Excelentísimo señor,
queridos profesores:
Ante todo permitidme expresar la gran alegría que siento hoy, al recibiros aquí,
para la entrega oficial de la edición típica de la versión de la Sagrada Biblia
Neo-Vulgata. La mía es la misma alegría que siente quien puede recoger
finalmente una abundante cosecha que fue objeto de largos y amorosos cuidados.
En este momento mi pensamiento no puede menos de dirigirse a la figura del
inolvidable Papa Pablo VI, a quien corresponde todo el mérito y honor de haber
emprendido esta iniciativa, hoy felizmente llegada a término, con la
publicación definitiva, y de haberla seguido y alentado, llevándola hasta los
umbrales de su realización. Su muerte imprevista y la aún más repentina del
llorado Papa Juan Pablo I han hecho que me correspondiera a mí promulgar para
toda la Iglesia el fruto de un trabajo que ha precedido enteramente a mi
pontificado.
En todo caso, demos gracias al Señor que nunca deja incompletas sus obras.
Pero va un agradecimiento totalmente especial a vosotros, responsables y
miembros de la Pontificia Comisión para la Neo-Vulgata y a todos los que han
puesto su competencia, su tiempo, su amor, al servicio de esta empresa que es,
al mismo tiempo, científica y pastoral. Vosotros habéis prodigado largamente
vuestra ciencia reconocida y vuestras incansables energías en favor de una
obra que permanecerá ciertamente durante mucho tiempo como signo elocuente de
una diligente solicitud de la Iglesia por la Palabra divina escrita «de cuya
plenitud recibimos todos» (Jn 1. 16), porque es «palabra de salvación» (Act 13,
26).
Con la Neo-Vulgata, los hijos de la Iglesia tienen ahora en sus manos un
instrumento más que, especialmente en las celebraciones de la sagrada liturgia,
facilitará un acercamiento más seguro y preciso a las fuentes de la Revelación, ofreciéndose también a los estudios
científicos como un nuevo, prestigioso punto de referencia.
¡Si me lo permitieseis, pensaría que también San Jerónimo está contento de este
trabajo! La Neo-Vulgata, en efecto, no sólo supone un signo de continuidad,
mejor que de superación del trabajo que él llevó a cabo, sino que es el producto
de una igual precisión en el uso de las palabras y de una pasión igual. Además,
los nuevos conocimientos lingüísticos y exegéticos dan a la nueva versión un
sello de garantía no menor que la de San Jerónimo, la que resistió bien la
prueba de milenio y medio de historia. Ciertamente, Jerónimo permanece un
maestro de doctrina y aun de lengua latina, además de serlo de vida espiritual.
El, que por encargo del Papa Dámaso, dedicó toda su vida al estudio y a la
meditación del texto sagrado, sabe ciertamente cuánto cuesta, pero también
cuánto entusiasma el amoroso inclinarse sobre las Escrituras. Y ciertamente hay
que desear que a muchos cristianos les suceda lo que le ocurrió a él, y
seguramente también a vosotros, según sus palabras a la virgen Eustoquia:
Tenenti codicem sommus obrepat, et cadentern faciem pagina sancta suscipiat
(Epit. 22, ad Eust. l7).
Mi deseo es que esta obra que habéis llevado a término sea verdaderamente
fecunda para la Iglesia y facilite cada vez más el saludable encuentro de los
fieles con el Señor, contribuyendo a satisfacer el «hambre de la palabra» de
que habla el profeta Amós (8. 11) que parece particularmente acentuada en nuestros días.
Os acompañe a todos vosotros mi cordial bendición apostólica como signo de
renovada gratitud y benevolencia, y como prenda de los abundantes favores del
Señor que sabe recompensar adecuadamente a sus servidores.
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Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana