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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ITALIANA DEL SAGRADO CORAZÓN
EN EL CENTENARIO DEL NACIMIENTO
DEL PADRE AGOSTINO GEMELLI


Viernes 8 de diciembre de 1978

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Ilustrísimo señor rector:

1. Las nobles expresiones con que usted ha querido reafirmar, en este primer encuentro con el nuevo Sucesor de Pedro, la fiel adhesión a Cristo en la persona de su Vicario, y el generoso compromiso de servir a la verdad en la caridad, que animan a los miembros de la gran familia de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, han suscitado en mi ánimo sentimientos de viva emoción y de sincera estima. Por tanto, a usted, a los preclaros representantes del cuerpo académico, a los queridos estudiantes, a los señores del personal administrativo y auxiliares, y a cuantos se han reunido aquí, el testimonio de mi paternal gratitud y de mi especial afecto.

Tengo la dicha de presentaros mi cordial bienvenida, queridos hijos, y de saludar en vosotros a exponentes calificados de una institución que, desde hace muchos años, desarrolla en Italia un papel de gran importancia para la animación cristiana del mundo de la cultura. Con este encuentro, que solicitasteis y os he concedido con gozo, habéis querido finalizar de modo muy significativo las celebraciones con motivo del centenario del nacimiento del padre Agostino Gemelli, el ilustre franciscano que con clarividente sabiduría, caridad apostólica e indomable energía, dio vida al espléndido complejo de personas y de obras, de vida y de pensamiento, de estudio y de acción, que es vuestra Universidad.

En el curso de este año os habéis detenido a reflexionar, con renovada intensidad de afecto, sobre la figura, el pensamiento y la obra del religioso insigne, a quien tanto debe la comunidad de católicos italianos y el mismo mundo de la cultura y de la investigación científica. Habéis tomado de nuevo sus escritos, habéis vuelto a meditar sus enseñanzas. En efecto, os ha parecido evidente que no habríais podido ofrecerle mejor tributo de reconocimiento que hacer espacio a su voz, cuyo eco muchos todavía conserváis en el corazón. para que "el padre" pudiese repetir a los actuales continuadores de su obra las metas ideales y los proyectos concretos de acción, las perspectivas sugerentes y los peligros insidiosos, los temores siempre amenazantes y las jamás perdidas esperanzas.

2. También nuestro pensamiento va a él en este momento, para recoger algunos aspectos significativos de su mensaje y sacar de ellos consuelo y estímulo en las no leves dificultades de la hora presente. Así, pues, hay una "constante" —al menos eso me parece— que orienta y sostiene la acción del padre Gemelli en el arco de su existencia entera: es el interés por el hombre: el hombre concreto, dotado de ciertas capacidades físicas y síquicas, condicionado por ciertos factores ambientales, debilitado por ciertas enfermedades, en tensión hacia la conquista de ciertos ideales.

¿No fue, acaso. este interés el que empujó al joven estudiante hacia la facultad de medicina, hacia aquella ciencia que hace del servicio a la vida humana su propio programa y su propia bandera? ¿Y no fue también este mismo interés quien le sugirió —siendo ya religioso— la especialización en psicología experimental, orientándolo hacia la ciencia que polarizará su atención y su tarea de investigador genial e infatigable para todo el resto de su vida? El interés por el hombre lo llevó a dirigirse con pasión especial a las situaciones más penosas y difíciles: las del trabajo obrero, para estudiar "el factor humano del trabajo" y llegar, tras experiencias realizadas directamente en las minas de azufre de Sicilia, o en las fábricas del Norte, a la conclusión, entonces pionera, de que no debe ser el hombre quien se adapte a la máquina, sino que ésta debe ser construida a medida del hombre; y las situaciones de soldados expuestos a las experiencias perturbadoras de la violencia bélica, o las de aviadores en apuros con aviones rudimentarios y muy peligrosos, le llevaron a preparar remedios específicos a los traumas sicológicos siempre más numerosos entre los militares de primera línea; y finalmente, las situaciones de presidiarios, a un grupo de los cuales ofreció hospitalidad en los locales del laboratorio de psicología de la Universidad Católica, lo llevaron a estudiar de cerca sus reacciones y deducir de ellas las normas para una eficaz intervención reeducativa.

3. Las notas biográficas apenas delineadas muestran cómo fue el interés que el padre Gemelli mantenía por el hombre: no el interés del científico, desarraigado de la realidad, que considera al hombre como mero objeto de análisis, sino la pasión dolorosa de quien se siente implicado íntimamente en los problemas de quienes siendo víctimas, son semejantes suyos. El interés por el hombre para el padre Gemelli significó voluntad de servir al hombre. ¿Cómo? La experiencia enseñó al animoso religioso que el servicio más necesario y urgente para ofrecerlo al prójimo era ayudarle  «a pensar bien», por decirlo con palabras de Pascal (Pensées, núm. 347), «el pensamiento constituye la grandeza del hombre» (ib., 346). En la rectitud del pensar radica el presupuesto del recto obrar; y en la rectitud del obrar está puesta la esperanza de la solución duradera para los graves problemas que atormentan a la humanidad.

«El mundo necesita sobre todo ideas», ésta era su convicción (cf. A. Gemelli, La Universidad en favor de la paz social, en Vita e Pensiero, enero de 1930). Y puesto que las ideas se elaboran y comunican en la escuela, he aquí el proyecto atrevido de un instituto que recogiera a estudiosos de valía, sostenidos por el ideal de la investigación científica seria y desinteresada, y a jóvenes diligentes, animados por el deseo de caminar con los maestros a la búsqueda de la verdad, para adherirse a ella apasionadamente y transmitir después generosamente a otros las riquezas que son ya sustancia de la propia vida (cf. A. Gemelli, El progreso de los estudios científicos entre los católicos italianos, en Studium, junio de 1907).

Pero la razón humana, por sí sola, ¿está en condiciones de alcanzar el puerto satisfactorio de la verdad? El doloroso esfuerzo de los años juveniles, acallado solamente con la experiencia pacificante de la conversión, había hecho tocar con la mano al padre Gemelli la necesidad de la fe para una respuesta satisfactoria a los problemas de fondo de la existencia humana. Por eso, no temerá en decir: «La solución de estos problemas no se la debemos pedir a las ciencias, ni puras ni aplicadas, no se la debemos pedir a la filosofía, sino a la religión». Y con claridad programática establecerá: «Debemos remontamos a Dios, no a un dios cualquiera que nos presente una religión natural, sino al Dios vivo, a Jesucristo, suprema razón para nuestro vivir, suprema belleza para contemplar, suprema bondad para imitar, supremo premio que conseguir» (A. Gemelli, La función religiosa de la cultura, en Vita e Pensiero, abril de 1919).

4. La Universidad Católica nació para responder a estas exigencias. Esta fue la intención de su fundador, que quiso constituir en ella un «verdadero y eficaz foco de cultura católica», como declaró cuando ya estaba próximo a realizarse el gran proyecto (cf. A. Gemelli, Por qué los católicos italianos deben tener su Universidad, en Vita e Pensiero, julio de 1919), y como confirmó inmediatamente después de su desarrollo oficial, afirmando: «La Universidad Católica fue concebida por el sueño audaz de hacer conocer, amar y seguir el catolicismo en Italia» (Boletín de Amigos, núm. 1, enero de 1922).

No se trataba, obviamente, de poner en litigio, de modo alguno, el método y la libertad pertinentes a cada disciplina científica: el padre Gemelli describió su naturaleza y patrocinó su tutela en diversas ocasiones. Se trataba más bien de actualizar, a nivel universitario, «la alianza de la fe con la ciencia», a lo que aludía en una carta desde Polonia el entonces Nuncio Apostólico, mons. Aquiles Ratti (cf. carta al p. Gemelli, 28 de marzo de 1921), y que el Magisterio oficial, en particular el Vaticano II, ha reconocido tantas veces como posible, deseable y fecundo (cf. Gravissimum educationis, 8 y 10, y los anteriores documentos magisteriales allí citados).

Efectivamente, en la fe aceptada y vivida, el progreso cultural encuentra más que un obstáculo, una ayuda incomparable para resolver y superar las antinomias a que se encuentra hoy expuesto: piénsese, por ejemplo, en la exigencia de promover el dinamismo y la expansión de la cultura sin poner en peligro la sabiduría ancestral de los pueblos; piénsese también en la urgencia de salvaguardar, a pesar del fraccionamiento de cada una de las disciplinas, la necesaria síntesis; piénsese, en fin. en el problema de reconocer, por una parte, la legítima autonomía de la cultura, evitando, sin embargo, por otra parte, el riesgo de un humanismo cerrado, circunscrito a un horizonte meramente terreno y expuesto, en consecuencia, a desarrollos ciertamente inhumanos (cf. H. De Lubac, Le drame de l'humanisme athée, París, 1945).

El padre Gemelli ve en la Universidad Católica un lugar privilegiado, en el que sería posible tender un puente entre el pasado y el futuro, entre la antigua cultura clásica y la nueva cultura científica, entre los valores de la cultura moderna y el mensaje eterno del Evangelio. De tal síntesis se derivaría —él lo esperaba justamente— un impulso eficacísimo hacia la realización de un humanismo pleno. abierto dinámicamente sobre los horizontes infinitos de la divinización a la que el hombre histórico está llamado. Con esto se lograría del mejor modo el fin al que —como he dicho poco antes— tendió la vida del padre Gemelli, esto es, el fin de servir al hombre. «Yo creo —afirmaba en el discurso de apertura del año académico 1957-1958, es decir, al término de su laboriosa existencia— que la Universidad contemporánea, si tiene el deber de colaborar para el progreso de las ciencias y de seguir la metodología que pide cada una de ellas, sin embargo no debe poner jamás en segundo plano lo que exige el reconocimiento de su primado, es decir, el hombre, la persona humana, el mundo de la espiritualidad» (A. Gemelli, Las conquistas de la ciencia y los derechos del espíritu, en Vita e Pensiero, enero de 1958).

5. Estas fueron las convicciones que guiaron y sostuvieron la acción del padre Gemelli al poner en marcha y al conducir a término, en medio de dificultades de todo género, el titánico proyecto de una Universidad libre y católica en Italia. Son éstas las convicciones que deben continuar orientando también hoy la tarea de quienes han optado libremente por formar parte como responsables, como profesores o como alumnos, de la Universidad Católica del Sagrado Corazón.

Estoy seguro de interpretar el sentimiento profundo del padre Gemelli, al deciros hoy: estad orgullosos del título de "Católica" que connota vuestra Universidad. Ese título no insensibiliza vuestro compromiso para la promoción de cada valor humano auténtico. Si es verdad que «el hombre supera infinitamente al hombre», como dijo Pascal (cf. Pensées, núm. 434), es necesario entonces decir que la persona humana no encuentra la plena realización de sí misma más que en referencia a Aquel que constituye la razón fundamental de todos nuestros juicios sobre el ser, el bien, la verdad y la belleza. Y como la infinita trascendencia de este Dios, a quien alguien ha denominado como el "totalmente otro", se acercó a nosotros en Cristo Jesús, se hizo carne para ser totalmente partícipe de nuestra historia, es necesario entonces concluir que la fe cristiana nos habilita a los creyentes para interpretar, mejor que nadie, las instancias más profundas del ser humano y para indicar con serena y tranquila seguridad los caminos y los medios de su plena satisfacción.

Así, pues, éste es el testimonio que la comunidad cristiana y el mismo mundo de la cultura esperan de vosotros, profesores y alumnos de la Universidad a la que dio inicio la fe intrépida del padre Gemelli: mostrad con los hechos que la inteligencia no sólo no está menoscabada, sino que está más bien estimulada y fortalecida por aquella fuente incomparable de comprensión de la realidad humana, que es la Palabra de Dios; mostrad con hechos que en torno a esta Palabra es posible construir una comunidad de hombres y de mujeres (la universitas personarum de los orígenes) que llevan adelante su investigación en los diversos campos y sectores, sin perder el contacto con los puntos esenciales de referencia de una visión cristiana de la vida: una comunidad de hombres y mujeres que buscan respuestas concretas a problemas concretos; pero que están sostenidos por la gozosa conciencia de poseer juntos la respuesta última a los problemas últimos; una comunidad de hombres y mujeres que se esfuerzan, sobre todo, por encarnar en su existencia y en el ambiente social del que forman parte, el anuncio de la salvación que han recibido de quien es «la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9); una comunidad de hombres y mujeres que se sienten comprometidos —con respeto también a la legítima autonomía de las realidades terrenas creadas por Dios, dependientes de El y a El ordenadas— a «grabar la ley divina en la vida de la ciudad terrena» (Gaudium et spes. 43).

El orgullo del título "Católica" lleva consigo también el compromiso de una clara fidelidad de la Universidad a la Iglesia, al Papa y a los obispos, para quienes siempre ha sido y es tan querida, y para toda la comunidad eclesial italiana. que la sostiene con sacrificios y la mira con afecto, pero también con exigente esperanza. Esta fidelidad —tan insistentemente inculcada por el padre Gemelli y tan coherentemente vivida— es garantía de la unidad y de la caridad fraterna, que constituyen el distintivo de vuestra institución, lo mismo que de cualquier otra destinada al servicio del Pueblo de Dios.

Esta es vuestra tarea, queridos hijos, vista la consigna que el Papa os encomienda; y éste también su ardiente deseo. Un deseo que dirijo muy particularmente a los jóvenes, en cuyas manos están puestos no sólo los destinos futuros del glorioso Ateneo Católico, sino sobre todo las esperanza de animación cristiana de la sociedad del mañana. Resuene todavía para ellos, en labios del Papa, la advertencia que su rector magnífico dirigía en una hora difícil de la historia italiana y mundial: «No es hora de palabras vacías y de actitudes jactanciosas —decía él—. Es hora de grandes tareas. Es especialmente a vosotros, los jóvenes, a quienes corresponde la construcción del mañana, la construcción de la nueva época de la historia. Dondequiera que os encontréis, mostraos conscientes de esta misión vuestra. Sed llamas que arden, iluminan, guían, consuelan. La nobleza de sentimientos, la pureza de vida, el odio a la vulgaridad y a todo lo que rebaja, nunca como hoy son un deber» (Hoja a los estudiantes, octubre de 1940).

Y ahora, al despedirme de vosotros, hijos queridos, el pensamiento se eleva implorante a Aquella a a quien veneramos hoy en el privilegio de su Inmaculada Concepción. El padre Gemelli amó a la Santísima Virgen con devoción filial y la defendió con ardor apasionado contra sus denigrantes, hasta merecer entre sus amigos el apelativo de "Caballero de la Virgen". Quiera María reservar una mirada de predilección maternal a la Universidad Católica del Sagrado Corazón, para la que tanto trabajó, sufrió y oró este hijo suyo tan generoso. Ella. a quien la Iglesia invoca como "Trono de la Sabiduría", sea pródiga en luces y consuelos hacia los actuales continuadores de una obra a la que la Santa Sede y toda la Iglesia italiana miran con inmutable afecto, constante confianza y con siempre viva esperanza.

Con estos deseos me alegro mucho en concederos a vosotros. a vuestras familias y a todos los amigos de la Universidad Católica mi paternal y propiciadora bendición apostólica.

Sé que también están presentes en este encuentro los miembros de la Asociación de Padres de la Escuela Católica, que celebra en Roma, durante estos días, su primer congreso de los delegados regionales.

También a ellos hago extensivo mi saludo y mi bendición. deseando que el Señor los asista en su compromiso generoso en pro de una adecuada formación cultural. moral y religiosa de la juventud.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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