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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE OBISPOS DE LA INDIA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Jueves 26 de abril de 1979

 

Queridos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

Para todos nosotros es ésta una hora de fe. Nos hemos reunido como obispos de la Iglesia de Dios, unidos en Cristo, unidos en comunión maravillosa de fe y amor, unidos en la misión de evangelizar y servir a la humanidad, misión que tiene su origen en un mandato recibido del Salvador del mundo.

Esta fe nuestra se expresa ante todo en la acción de gracias a Dios por las obras estupendas que sigue realizando en la vida de los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral. Habéis venido a reflexionar conmigo sobre lo que el Espíritu Santo está haciendo hoy en las Iglesias locales de Bengala y de la región Nordeste de India, y a proclamar la gloria de la gracia divina.

Esta fe se expresa asimismo en la fraternidad, en la fraternidad que nos reúne a meditar en las exigencias de nuestro ministerio apostólico. En esta hermandad de fe todos experimentamos el gran gozo de ser apóstoles, sucesores de los Doce primeros. Jesucristo hoy y siempre es el centro de nuestro interés; es El quien da sentido a nuestra vida, Tenemos conciencia también de pertenecer al Colegio de Obispos, de estar en solidaridad con los otros miembros, de disfrutar de la ayuda de nuestros hermanos en el Episcopado a todo lo ancho de la Iglesia universal. Tenemos sobre todo el gran consuelo de saber que el Señor Jesús está en medio de nosotros: "Yo estaré con vosotros" (Mt 28, 20).

Es ésta, por tanto, una hora de fe, una oportunidad de renovar nuestra fe ante la tumba del Apóstol Pedro que confesó que Jesús es "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16), y que sólo El tiene "palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Además estamos aquí para renovar la entrega a nuestra misión de fe, que consiste en proclamar la Palabra de Dios, en proclamar el don de la salvación en Jesucristo que Dios nos ha dado.

Nuestra convicción por la fe de que el Señor está presente, nos impulsa a continuar nuestra misión con confianza y humilde seguridad. Sabemos que con la ayuda de Dios no hay empresa que no se pueda acometer, ni obstáculo que no sea posible vencer por el Reino de Dios. Confesamos con San Juan: "Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe" (1 Jn 5, 4). El mensaje de fe que ofrecemos libremente y sin constricciones sigue apoyándose no en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios (cf. 1 Cor 2, 5).

El poder de Dios se manifestó de modo asombroso en el misterio pascual de Jesús de Nazaret; impregnó las enseñanzas de los Apóstoles y sigue actuando en nuestros días. Este poder de Dios actúa sobre todo a través del sacrificio eucarístico. Es aquí donde nosotros mismos con nuestros sacerdotes debemos ir a encontrar la fuente principal de este amor pastoral (cf. Presbyterorum ordinis, 14), que nos capacita para vivir vida de fe y de; amor generoso modelado en el del Buen Pastor.

Participando plena y activamente en el sacrificio eucarístico y en toda la vida litúrgica de la Iglesia, nuestro pueblo encuentra la fuente primaria e indispensable del auténtico espíritu cristiano (cf. Sacrosanctum Concilium, 14). De aquí saca fuerzas para ser capaz de dar al mundo el testimonio de fe y amor. La dedicación gozosa al servicio de la humanidad necesitada, sólo puede sostenerse por el poder que deriva de Cristo en la Eucaristía. Y es El quien infunde en el corazón de los fieles cada vez mayor sensibilidad hacia las necesidades de los hermanos. La eficiencia del laicado y de las familias cristianas, en particular para dar al mundo testimonio de fe y amor, está condicionada a su dinamismo espiritual que en ningún otro sitio se adquiere con mayor fuerza que en la Eucaristía. La juventud de vuestras Iglesias locales sólo a través del poder de la Eucaristía puede llegar a plena madurez. El regalo divino de las vocaciones sacerdotales y religiosas está misteriosamente relacionado con la participación reverente del Pueblo de Dios en la Eucaristía.

Hermanos: En esta hora de fe que estamos celebrando juntos, es oportuno que nos concentremos en la Eucaristía, que es el verdadero misterio de fe. La Eucaristía es nuestra fuente de fe para el futuro. El éxito de nuestro ministerio está vinculado a la Eucaristía; el bien del Pueblo de Dios depende de la Eucaristía. Debemos afirmar siempre que la Eucaristía es, según el Concilio Vaticano II, "fuente y cumbre de toda la vida cristiana" (Lumen gentium, 11). Es el corazón de nuestras comunidades eclesiales. Para renovar la entrega a nuestro ministerio de fe en cuanto obispos, se requiere visión clara de nuestro servicio en la perspectiva de la Eucaristía. La expresión plena del interés. y amor humanos, se hará realidad a través de la Eucaristía. Las empresas principales de vuestro ministerio pastoral están relacionadas con Cristo eucarístico. A través del poder de su presencia y del dinamismo de su acción salvífica, El y sólo El dirige la vida profunda de las comunidades eclesiales encomendadas a vuestros cuidados pastorales. Esta honda verdad fue la razón por la que, en mi reciente Encíclica, hice a la Iglesia universal aquella llamada que repito hoy: "Todos en la Iglesia, pero sobre todo los obispos y los sacerdotes, deben vigilar para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios..." (Redemptor hominis, 20).

En la misma Encíclica he hablado también de la relación estrecha entre Eucaristía y Penitencia, poniendo de relieve cómo debe buscarse sin cesar y con empeño cada vez mayor la conversión personal, a fin de que a la participación en la Eucaristía no le falte su plena eficacia redentora. He señalado en particular la necesidad de velar por el sacramento de la penitencia y he subrayado que la observancia fiel de la secular "práctica de la confesión individual, unida al acto personal de dolor y al propósito de la enmienda y satisfacción" es expresión de la defensa que hace la Iglesia del "derecho del hombre a un encuentro más personal con Cristo crucificado que perdona", y del "derecho de Cristo mismo a encontrarse con cada uno de nosotros en ese momento clave... de la conversión y del perdón" (ib.).

Hermanos: No nos cansemos nunca de encarecer el valor de la conversión individual. Los documentos que cité en la Redemptor hominis hacen referencia a un punto de capital importancia: "La enseñanza solemne del Concilio de Trento acerca del precepto divino de la confesión individual" (Pablo VI a un grupo de obispos norteamericanos en visita ad Limina, 20 de abril de 1978; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 30 de abril de 1978, pág. 2).

Vista bajo esta perspectiva, la observancia diligente por parte de los sacerdotes de la Iglesia, de las Normas pastorales Sacramentum Paenitentiae referentes a la absolución general, es una cuestión de fidelidad amorosa a Jesucristo y a su plan redentor, y expresión al mismo tiempo de comunión eclesial en lo que Pablo VI llamó "materia de especial interés para la Iglesia universal y que por tanto debe ser reglamentada por la autoridad suprema" (ib. ). De particular importancia para todos los obispos del mundo es el gran llamamiento pastoral de Pablo VI: "Queremos también rogaros a vosotros, los obispos, que ayudéis a vuestros sacerdotes a apreciar cada vez más este espléndido ministerio sacerdotal de la confesión (cf. Lumen gentium, 30). La experiencia de siglos confirma la importancia de este ministerio. Y si los sacerdotes llegan a captar en toda su profundidad cuán cercanamente colaboran con el Salvador en la obra de conversión a través del sacramento de la penitencia, se entregarán con celo cada vez mayor a este ministerio... Loa sacerdotes pueden verse obligados a posponer o, incluso, a dejar otras actividades por falta de tiempo, pero nunca el confesionario" (ib.).

Nuestro ministerio es, pues, ministerio de fe y los medios sobrenaturales para conseguir nuestro objetivo se miden por la sabiduría y poder de Dios. La Eucaristía y la Penitencia son tesoros inmensos de la Iglesia de Cristo.

En los desafíos y gozos de nuestro ministerio, en las esperanzas y disgustos, en todas las dificultades inherentes a la proclamación de Cristo y de su mensaje elevador en favor del hombre y de su dignidad humana, reflexionemos con fe en que el poder de Cristo, y no el nuestro, guía nuestros pasos y sostiene nuestros esfuerzos. Hoy, en la fraternidad de esta colegialidad nuestra, podemos oír a Cristo que nos dice: "Yo estoy con vosotros". Y cuando volváis a vuestra gente, esforzaos por comunicar el mismo mensaje de fe, confianza y fuerza a toda la comunidad; a los sacerdotes, religiosos y laicos que forman con vosotros el Pueblo de Dios: "Yo estoy con vosotros". Particularmente en la Eucaristía.

Pero antes de partir, antes de volver a vuestro campo de apostolado, reavivemos de nuevo, queridos hermanos, el don que Dios nos ha otorgado como obispos, con las palabras de San Pablo: "No nos ha dado Dios espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza" (2 Tim 1, 7). Marchad, pues, por estos caminos a ejercer vuestro ministerio de fe.           

Os ruego transmitáis mi saludo a vuestras Iglesias locales; comunicadles que amo a todo vuestro pueblo; manifestad mi agradecimiento especial a cuantos trabajan en el sacerdocio con vosotros, a los religiosos y a todos los que son compañeros vuestros en el Evangelio. Una palabra de estímulo especial a los maestros y catequistas. En la unidad de la fe, en el amor del Redentor, os abrazo a todos diciendo con el Apóstol Pedro: "La paz a todos vosotros los que estáis en Cristo" (1 Pe 5, 14).

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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