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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
AL MOVIMIENTO APOSTÓLICO DE CIEGOS DE ITALIA
Sábado 9 de diciembre de 1978
Queridos hijos:
Expreso, ante todo, mí alegría sincera al encontrarme hoy con vosotros,
consultores eclesiásticos. consejeros nacionales, delegados misioneros de más
de 60 grupos diocesanos del "Movimiento Apostólico de Ciegos" de Italia, que
celebra en estos días el 50 aniversario de su fundación.
A mi alegría se une la viva satisfacción por los méritos que el Movimiento se
ha granjeado en estos largos años, jalonados por el sacrificio silencioso, por
el compromiso serio, por la dedicación constante a fin de estimular y ayudar a
los hermanos invidentes —niños, jóvenes, ancianos— para que se inserten de
manera personal y responsable en la vida de la Iglesia y de la sociedad civil,
para que maduren interiormente el propio itinerario con Cristo, para que
ofrezcan un testimonio externo, coherente y límpido, de la propia profesión de
fe en el mensaje evangélico.
La bondad y la fecundidad de vuestras actividades multiformes han tenido su
confirmación en la exigencia ineludible de expandir y dilatar también vuestras
iniciativas en favor de los invidentes del Tercer Mundo: podemos decir que
desde hace 10 años vuestro Movimiento ha establecido puestos misioneros en
Brasil, Guinea Bissau, en el Imperio Centroafricano, Kenia, Sudán, en Tanzania,
Uganda, en realidad, en toda África. ¡Estupendo! ¡Realmente estupendo! He leído
con profunda emoción las relaciones que trae vuestra hermosa revista.
Esta proyección mía y vuestra sobre el pasado, ciertamente es motivo de
complacencia y satisfacción; pero hay que proyectarse también y sobre todo al
futuro: millones de hermanas y hermanos invidentes en todo el mundo esperan de
nosotros, si no el prodigio de la curación, sí, la comprensión, la solidaridad,
el afecto, la ayuda; en una palabra, nuestra auténtica caridad, fundada en la fe. Y
es precisamente esta fe la que debe actuar en nosotros mediante la
caridad (cf. Gál 5, 6), como nos advierte San Pablo. Tened muy presente la
recomendación de Jesús: «Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para
que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los
cielos» (Mt 5, 16).
Continuad con entusiasmo, con interés vuestro trabajo apostólico. No os dejéis
abatir por las dificultades o el desaliento. Me gusta aplicaros las palabras,
tan actuales; que San Ignacio, obispo de Antioquía, martirizado en Roma hacia
el año 107, dirigía a los cristianos de Efeso: «Como al árbol se lo conoce por
sus frutos, así a quienes se llaman discípulos de Cristo se los conocerá por
sus obras. Hoy no es cuestión de profesar la fe con palabras, sino que es
necesaria la fuerza íntima de la fe viva y operante para ser hallados fieles
hasta el fin» (Carta a los Efesios, XIV, 2).
Sobre todos vosotros, sobre todos los miembros del Movimiento, sobre todos los
invidentes, invoco la gracia, la fuerza y el consuelo de Cristo. «luz del
mundo» (cf. Jn 1, 5. 9; 3, 19; 8, 12; 9, 5; 12, 46), y os doy, de todo corazón
una especial bendición apostólica.
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