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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. BRIAN CLARENCE HILL,
EMBAJADOR DE AUSTRALIA ANTE LA SANTA SEDE*


Jueves 5 de abril de 1979

 

Señor Embajador:

Es motivo de complacencia ver cómo usted considera privilegio personal su misión diplomática ante la Santa Sede y observar el sentido de responsabilidad con que usted emprende dicha misión. Cuente con mi bienvenida cordial y mi deseo de ayudarle en el servicio que ha sido llamado a prestar a su país. Le agradezco también el amable saludo que me ha transmitido de su Gobierno, al que yo correspondo igualmente.

Usted ha hablado con gran amabilidad de los comienzos de mi pontificado, de mis predecesores y de la obra de la Santa Sede. Estas palabras me merecen gran aprecio. Vuestra alusión a la diversidad humana como estímulo hacia relaciones de cooperación y creatividad, y vuestra mención de la preocupación por lo humano, son particularmente significativas tanto para la Iglesia católica como para Australia.

La Iglesia católica entraña diversidad en la universalidad precisamente por su misma naturaleza; y a la vez que respeta esa diversidad, la incorpora a su unidad orgánica. La diversidad es asimismo parte integrante de vuestro país, que se ha convertido en anfitrión de pueblos llegados de muchos países, enriqueciéndose a su vez con la aportación de aquéllos. Pablo VI enunció este principio hablando a un grupo de aborígenes de Australia en su visita a Sidney: «La misma sociedad se enriquece —dijo— con la presencia de diferentes elementos culturales y étnicos» (2 de diciembre de 1970). En aquella ocasión se refirió también a los derechos humanos y civiles respecto de la diversidad, y a la fraternidad y colaboración en pro del bien común.

El tema del interés por lo humano es asimismo cuestión de suma importancia. Ayer precisamente hablé en la plaza de San Pedro de la urgencia de ese interés, de esa solidaridad con cada ser humano del mundo entero —con los que padecen hambre, necesidad, malos tratos, humillaciones, torturas, prisión y discriminación social—. Aludí también a la misión que tiene la Iglesia de impulsar la dimensión universal de esta solidaridad humana. Cumpliendo la propia tarea, la Iglesia pone gran voluntad en prestar apoyo a todas las iniciativas de las naciones del mundo válidas para el servicio del hombre y la causa de la dignidad humana. A este respecto es deber decir una palabra especial de alabanza a Australia por la acogida prestada recientemente a gran número de refugiados.

Hoy pido a Dios que bendiga a Australia y la capacite para realizar en plenitud su importante destino. Oro asimismo para que vuestra misión aquí sea afortunada y feliz.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.17 p.10.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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