ardiente del corazón de Cristo.

La orientación del Concilio Ecuménico es decisiva, y su llamamiento a la conversión y santidad de vida es aún más apremiante hoy que hace catorce años cuando se hizo esta llamada: «Recuerden todos los fieles que tanto mejor promoverán e incluso realizarán la unión de los cristianos, cuanto mayor sea su esfuerzo por vivir una vida más pura según el Evangelio» (Unitatis redintegratio, 7).

La gran herencia ecuménica del Concilio fue condensada sucintamente por Pablo VI en las palabras finales de su testamento, que propongo una vez más a vuestra meditación y a la de toda la Iglesia: «Continúese la tarea de acercamiento a los hermanos separados con mucha comprensión, mucha paciencia y gran amor; pero sin desviarse de la auténtica doctrina católica». Esta tarea delicada está por encima del poder humano; sólo el Espíritu Santo puede llevarla a cumplimiento. Con intensidad de amor debemos rogar al Padre: «Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad».

Con estas reflexiones reitero mi afecto en Cristo Jesús a todo el pueblo católico y a todos los ciudadanos de Nueva Zelanda. Mi amor especial va a los pobres, los enfermos, los afligidos. Envío un saludo particular al pueblo maorí, animándole a permanecer fuerte en la fe y ferviente en el amor.

Mi bendición apostólica «a todos vosotros los que estáis en Cristo» (1 Pe 5, 14).

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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