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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL XXXIII CAMPEONATO
DE ESQUÍ ACUÁTICO DE EUROPA, ÁFRICA Y MEDITERRÁNEO


Castelgandolfo
Viernes 31 de agosto de 1979

 

Queridos señores, amados hermanos:

Mientras agradezco sentidamente las corteses y nobles palabras que me acaba de dirigir el señor presidente del Comité Olímpico Nacional Italiano, os expreso mi sincera complacencia al recibiros hoy en esta casa, tan cercana al lugar donde se desarrollan vuestras competiciones deportivas. Os quedo agradecido por haber deseado este encuentro, que también es muy apreciado por mi parte. Por esto saludo cordial e indistintamente a todos, de cualquier nación que provengáis.

El XXXIII campeonato de esquí náutico de Europa, África y Mediterráneo es una ocasión oportuna y nueva de acercamiento y hermandad entre diversos pueblos. El deporte que practicáis es ciertamente singular y atrayente; pero más allá de sus aspectos atléticos e incluso estéticos, puede ser, como cualquier otra actividad auténticamente deportiva. un factor de ennoblecimiento humano: ya sea en sentido individual, en cuanto educa para una saludable autodisciplina. ya en sentido interpersonal, en cuanto favorece el encuentro, la armonía, y en definitiva la comunión recíproca. Cuando se cultiva, pues, a nivel internacional, entonces se convierte en elemento propicio para superar múltiples barreras, haciendo así descubrir de nuevo v consolidar la unidad de la familia humana, más allá de toda escisión racial, cultural, política o religiosa.

En estos tiempos en que por desgracia diversas formas de violencia, y por lo tanto de odio, tienden a desgarrar nefastamente el tejido de la solidaridad social, vosotros contribuís, por vuestra parte, a dar un testimonio luminoso de cohesión, de paz, de unión, en una palabra de "saber estar juntos", donde la competición necesaria, lejos de constituir motivo de división, resulta, en cambio, un factor positivo de emulación dinámica, posible únicamente en un cuadro de relaciones mutuas aceptadas, moderadas y promovidas.

Precisamente porque vuestras competiciones no se desarrollan por simple diversión superficial, sino para demostrar la propia habilidad y cómo puede ser fecunda una larga y rigurosa preparación, el compromiso deportivo es escuela genuina de auténtica virtud humana, de la que dice el antiguo libro bíblico de la Sabiduría: "Presente, imitadla; ausente, deseadla: en el siglo venidero triunfará coronada, después de haber reportado la victoria en combates inmaculados" (4. 2). Efectivamente, en el deporte vence la virtud, y entonces vencen todos, porque todos sacan provecho de sus fecundas exigencias individuales y comunitarias.

Al llegar aquí, mi palabra se convierte en deseo profundamente cordial, también con miras a las próximas citas olímpicas, para un éxito óptimo de las competiciones, de modo que de vuestras confrontaciones atléticas salga victorioso sencillamente el hombre, en sus más altos valores de lealtad, de respeto mutuo. de generosidad, de belleza.

E invoco de Dios omnipotente y bendito abundancia de gracias sobre vosotros y vuestras familias y asociaciones.

 

Copyright 1979 © Libreria Editrice Vaticana

 

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