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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL SECRETARIADO
PARA LOS NO CRISTIANOS


Viernes 27 de abril de 1979

 

Muy queridos en Cristo:

Me proporciona gran alegría encontrarme con vosotros, cardenales y obispos de distintos países, miembros del Secretariado para los No Cristianos; y consultores expertos en las principales religiones del mundo, reunidos ahora en Roma para celebrar vuestra primera asamblea plenaria.

Sé que teníais planeado celebrar esta reunión en octubre pasado, pero os lo impidieron los acontecimientos dramáticos de esos meses. El difunto Pablo VI, que fundó el Secretariado y prodigó gran parte de su amor, interés y aliento en el sector de los No Cristianos, no está ya visiblemente entre nosotros, y estoy seguro de que algunos os preguntáis si el nuevo Papa dedicará igual cuidado y atención al vasto mundo de las religiones no cristianas.

En mi Encíclica Redemptor hominis procuré responder a esta pregunta. En ella hice referencia a la primera Encíclica de Pablo VI Ecclesiam suam, y al Concilio Vaticano II, y escribí: "El Concilio ecuménico ha dado un impulso fundamental para formar la autoconciencia de la Iglesia dándonos de manera tan adecuada y competente, la visión del orbe terrestre como de un 'mapa' de varias religiones... El documento conciliar dedicado a las religiones no cristianas está particularmente lleno de profunda estima por los grandes valores espirituales, es más, por la primacía de lo que es espiritual y que en la vida de la humanidad encuentra su expresión eh la religión y después en la moralidad que refleja en toda la cultura" (núm. 11). No hay duda de que el mundo de los no cristianos se encuentra constantemente ante los ojos de la Iglesia y del Papa. Estamos empeñados de verdad en ocuparnos de él generosamente.

Es bueno asimismo recordar que pronto se cumplirán los quince años de cuando Pablo VI anunció solemnemente en la basílica de San Pedro el domingo de Pentecostés de 1964, la institución de este Secretariado. Con la ayuda de Dios, la semilla sembrada aquel día ha crecido hasta ser hoy un signo claro y definido que actúa en todas las partes en que está la Iglesia, a través de una red de organizaciones locales. El Secretariado es símbolo y expresión de la voluntad de la Iglesia de entrar en comunicación con cada persona y, en particular, con la muchedumbre de los que buscan significado y orientación de vida en las tradiciones religiosas no cristianas. Un cristiano pone el mayor interés en observar a la gente auténticamente religiosa, en leer y escuchar los testimonios de su sabiduría, y en tener de su fe pruebas directas tales que. hagan recordar las palabras de Jesús: "En verdad os digo que en nadie de Israel he hallado tanta fe" (Mt 8, 10). Y a la vez, el cristiano tiene la tremenda responsabilidad y la alegría inmensa de hablar a estas personas con sencillez y apertura (¡la parrhesía de los Apóstoles!) (Act 2, 11), de lo que Dios mismo ha hecho por la felicidad y salvación de todos en un tiempo determinado y en un hombre determinado, al que hizo hermano y Señor, Jesucristo, "nacido de la descendencia de David, ...Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad" (Rom 1, 4).

Me complace ver que el Secretariado ha hecho suya esta voluntad de entrar en comunicación, voluntad que es característica de la Iglesia en su totalidad, y la pone en práctica a través de lo que San Pablo llamó "diálogo de salvación". Al mismo tiempo, el Secretariado ha buscado para este diálogo métodos y formas que puedan ser adecuados al "círculo" particular de personas a quienes va dirigido. En este punto es oportuno que se haga mención del sabio trabajo del cardenal Paolo Marella, Presidente del Secretariado durante los primeros nueve años de existencia, y que guió sus primeros pasos "in nomine Domini", como el Papa le dijo que hiciera. Me complace asimismo manifestar públicamente mi agradecimiento al cardenal Sergio Pignedoli que juntamente con mons. Rossano y todo el abnegado personal, a través de un trabajo constante y de contactos cordiales y respetuosos, dan testimonio del hondo interés de la Iglesia por nuestros hermanos no cristianos.

Casi quince años de experiencia han enseñado mucho, y con visión clara vuestra asamblea puede puntualizar el estado actual del diálogo con los no cristianos en las distintas áreas culturales, señalando las dificultades, problemas y resultados obtenidos en cada área, y fijando programas a corto y largo plazo para los años próximos.

Espero y deseo que el esfuerzo en favor del diálogo de salvación se refuerce en toda la Iglesia, incluidos los países donde hay mayoría cristiana. La educación para el diálogo con seguidores de otros credos debería entrar en la preparación de los cristianos, sobre todo de los cristianos jóvenes.

En su Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi Pablo VI escribió que el encuentro con las religiones no cristianas "suscita cuestiones complejas y delicadas que conviene estudiar a la luz de la Tradición cristiana y del Magisterio de la Iglesia, con el fin de ofrecer a los misioneros de hoy y de mañana —yo añadiría: y a todos los cristianos— nuevos horizontes en sus contactos con las religiones no cristianas" (núm. 53). Sois conscientes de que el vuestro es un trabajo delicado. Debe hacerse con generosidad y gozo; pero también con la convicción resplandeciente de que el diálogo es, como dice Pablo VI, "un modo de ejercitar la misión apostólica; es un arte de comunicación espiritual" (Ecclesiam suam, 31).

El respeto y estima "del otro" y de todo lo que éste tiene en lo hondo del corazón, son esenciales al diálogo. A ello debe añadirse discernimiento y conocimiento sinceros y profundos. Este último no se aprende sólo en los libros. Reclama amistad e identificación. Hace tiempo que se dio a estas condiciones del diálogo una formulación filosófica moderna: San Pablo escribió sobre su disponibilidad a hacerse todo para todos: "todo lo hago por el Evangelio, para participar en él" (1 Cor 9, 23). Como nos enseña asimismo San Pablo, en el diálogo la palabra no llega a ser constructiva ni provechosa sin amor. Palabra y amor son el verdadero vehículo de comunicación. La única palabra verdaderamente perfecta es la que se dice con amor. Y precisamente porque para ser eficaz la palabra debe ir unida al amor, es necesario y urgente, según escribí en mi Encíclica, que la misión y el diálogo con los no cristianos se lleve a cabo por cristianos que colaboran y viven en comunión entre sí (cf. Redemptor hominis, 6 y 11). Por ello, me da alegría ver aquí presentes en esta asamblea plenaria a representantes cualificados de la Iglesia ortodoxa griega y del Consejo mundial de las, Iglesias.

Sed bienvenidos, por tanto, y Dios bendiga esta colaboración. A todos vosotros, queridos hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, y a todos los expertos y colaboradores del Secretariado para los No Cristianos, expreso mis buenos deseos y oraciones, invocando sobre todos la bendición de Jesucristo resucitado de entre los muertos, "el Redentor del mundo... el centro del universo y de la historia".

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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