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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A CINCO MIL EMPLEADAS DE HOGAR
Domingo 29 de abril de 1979
Queridísimas hermanas en el Señor:
¡Grande es mi alegría al encontrarme esta tarde con vosotras! En
verdad, no podía faltar este encuentro tan singular y tan importante con el
Vicario de Cristo!
Con ocasión del décimo congreso nacional, convocado por la
Asociación profesional italiana de empleadas del hogar, que tendrá lugar estos
días en Frascati, habéis deseado esta audiencia para dar comienzo a vuestras
discusiones sobre el tema: “El trabajo doméstico en la economía italiana y en la
familia”.
Agradecido por esta devota idea vuestra, os doy mi más cordial
bienvenida y mi saludo más afectuoso, y quiero saludar en vosotras a todas
vuestras compañeras y amigas, empleadas de hogar de Italia y de todo el mundo.
Doy las gracias sentidamente a la Presidenta nacional de la
Asociación, juntamente con la Presidenta romana, por la ocasión que se me ofrece
de conversar con vosotras, para escuchar vuestros problemas específicos,
vuestras dificultades personales, vuestros ideales, las metas que queréis
alcanzar.
Vuestras personas representan el trabajo oculto, y no obstante
necesario e indispensable; el trabajo sacrificado y no llamativo, que no goza de
aplausos y a veces no recibe siquiera reconocimiento y gratitud; el trabajo
humilde, repetido, monótono y, por eso, heroico de un conjunto innumerable de
madres y de mujeres jóvenes, que con su esfuerzo cotidiano contribuyen al
presupuesto económico de tantas familias y resuelven tantas situaciones
difíciles y precarias, ayudando a los padres lejanos o a los hermanos
necesitados.
El Papa, que ha conocido las estrecheces de la vida, está con
vosotras, os comprende, os estima, os acompaña en vuestras aspiraciones y en
vuestras esperanzas, y desea de corazón que el congreso, en el que se tratarán
vuestros problemas, ponga de relieve cada vez más vuestras justas exigencias y
vuestras responsabilidades inderogables. Pero habéis venido aquí, a la casa del
Padre, también para recibir del Vicario de Cristo una exhortación particular, y
yo con sencillez y familiaridad, pero con profundo afecto, os diré algunas
palabras que puedan serviros de “viático” durante el congreso y después también
durante toda la vida.
1. Ante todo, os digo con la solicitud de mi ministerio
apostólico; ¡os sirva de consuelo la fe en Jesucristo!
Hay muchos y hermosos consuelos humanos en la vida y el progreso
los ha aumentado y perfeccionado, y debemos saberlos valorar y gozar justa y
santamente. Pero el consuelo supremo es y debe ser todavía y siempre la
presencia de Jesús en nuestra vida. Jesús, el divino Redentor, ha penetrado en
las vicisitudes humanas, se ha puesto a nuestro lado, para caminar con nosotros
en cada sendero de la existencia, para acoger nuestras confidencias, para
iluminar nuestros pensamientos, para purificar nuestros deseos, para consolar
nuestras tristezas.
Es particularmente conmovedor meditar en la actitud de Jesús
hacia la mujer: se mostró audaz y sorprendente para aquellos tiempos, cuando, en
el paganismo, la mujer era considerada objeto de placer, de mercancía y de
trabajo, y, en el judaísmo, estaba marginada y despreciada.
Jesús mostró siempre la máxima estima y el máximo respeto por la
mujer, por cada mujer, y en particular fue sensible hacia el sufrimiento
femenino. Traspasando las barreras religiosas y sociales del tiempo, Jesús
restableció a la mujer en su plena dignidad de persona humana ante Dios y ante
los hombres. ¿Cómo no recordar sus encuentros con Marta y María (Lc 10, 38-42),
con la Samaritana (Jn 4, 1-42), con la viuda de Nain (Lc 7, 11-17), con la mujer
adúltera (Jn 8, 3-9) con la hemorroisa (Mt 9, 20-22), con la pecadora en casa de
Simón el fariseo (Lc 7, 36-50) ? El corazón vibra de emoción al sólo
enumerarlos. ¿Y cómo no recordar, sobre todo, que Jesús quiso asociar algunas
mujeres a los Doce (Lc 8, 2-3), que le acompañaban y servían y fueron su
consuelo durante la vía dolorosa hasta el pie de la cruz? Y después de la
resurrección Jesús se apareció a las piadosas mujeres y a María Magdalena,
encargándole anunciar a los discípulos su resurrección (Mt 28, 8).
Deseando encarnarse y entrar en nuestras historia humana, Jesús
quiso tener una Madre, María Santísima, y elevó así a la mujer a la cumbre más
alta y admirable de la dignidad, Madre de Dios encarnado, Inmaculada, Asunta,
Reina del cielo y de la tierra. ¡Por eso, vosotras, mujeres cristianas, debéis
anunciar, como María Magdalena y las otras mujeres del Evangelio debéis
testimoniar que Cristo ha resucitado verdaderamente, que El es nuestro verdadero
y único consuelo! Tened, pues, cuidado de vuestra vida interior, reservándoos
cada día un pequeño oasis de tiempo para meditar y rezar.
2. En segundo lugar, os digo: ¡sea vuestro ideal la dignidad de la mujer y de su
misión!
Es triste ver cómo la mujer en el curso de los siglos ha sido
tan humillada y maltratada. ¡Sin embargo, debemos estar convencidos de que la
dignidad del hombre, como la de la mujer, se encuentra de modo total y
exhaustivo sólo en Cristo!
Hablando a las mujeres italianas, inmediatamente después de la
guerra, decía mi venerado predecesor Pío XII: “En su dignidad personal de hijos
de Dios, el hombre y la mujer son absolutamente iguales, como también respecto
al fin último de la vida humana, que es la unión eterna con Dios en la felicidad
del cielo. Es gloria imperecedera de la Iglesia el haber restituido a su lugar y
a su debido honor esta verdad y haber liberado a la mujer de una servidumbre
degradante, contraria a la naturaleza”. Y, bajando a lo concreto, añadía: “La
mujer ha de concurrir con el hombre al bien de la civitas, en la que es igual a
él en dignidad. Cada uno de los dos sexos debe tomar la parte que le corresponde
según su naturaleza, su índole, sus aptitudes físicas, intelectuales y morales.
Ambos tienen el derecho y el deber de cooperar al bien total de la sociedad, de
la patria; pero es claro que, si el hombre por temperamento se siente más
inclinado a ocuparse en los asuntos exteriores, en los negocios públicos, la
mujer posee, generalmente hablando, mayor perspicacia y tacto más fino para
conocer y resolver los problemas delicados de la vida doméstica y familiar, base
de toda la vida social; lo que no quita para que algunas sepan dar pruebas de
gran pericia incluso en cualquier campo de la actividad pública” (Alocución del
21 de octubre de 1945). Esta ha sido también la enseñanza del Concilio Vaticano II y el magisterio continuo e insistente de Pablo VI (cf. p. e., las
intervenciones para el año internacional de la mujer: AAS 57 (1975); AAS 68
(1976). Esta doctrina, tan clara y equilibrada, da pie para insistir también en
el valor y la dignidad del trabajo doméstico.
Ciertamente, este trabajo debe ser mirado, no como una
imposición implacable e inexorable, como una esclavitud; sino como una opción
libre, consciente, querida, que realiza plenamente a la mujer en su personalidad
y en sus exigencias. En efecto, el trabajo doméstico es parte esencial en el
buen ordenamiento de la sociedad y tiene un influjo enorme en la colectividad;
exige una dedicación continua y total y por lo tanto, es una ascética cotidiana,
que requiere paciencia, dominio de sí mismo, clarividencia, creatividad,
espíritu de aceptación, ánimo en los imprevistos, y colabora también a producir
ganancia y riqueza, bienestar y valor económico.
De aquí nace además la dignidad de vuestro trabajo de
colaboradoras familiares: ¡no es una humillación vuestra tarea, sino una
consagración! Efectivamente, vosotras colaboráis directamente a la buena marcha
de la familia; y ésta es una gran tarea, se diría casi una misión, para la que
son necesarias una preparación y una madurez adecuadas, para ser competentes en
las diversas actividades domésticas, para racionalizar el trabajo y conocer la
psicología familiar, para aprender la llamada “pedagogía del esfuerzo”, que hace
organizar mejor los propios servicios, y también para ejercitar la necesaria
función educadora. Es todo un mundo importantísimo y precioso que se abre cada
día a vuestros ojos y a vuestras responsabilidades. ¡Por eso, va mi aplauso a
todas las mujeres comprometidas en la actividad doméstica y a vosotras,
colaboradoras familiares, que aportáis vuestro ingenio y vuestra fatiga para el
bien de la casa!
3. Finalmente, os digo además: ¡sed sembradoras de bondad!
En tantos años de justas reivindicaciones y de respeto más
acentuado a la persona, habéis visto reconocidos vuestros derechos, se han
fijado las normas para la retribución. alojamiento, cuidado y asistencia en la
enfermedad, la previsión, el descanso semanal y anual, las justas
indemnizaciones, el certificado de trabajo, etc. Aún quedan muchas cosas por
hacer, muchas realidades que afrontar; y vosotras las estudiaréis en vuestro
congreso, especialmente para la defensa de los derechos y de la personalidad de
las colaboradoras provenientes del extranjero. Pero yo querría exhortaros a
trabajar, sobre todo, con amor en las familias en las que sois tomadas. Vivimos
tiempos difíciles y complicados. Fenómenos grandiosos y que no se pueden
eliminar, como la industrialización, el urbanismo, la culturización, la
internacionalización de las relaciones, la inestabilidad afectiva, la precocidad
intelectual, han traído el desorden a las familias, a las que vosotras podéis
llevar, con vuestra presencia, serenidad, paz, esperanza, alegría, consuelo,
estímulo para el bien, especialmente donde se encuentran personas ancianas,
enfermas, que sufren, niños minusválidos, jóvenes desorientados o desorientados
o descaminados. ¡Ningún código os prescribe la sonrisa! Pero vosotras la podéis
dar; podéis ser levadura de bondad en la familia. Recordad lo que ya escribía
San Pablo a los primeros cristianos: “Todo cuanto hacéis de palabra o de obra
hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él” (Col
3, 17). “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como obedeciendo al Señor y no
a los hombres, teniendo en cuenta que del Señor recibiréis por recompensa la
herencia” (Col 3, 23-24). ¡Amad vuestro trabajo! ¡Amad a las personas con
quienes colaboráis! ¡Del amor y de la bondad nacen también vuestra alegría y
vuestra satisfacción!
Os asista Santa Zita, vuestra celeste Patrona, que se santificó
sirviendo humildemente con amor y dedicación total.
Os ayude y conforte, sobre todo, María, que se consagró
totalmente al cuidado de la familia, dando ejemplo y enseñando dónde están los
valores auténticos.
Os acompañe mi propiciadora bendición apostólica.
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Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana
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