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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL TERMINAR EL «VÍA CRUCIS» EN EL COLISEO


Viernes Santo 13 de abril de 1979

 

1. Mientras recorremos el Vía Crucis pasando de una estación a otra, estamos siempre presentes en espíritu allí donde este camino tuvo su lugar "históricamente": allí donde se desarrolló, a lo largo de las calles de Jerusalén, desde el Pretorio de Pilato hasta la cima del Gólgota, es decir, del Calvario, fuera de las murallas.

Así, pues, también hoy hemos estado en espíritu allí, en la ciudad del "gran Rey", que como signo de su realeza ha escogido la corona de espinas en vez de la corona real, y la cruz en lugar del trono.

¿No tenía razón Pilato cuando, presentándolo al pueblo que esperaba su condenación ante el Pretorio "por no contaminarse, para poder comer la Pascua" (Jn 18, 28), en vez de decir "He aquí al rey", dijo "Ahí tenéis al hombre" (Jn 19, 5)? Y así reveló el programa de su reino que quiere verse libre de los atributos del poder terreno para descubrir los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2, 35) y para acercarlos a la verdad y al amor que proviene de Dios.

"Mi reino no es de este mundo... Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 36-37).

Este testimonio ha permanecido en las esquinas de las calles de Jerusalén, en los recodos del Vía Crucis, allí por donde caminaba, donde cayó por tres veces, donde aceptó la ayuda de Simón Cirineo y el velo de la Verónica, allí donde habló a algunas mujeres que se apiadaban de El.

Hoy día seguimos aún deseosos de este testimonio. Querernos conocer todos los detalles. Seguimos las huellas del Vía Crucis en Jerusalén y a la vez en tantos otros lugares de nuestra tierra; y cada vez nos parece repetir a este Condenado, a este Hombre de dolores: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68).

2. Haciendo el Vía Crucis en el Coliseo de Roma, estamos también sobre las huellas de Cristo, cuya cruz encontró sitio en los corazones de sus mártires y confesores. Ellos anunciaban a Cristo crucificado como "poder y sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24). Tornaban cada día la cruz en unión con Cristo (cf. Lc 9, 23), y cuando era necesario morían como El en la cruz, o morían sobre la arena de la Roma antigua, devorados por las fieras, quemados vivos o torturados. El poder de Dios y la sabiduría de Dios revelados en la cruz, se manifestaban así más poderosamente en las debilidades humanas. Ellos no sólo aceptaban los sufrimientos y la muerte por Cristo, sino que se  decidían como El por el amor a los perseguidores y a los enemigos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).

Por esto, sobre las ruinas del Coliseo se levanta la cruz.

Mirando hacia esta cruz, la cruz de los comienzos de la Iglesia en esta capital y la cruz de su historia, debemos sentir y expresar una solidaridad particularmente profunda con todos nuestros hermanos en la fe, que también en nuestra época son objeto de persecuciones y de discriminaciones en diversos lugares de la tierra. Pensemos ante todo en aquellos que están condenados, en cierto sentido, a la "muerte civil" por la denegación del derecho a vivir según la propia fe, el propio rito, según las propias condiciones religiosas. Mirando hacia la cruz en el Coliseo, pedimos a Cristo que no les falte —al igual que a aquellos que en otro tiempo sufrieron aquí el martirio— la fuerza del Espíritu, de que tienen necesidad los confesores y los mártires de nuestro tiempo.

Mirando a la cruz en el Coliseo sentimos una unión aún más profunda con ellos, una solidaridad aún más fuerte.

Al igual que Cristo tiene un lugar especial en nuestros corazones por su pasión, así también ellos. Tenemos el deber de hablar de esta pasión de sus confesores contemporáneos, y darles testimonio ante la conciencia de la humanidad entera, que proclama la causa del hombre, como finalidad principal de todo progreso. ¿Cómo conciliar estas afirmaciones con la lesión causada a tantos hombres, que —mirando a la cruz de Cristo— confiesan a Dios y anuncian su amor?

3. ¡Cristo Jesús! Estamos para terminar este santo día del Viernes Santo a los pies de tu cruz. Así como en otro tiempo, en Jerusalén, a los pies de tu cruz se encontraban tu Madre, Juan, Magdalena y otras mujeres, así también estamos aquí nosotros. Estamos profundamente emocionados por la importancia del momento. Nos faltan las palabras para expresar todo lo que sienten nuestros corazones.

Ahora, en esta noche —cuando después de haberte bajado de la cruz, te han colocado en un sepulcro en la ladera del Calvario—, queremos suplicarte
que permanezcas con nosotros mediante tu cruz
:
Tú que por la cruz te has separado de nosotros.
Te suplicamos que permanezcas con la Iglesia;
que permanezcas con la humanidad;
que no te asustes si muchos pasan
tal vez indiferentes al lado de tu cruz,
si algunos se alejan y otros no se llegan a ella.

No obstante, tal vez hoy más que nunca
el hombre tiene necesidad de esta fuerza
y de esta sabiduría que eres Tú mismo,
¡Tú solo: mediante tu cruz!

Quédate, pues, con nosotros
en este penetrante mysterium de tu muerte,
con la que has revelado cuánto “ha amado Dios al mundo” (cf. Jn 3, 16).
Quédate con nosotros y atráenos hacia Ti (cf. Jn 12, 32),
Tú que caíste bajo el peso de esta cruz.
Quédate con nosotros a través de tu Madre,
a la que desde la cruz has encomendado
particularmente a cada hombre (cf. Jn 19, 27).

¡Quédate con nosotros!

Stat crux, dum volvitur orbis!
Sí, “¡la cruz está alzada sobre el mundo que avanza!”

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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