Señor cardenal,
señor secretario,
queridos amigos:
Mi venerado predecesor el Papa Pablo VI quiso dirigiros una palabra de aliento
hace cinco años cuando celebrasteis la primera sesión plenaria inmediatamente
después de haberos dado las normas de organización contenidas en el "Motu
proprio" Sedula cura. También para mí es un gozo particular recibiros hoy con
ocasión de la primera reunión de este nuevo quinquenio, y saludar sobre todo a
los miembros nuevos.
No es éste el momento de explicar cuál es vuestra responsabilidad ante Dios y la
Iglesia; sois bien conscientes de ello. En efecto, por encima del tecnicismo y
complejidad crecientes de los estudios bíblicos, su objetivo sigue siendo
siempre el de abrir al pueblo cristiano las fuentes de agua viva contenidas en
las Escrituras, y el tema que estudiáis este año sobre la inserción cultural de
la revelación, ofrece testimonio de ello.
El tema de que os ocupáis es de gran importancia, pues atañe a la misma
metodología de la revelación bíblica en su realización. El término
"aculturación" o "inculturación" por muy neologismo que sea, expresa de
maravilla uno de los elementos del gran misterio de la Encarnación. Lo sabemos,
"El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14): de este modo al
ver a Jesucristo "el hijo del carpintero" (Mt 15, 55). podemos contemplar la
gloria misma de Dios (cf. Jn 1, 14). Pues bien, la misma Palabra divina se había
hecho ya antes lenguaje humano asumiendo los modos de expresarse de distintas
culturas que desde Abrahán al Vidente del Apocalipsis ofrecieron al misterio
adorable del amor salvífico de Dios la posibilidad de ser accesible y
comprensible también para las generaciones siguientes aun en la diversidad
grande de sus situaciones históricas. De modo que "muchas veces y en muchas
maneras" (Heb 1, 1) Dios estuvo en contacto con los hombres y en su
condescendencia amorosa e insondable dialogó con ellos por intermedio de los
profetas. los apóstoles. los escritores sagrados y, sobre todo, por el Hijo del
Hombre. Y Dios ha comunicado siempre sus maravillas valiéndose del lenguaje y
experiencia de los hombres. Las culturas mesopotámicas, las de Egipto, Canaán y
Persia, la cultura griega y para el Nuevo Testamento la cultura greco-romana y
la del judaísmo tardío, día tras día han servido a la revelación de su misterio
inefable de salvación, como bien lo demuestra vuestra sesión plenaria de ahora.
Pero estas consideraciones, vosotros lo sabéis, provocan el problema de la
formación histórica del lenguaje bíblico, que de alguna manera está ligado a
los cambios verificados en la sucesión prolongada de los siglos, a lo largo de
los cuales la palabra escrita ha dado origen a los Libros santos. Pero es
precisamente aquí donde se asienta la paradoja del anuncio revelado y del
anuncio más específicamente cristiano, la paradoja de que personas y
acontecimientos históricamente contingentes se conviertan en portadores de un
mensaje trascendente y absoluto. Los vasos de barro pueden romperse, pero el
tesoro que contienen sigue íntegro e incorruptible (cf. 2 Cor 4, 7). Y del mismo
modo que en la debilidad de Jesús de Nazaret y de su cruz se desplegó el poder
redentor de Dios (cf. 2 Cor 13, 4), así también en la fragilidad de la palabra
humana se manifiesta una eficacia insospechada que la hace "tajante más que una
espada de dos filos" (Heb 4. 12). He aquí por qué recibimos de las primeras
generaciones cristianas el conjunto del Canon de las Escrituras Santas,
convertidas en punto de referencia y norma de fe y vida de la Iglesia de todos
los tiempos.
Evidentemente toca a la ciencia bíblica y a sus métodos hermenéuticos
establecer la distinción entre lo que es caduco y lo que debe conservar siempre
su valor. Pero es ésta una operación que requiere sensibilidad aguda en extremo
no sólo en el plano científico y teológico, sino también y sobre todo en el
plano eclesial y de la vida.
Dos consecuencias se desprenden de todo ello, diferentes y complementarias a un
tiempo. La primera se refiere al gran valor de las culturas; si en la historia
bíblica éstas ya fueron consideradas capaces de ser vehículos de la Palabra de
Dios, es porque en ellas está inserto algo muy positivo que es ya presencia en
germen del Logos divino. Del mismo modo, el anuncio de la Iglesia no teme
servirse en la actualidad de expresiones culturales contemporáneas; así que a
causa de cierta analogía con la humanidad de Cristo, aquéllas están llamadas,
por así decir, a participar de la dignidad del mismo Verbo divino. Pero hay que
añadir en segundo lugar que del mismo modo se ve aflorar el carácter puramente
instrumental de las culturas, sometidas siempre a fuertes cambios bajo la
influencia de una evolución histórica muy marcada: "Sécase la hierba, marchítase
la flor, cuando sobre ellas pasa el soplo de Yavé" (Is 40, 8). Determinar con
precisión las relaciones existentes entre las variaciones de la cultura y la
constante de la revelación es cabalmente la tarea ardua y a la :es entusiasmarte
de los estudios bíblicos y de toda la vida de la Iglesia.
En esta tarea, hermanos e hijos muy queridos de la Pontificia Comisión
Bíblica,
tenéis sin duda alguna un papel preponderante y en él estáis estrechamente asociados al Magisterio de la Iglesia.
Ello me induce a atraer vuestra atención
sobre un punto en especial. Al tratar de la finalidad de vuestra Comisión, el "Motu
proprio" Sedula cura precisa que debe colaborar con la aportación de su
trabajo
al Magisterio de la Iglesia. Deseo muy en especial que vuestros trabajos brinden
ocasión de demostrar cómo la investigación más rigurosa y más técnica posible
no se encierra en sí misma, sino que puede ser de utilidad a los organismos de
la Santa Sede, que deben afrontar los dificilísimos problemas de la evangelización,
o sea, las condiciones concretas de la inserción del fermento evangélico en
mentalidades y culturas nuevas.
Bajo esta perspectiva la obligación fundamental de fidelidad al Magisterio
alcanza toda su amplitud: "Dios ha confiado le Sagrada Escritura a su Iglesia y
no al juicio privado de los especialistas" (cf. "Motu proprio" Sedula cura,
parte 3ª). Su trata, en efecto, de fidelidad a la función espiritual confiada
por Cristo a su Iglesia; se trata de la fidelidad a la misión. Los exegetas
figuran entre los servidores primarios de la Palabra de Dios. Queridos amigos:
Estoy seguro de que vuestro ejemplo pondrá en evidencia de modo eminente la
unión entre la competencia científica que os reconocen vuestros iguales, y ese
sentido espiritual acrisolado que hace ver en la Escritura la Palabra de Dios
confiada a su iglesia.
Que el Señor mismo guíe vuestros esfuerzos. ¡Que el Espíritu Santo os ilumine!
Por mí parte, a la vez que os digo mi confianza y lo mucho que la Iglesia espera
de vosotros, os doy muy de corazón la bendición apostólica.
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Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana