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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE SRI LANKA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Sábado 28 de abril de 1979

 

Queridos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

Al vernos reunidos en la unidad del Episcopado, nuestro pensamiento vuela espontáneamente a Jesucristo. Somos muy conscientes de la urgencia que invadía su ánimo y que El expresó con estas palabras: "Es preciso que anuncie también el reino de Dios... porque para esto he sido enviado" (Lc 4, 43).

Reflexionando sobre esta misión de Cristo, alcanzamos a comprender la naturaleza evangelizadora de su Iglesia; al mismo tiempo, penetramos con mayor profundidad en nuestra misión de obispos que comunican la Palabra de Dios. En el centro de la Buena Nueva que estamos llamados a proclamar se halla el gran misterio de la redención y, en especial, la persona del Redentor. Todos nuestros afanes de Pastores de la Iglesia van dirigidos a conseguir que sea más conocido y amado el Redentor. Encontramos nuestra identidad de obispos en la predicación de "la incalculable riqueza de Cristo" (Ef 3, 8), en la transmisión del mensaje salvífico de su revelación.

La fidelidad absoluta a la tarea especial de evangelizar, inherente a. nuestra función episcopal, constituye el objetivo de nuestra vida diaria. Las palabras siguientes de mi reciente Encíclica se aplican antes que a nadie, a nosotros tos Obispos:. "Sentimos profundamente lo mucho que nos compromete la verdad que se nos ha revelado. Advertimos en particular el gran sentido de responsabilidad ante esta verdad. La Iglesia es su custodia y maestra, por institución de Cristo, estando precisamente dotada de una singular asistencia del Espíritu Santo para que pueda custodiarla fielmente y enseñarla en su más exacta integridad" (Redemptor hominis, 12).

Por esta razón estamos resueltos a mantener la pureza de la fe católica; vigilamos para que el contenido de la evangelización corresponda al mensaje predicado por Cristo, transmitido por los Apóstoles y autenticado por el Magisterio de la Iglesia a lo largo de los siglos. Día tras día hablamos a nuestro pueblo del nombre, enseñanzas, vida, promesas, Reino y ministerio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. Proclamamos clara y explícitamente ante el mundo que la salvación es don de la gracia y misericordia de Dios, y que se ofrece a todos en Jesucristo Hijo de Dios, que murió y resucitó de entre los muertos. Predicamos una salvación trascendente y escatológica comenzada en el tiempo, pero que será consumada sólo en la eternidad.

Al mismo tiempo, la evangelización implica el. mensaje explícito de los derechos y deberes de todo ser humano. El mensaje del Evangelio está necesariamente relacionado con el progreso humano en sus dos aspectos de desarrollo y liberación, desde el momento en que no es posible proclamar el mandamiento nuevo del amor de Cristo sin impulsar el bien del hombre en justicia y paz.

Sin embargo, nuestros esfuerzos por llevar este mensaje universal a la vida de cada comunidad eclesial y traducirlo en un lenguaje capaz de entenderse, debe estar en estrecha armonía con toda la Iglesia, pues sabemos que adulterar el contenido del Evangelio con el pretexto de adaptarla, es disipar su poder. Nuestra responsabilidad es grave, pero tal que debemos afrontarla con serenidad y confianza, convencidos como estamos de que el Espíritu de verdad nos guía, según nos lo prometió el Señor, con tal de que permanezcamos fieles a la comunión de la Iglesia de Cristo.

Es también significativo observar con qué fuerza insiste Pablo VI en su eran tratado sobre la evangelización, en que la eficacia de al evangelización depende de la santidad de vida (cf. Evangelii nuntiandi, 21, 26, 41, 76). El Evangelio se ha de proclamar con el testimonio, el testimonio de una vida cristiana vivida en fidelidad al Señor Jesús. Y precisamente porque todas las personas están invitadas en la Iglesia a cumplir su parte en la labor de evangelización, por eso se exhorta encarecidamente a todos a una vida de auténtica santidad.

Reflexionando sobre la evangelización, es conveniente insistir también en la unidad que Jesús vino a traer. Al transmitir a los discípulos las palabras que le entregó su Padre, Jesús pidió que todos fuéramos de verdad uno (cf Jn 17, 8 y 11). Cristo superó con su Evangelio las divisiones del pecado y de la debilidad humana, reconciliándonos con el Padre y dejándonos el testamento de su mandamiento nuevo del amor. Tenía que morir "para reunir en uno a todos los hijos de Dios, que estaban dispersos" (Jn 11, 52).

Esta unidad entre nosotros y entre nuestro pueblo, es la prueba de que somos sus discípulos, es la medida de nuestra fidelidad a Jesús. La unidad a que se nos convoca es unidad de fe y amor, evita la alienación entre hermanos y supera las divisiones humanas. La unidad traída por Cristo garantiza también la eficacia de nuestro testimonio ante el mundo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos para con otros" (Jn 13, 35).

El mismo Cristo evangelizador que nos dice que debemos proclamar la Buena Nueva, nos dice asimismo: "el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir" (Mt 20, 28). Aquí Cristo nos invita a nosotros miembros suyos, a participar en su tarea de servicio regio; Cristo llama a su Iglesia a servir al hombre. He procurado recalcar también esto en la Redemptor hominis: "La Iglesia, que está animada de fe escatológica, considera esta solicitud por el hombre, por su humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra y, consiguientemente, también por la orientación de todo el desarrollo y del progreso, como un elemento esencial de su misión, indisolublemente unido con ella. Y encuentra el principio de esta solicitud en Jesucristo mismo, como atestiguan los Evangelios" (núm. 15).

Para expresar, pues, su modo de entender el Evangelio, la Iglesia se moviliza con caridad renovada a fin de servir al mundo. Se compromete libremente en todos sus miembros a practicar la caridad de Cristo. Y uno de los servicios más importantes que pueden prestar los cristianos es amar a sus hermanos con el mismo amor con que ellos han sido amados; un amor personal traducido en comprensión, compasión, sensibilidad hacia las necesidades y deseo de comunicar el amor del Corazón de Cristo. Hablando de la dimensión humana de la redención he escrito: "El hombre no puede vivir sin amor. Permanece un ser incomprensible para sí mismo, su vida está privada de sentido, si no se le revela el amor, si no participa en él vivamente" (Redemptor hominis, 10).

Al entender esto nos percatamos de que la cabida para la caridad de Cristo en el mundo es inmensa. El servicio de nuestro amor no tiene límites. Estamos continuamente llamados a hacer más, a servir más, a amar más.

Queridos hermanos: Además de estas reflexiones breves sobre evangelización y servicio —que no pretenden ser exhaustivas— hay muchas otras cosas sobre las que me gustaría hablar con vosotros, para animaros en vuestra misión pastoral, y para que así podáis a vuestra vez animar a los sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos. Pero estoy seguro de que ya en nuestra misma comunión eclesial encontraréis fuerza y motivación tiara continuar vuestro ministerio, edificando por el poder del Espíritu Santo a las comunidades de fieles confiadas a vuestro cuidado pastoral.

Os encomiendo a la intercesión de María Inmaculada, Madre de Dios, y le pido que os mantenga fieles y alegres. Con vosotros envío mi bendición a vuestro pueblo, a las Iglesias y a los hogares de Sri Lanka, "la perla del Océano Indico", a los ancianos y a los jóvenes, a todos los que sufren o están necesitados. Mi amor está con vosotros en Jesucristo y en su Evangelio.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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