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DISCURSO DEL PAPA
JUAN PABLO II
AL CARDENAL DE VIENA Y A UN GRUPO DE FIELES DE AUSTRIA
Lunes 27 de noviembre de 1978
Eminentísimo señor cardenal,
muy dignas señoras y señores:
Os doy la cordial bienvenida en vuestra primera visita al nuevo Papa en el
Vaticano. He correspondido con especial alegría al deseo de este encuentro,
puesto que un conocimiento personal y lazos de amistad me unen estrechamente
desde hace años a vuestra eminencia y al país que ustedes aquí representan.
Estos lazos humanos, naturales, se han hecho aún más estrechos y profundos con
mí designación a la Sede de Pedro. Ustedes, por su parte, subrayan esta
especial y espiritual unión no solamente con esta visita al actual Sucesor de
San Pedro, sino con la participación en el día de ayer a la ordenación episcopal
de mons. Squicciarini, quien durante varios años desempeñó en vuestro país
funciones de Representante Pontificio.
Quisiera aprovechar esta ocasión para manifestar la estima que
siento hacia vuestro pueblo, su cultura y los valores que el cristianismo y la
Iglesia le han dado. Por ello nuestro unánime deseo ha de ser que la Iglesia
pueda tener una parte cada vez más profunda en la vida social de vuestro país,
como "la levadura" del Evangelio, que da el buen gusto a la vida del hombre y de
las naciones. a la familia y a las relaciones sociales. Este es mi deseo para la
Iglesia en Austria, para su pueblo y para su Estado. Me acuerdo aún muy bien de
la participación amistosa de vuestro señor Presidente, dr. Kichschläger, en la
ceremonia del comienzo del nuevo pontificado.
De un modo especial vale este deseo para usted, señor cardenal,
como arzobispo de Viena, y para todos sus hermanos en el ministerio episcopal
que trabajan en sus respectivas diócesis. Desde esta sede quisiera agradecerle
una vez más, señor cardenal, cuanto usted ha hecho antes y durante el Concilio,
y sigue haciendo también ahora en el período postconciliar para mantener vivos
los contactos entre las diferentes Iglesias locales y entre los cristianos de
diversos países. De un modo especialísimo le agradezco el que haya aceptado la
dirección del Secretariado para los No Creyentes, función realmente difícil,
pero absolutamente necesaria para la vida de la Iglesia de hoy. Tengo la
esperanza de que podremos contar muchísimo con la ayuda de su experiencia y
sabiduría en este terreno. Tendría aún mucho que decir, y lo diría con emoción,
si continuara hablando. Usted, eminentísimo señor cardenal, y sus apreciadísimos
acompañantes, pueden estar seguros de que en mis oraciones pienso en todos los
que están con usted y en toda la Iglesia austriaca. A todos los bendigo de
corazón.
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