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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR PAUL NDIAYE, EMBAJADOR DE SENEGAL
ANTE LA SANTA SEDE
Sábado 2 de diciembre de 1978
Señor Embajador:
Es una gran felicidad para mí recibiros hoy. La nación de Senegal que vos
representáis ya como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, es un país
con el que la Santa Sede mantiene, desde hace tiempo relaciones de amistad; y
vuestro Presidente, el Excmo. Sr. D. Lépold Sédar Senghor, que as ha encargado de transmitirme su felicitación, es un hombre
de Estado a quien mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, recibió en visita
varias veces con complacencia, y cuyas intervenciones estimaba mucho. Ruego os
hagáis intérprete de mis sentimientos de alta consideración y estima profunda.
Mi pensamiento vuela espontáneamente hacia la Iglesia que está en Senegal y, en
particular, al querido, cardenal Hyacinthe Thiandoum y a los demás hermanos
míos en el Episcopado. En esta ocasión formulo fervientes deseos de felicidad,
paz y progreso para todos vuestros compatriotas.
Una condición esencial de este progreso —Vuestra Excelencia lo ha subrayado y
ello me ha complacido mucho— es el respeto y fomento de los valores
espirituales. Es cierto que el aumento de conocimientos, la lucha por mejorar
las condiciones de salud y el desarrollo económico son muy necesarios y merecen
todos nuestros esfuerzos; pienso en el drama de la sequía, al que se debe poner
remedio a través de una solidaridad grande: pienso en las realizaciones
intrépidas de vuestro Gobierno en el terreno cultural. Pero si este progreso se
viera flanqueado de una concepción materialista de la vida, sería un retroceso.
El hombre quedaría mutilado y perdería pronto la dignidad, el carácter sagrado
y, a la vez, el sentido último de la existencia que consiste en vivir en
presencia de Dios y en relación fraterna con el prójimo. ¡Toda civilización
debe cuidar de no perder el alma!
Haber mantenido la intuición de lo sagrado es el honor de vuestro país, el honor
de la tradición africana. La civilización de la "negritud", que el mismo
Presidente Senghor ha estudiado con gran penetración, posee este sentido
religioso muy arraigado y lo favorece. Es necesario que se siga profundizando y
educando para poder afrontar toda la cultura moderna sin mutilaciones, con sus
filosofías y su espíritu científico y técnico.
La tolerancia y la paz entre los discípulos de las grandes confesiones
religiosas se ven facilitadas por las instituciones de vuestro país, bajo la
guía sapiente de vuestro Presidente. En relación con estas confesiones el
Estado guarda las distancias que le permiten la imparcialidad necesaria
respecto de aquéllas, y la separación normal entre intereses políticos y asuntos
religiosos. Pero esta distancia no es indiferencia: el Estado cabe hacer ver su
estima de los valores espirituales y alentar con justicia los servicios que las
comunidades religiosas prestan a la población en el sector de la enseñanza y de
la asistencia sanitaria.
Y en fin, la paz entre los países, y sobre todo en el continente africano,
preocupa también y con razón al Gobierno y al pueblo de Senegal. Conocedor de
la interdependencia de las naciones e interesado por los derechos humanos de
vuestros vecinos, vuestro país desea ayudar a sus compañeros africanos a atajar
la violencia que renace continuamente, a desterrar la discriminación racial de
que son objeto, y a establecer entre ellos (a ser posible, sin ingerencias
extranjeras) una paz justa y duradera.
En ello está en juego algo muy grande e importante para la felicidad de los
pueblos de África. Que Dios ayude a la aportación sabia y generosa que Senegal
es capaz de prestarle. Conocéis la solicitud constante de la Santa Sede en este
terreno. Me ha impresionado el modo con que Vuestra Excelencia le ha rendido
homenaje.
Os deseo, Sr. Embajador, una misión afortunada y fructífera, e
invoco sobre vuestra persona y vuestros compatriotas y gobernantes, la asistencia del
Altísimo.
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