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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO PONTIFICIO «COR UNUM»


Martes 28 de noviembre de 1978

 

Queridos amigos de Cor Unum:

Me siento feliz de recibiros aquí cuando está finalizando vuestra VII asamblea plenaria. Algunos de vosotros formáis parte de Conferencias Episcopales; de Conferencias que tienen posibilidad de ofrecer ayuda material o de las que tienen necesidades que dar a conocer. La mayoría representan organismos caritativos que emanan directamente de dichas Conferencias o han sido constituidos para llevar a realidad la ayuda mutua y la participación de bienes con espíritu cristiano y según objetivos particulares a nivel nacional o internacional.

Puesto que habéis sido llamados a trabajar en un Consejo "pontificio", debo manifestaros la viva gratitud de la Santa Sede; una gratitud tanto mayor al saber que estáis muy ocupados en múltiples tareas de vuestras instituciones particulares, cuya realización no admite demora ninguna. Y sin embargo, comprendéis la necesidad de acudir con asiduidad a las asambleas y reuniones de este Consejo. El Papa personalmente, la Santa Sede y la Iglesia universal, tienen esperanzas en esos encuentros, en la cumbre, de cristianos muy comprometidos al servicio de la promoción, humana y de la caridad, hombres y mujeres que pueden beneficiar dichos encuentros por sus conocimientos y su celo en el plano pastoral, y también por su competencia de expertos en los aspectos técnicos de la ayuda mutua planeada siempre según la preocupación caritativa de la Iglesia. Sí, os animo a que parti­cipéis activa y regularmente en los trabajos del Pontificio Consejo.

Los informes sobre las actividades de Cor Unum ponen claramente de manifiesto cómo progresa y va madurando el espíritu de coordinación que dio origen a esta institución y sigue siendo su razón de existir. Parece que este resultado se ha visto ampliamente favorecido por los grupos de trabajo que el Consejo ha organizado entre los distintos miembros, consultores y otros expertos, sobre temas y objetivos precisos. Esta fórmula permite esperar resultados cada vez más provechosos. Claro está que las Iglesias locales son las primeras afectadas en las etapas de dar o recibir, de preparación o actuación, y su participación es necesaria. Pero resulta no menos necesario que los artífices de la participación de bienes se armonicen y sostengan mutuamente, por encima de los intercambios bilaterales, en el contexto de la Iglesia universal, puesto que se trata de una responsabilidad y una misión verdaderamente universales de la Iglesia. El Pontificio Consejo Cor Unum es justamente el lugar normal y apto de encuentro y coordinación de todos los esfuerzos de ayuda y promoción de la Iglesia. Tal es la esperanza que pusieron en esta obra mis predecesores, esperanza que me complazco en renovaros hoy.

En este breve encuentro no puedo abordar los aspectos múltiples que vosotros mismos habéis estudiado, los cuales deben afectaros hondamente. Todos estamos plenamente convencidos de que la caridad según Cristo debe inspirar nuestra obra de promoción humana; el Evangelio que se ha leído este año en la fiesta de Cristo Rey sigue siendo su Carta Magna. Asimismo tenemos que vigilar para encuadrar bien la promoción en el contexto de la evangelización, que es la plenitud de la promoción humana puesto que anuncia y ofrece la salvación plena del hombre.

Por otra parte, un aspecto particular y, a la vez, capital de vuestra actividad consiste en mantener el impulso de generosidad. Conocéis las situaciones de urgencia que se suelen presentar, ya se trate de catástrofes naturales o de las provocadas por el hombre con sus violencias y egoísmos obstinados. Gracias a Dios, tales situaciones con frecuencia suscitan brotes inmediatos de generosidad en la conciencia de los hombres amantes de la solidaridad; más aún por el hecho de que en estos casos los órganos de información dan eco grande al carácter sensacional de los hechos. Pero si hay catástrofes cuyos efectos pueden eliminarse con una acción decisiva de breve duración, generalmente no es así: las necesidades se prolongan a menudo durante largo tiempo. Y una de vuestras tareas es entonces mantener despierta o reavivar la generosidad y el interés por informar mientras duren las necesidades de nuestros hermanos.

Que el Espíritu Santo os ilumine y dé fuerzas en la obra magnífica que os está confiada. Contribuís a dar el testimonio que mejor caracteriza a los discípulos de Cristo: la caridad, la caridad universal, la que no conoce ni fronteras ni enemigos. De todo corazón os bendigo y bendigo a cuantos colaboran con vosotros.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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