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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL XII CONGRESO NACIONAL
DE LA ASOCIACIÓN ITALIANA DE MAESTROS CATÓLICOS (AIMC)


Viernes 7 de diciembre de 1979

 

Queridísimos hermanos de la Asociación italiana de Maestros Católicos:

1. Al recibiros hoy en audiencia especial y de este modo dar respuesta positiva a la amable carta de vuestro presidente, es grande mi alegría y sincera la complacencia porque se me brinda ocasión de conocer de cerca otra floreciente Asociación profesional de inspiración cristiana. Al acogeros, no puedo menos de recordar el encuentro que tuve a principios del mes pasado con los representantes de la UCIM, o sea, de la Asociación de Profesores de Enseñanza Media, con ocasión de su asamblea nacional. Y me resulta fácil y casi natural establecer correlación, por así decir, entre las dos Asociaciones, no sólo por darse la misma circunstancia de que también vosotros estáis reunidos en congreso, sino sobre todo por el hecho de que una y otra están formadas por personas que han hecho una opción segura de fe, y por la razón también de que una y otra actúan en la enseñanza y para la enseñanza.

2. Hablé entonces de los alumnos (los llamados "teen-agers") que están confiados para su debida formación a aquellos profesores durante un período de importancia decisiva en la vida. Pero ¿qué diré de vuestros alumnos, de los niños y niñas pequeños que os son "entregados" por los padres desde la más tierna edad con el frescor de su inocencia para ser gradualmente acompañados y sabiamente guiados hasta la enseñanza media? Si en el caso de vuestros compañeros de la UCIM la responsabilidad es de verdad grave por la trascendencia objetiva de la edad que "media", como dije entonces, en el paso de la niñez a la primera madurez, aquélla no es menor en vuestro caso, porque la edad de vuestros alumnos es y seguirá siendo fundamental en la vida; no carece de significado que el sector en que trabajáis se denomine enseñanza básica. De ello resulta una responsabilidad específica que os obliga ante los padres y la sociedad civil, y anteriormente —diría yo— ante vuestra conciencia y, en consecuencia, ante Dios que "escudriña el corazón y la mente" (Jer 11, 20; cf. Hch 1, 24; Rom 8, 27; Ap 2, 23).

Mirad: tenemos que poner mucha atención en los términos que utilizamos. Al introducir el discurso he hablado ya de "confiar", "entregar", "guiar" y "acompañar", para llegar al concepto recapitulador y eminentemente moral de responsabilidad. La acción pedagógica —quiero decir— se cualifica inmediatamente, originariamente, por su función intrínseca de "conducir a los niños", "coger de la mano" a los más pequeños, para enseñarles a caminar por el sendero de la vida. De esta función y del modo en que la ejerzáis, estáis obligados a responder; he aquí por qué, queridos amigos y hermanos que me escucháis, vuestro trabajo es propiamente una misión que por naturaleza entra en la esfera ético- religiosa. Sois hombres que ayudáis a los niños aún pequeños a llegar a ser hombres; es éste un contacto que se verifica directamente entre personas. Es evidente, por tanto, que ello os exija delicadeza, empeño, fidelidad, entrega y, por lo mismo, gran sentido de responsabilidad.

3. Estáis celebrando el congreso nacional para ahondar en un tema que habéis tratado ampliamente ya en numerosas asambleas de sección y en los congresos provinciales, antes de elegir a los delegados. A este propósito deseo congratularme por la elección que habéis hecho, ya que considerando los no pocos problemas planteados por las innovaciones legislativas y por el movimiento incesante de las transformaciones socio-culturales, habéis querido poner de relieve y centrar la reflexión en la profesionalidad del maestro en la enseñanza básica. ¿Qué significa todo esto? Antes que los elementos propiamente técnicos contenidos en el concepto de profesionalidad, antes que el análisis-evaluación de la correlación entre tipo de trabajo y competencia, habéis reafirmado una exigencia indeclinable y objetiva que también es de orden moral: la preparación debida. La misión educativa se fundamenta, debe fundamentarse, en una preparación sólida, y ésta no se improvisa ni se obtiene con un estudio superficial, ni puede considerarse adquirida "semel pro semper". Por el contrario, debe ser un hecho permanente y traducirse en un esfuerzo diario y perseverante. ¿Acaso no hablamos de educación permanente para todos los alumnos de la enseñanza, o sea, de una acción prolongada en el tiempo, sin interrupciones ni abandonos? A tal empeño debe corresponder paralelamente el deber de preparación permanente por parte de los maestros. Resumiendo, hay que formarse para formar, hay que mantenerse al día para poder enseñar eficazmente, hay que alcanzar un nivel intelectual y moral adecuado para elevar asimismo la mente y el corazón de los niños.

Por este motivo, al vislumbrar dichos elementos en la esencia de la temática del congreso sobre la profesionalidad, me complazco de ello públicamente ante vosotros, deseándoos a la vez que el mejoramiento cualitativo a que aspiráis en vuestra actividad de maestros suscite el desarrollo integral simultáneo y afortunado de vuestros alumnos. De este modo podréis contribuir a superar las dificultades no pequeñas que revierten —como es sabido— desde la sociedad circundante al interior de la enseñanza.

4. Toca ya a su término el "Año internacional del Niño" que en todas las partes del mundo ha suscitado interés primordial hacia las exigencias, expectativas y derechos de la infancia, y ha favorecido la puesta en marcha de no pocas iniciativas culturales, educativas caritativas y legislativas. Quisiera preguntar a este respecto: ¿qué puede y debe hacer el maestro católico en relación no sólo con tal circunstancia conmemorativa, sino con la amplia problemática que ésta ha vuelto a plantear? Teniendo en cuenta el valor del adjetivo calificativo que está al lado de vuestro nombre me parece que la respuesta debe ser ésta: el maestro católico debe trabajar con nuevo esfuerzo de buena voluntad para hacer crecer en los alumnos de su escuela aquellas semillas evangélicas —las enuncio rápidamente: fe en Dios creador, admiración de las cosas creadas por Él, amor a los hermanos, virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, obediencia, etc.— que a la vez que configuran el ideal educativo cristiano, se integran asimismo y se armonizan sin violencia ninguna con las varias disciplinas de estudio y con el ideal mismo de educación auténticamente cristiana.

5. En la vida de cada uno de nosotros ha existido el período de la infancia; período alegre y sereno que con tanta frecuencia se vuelve a presentar a nuestro espíritu juntamente con los recuerdos más queridos. ¿Y cuántas veces, al lado de la imagen de los padres, evocamos la de nuestro maestro o maestra de la enseñanza elemental? Hay una razón profundamente psicológica en este volver la mente a la edad primera y en esta asociación de recuerdos. El maestro ha sido para nosotros no sólo una persona que nos transmitió muchos conocimientos útiles y nos enseñó a leer y escribir; al lado de otras personas el maestro fue para nosotros una presencia típica que encarnaba ante nuestros ojos soñadores la imagen del hombre, del amigo, y del bienhechor. ¡Fue para nosotros como un hermano mayor!

Es necesario tener presente este dato de orden interior y personal queridos hermanos, para reavivar la función nobilísima que se os pide. Si esta convicción está siempre viva, entonces no os faltará la valentía necesaria para superar los obstáculos de estos años difíciles y responder a ese "retrato" que vosotros mismos lleváis también en el corazón por la experiencia de cuando erais niños. Soy maestro, por tanto debo ser ejemplo siempre —ejemplo viviente y creíble de saber y virtud— para mis pequeños alumnos. Soy maestro católico, y por ello el deber del ejemplo se hace todavía más exigente y se transforma en la responsabilidad aún mas alta de dar testimonio de Jesús Maestro, de su verdad y su gracia (cf. Jn 1, 14; 14, 6; Mt 23, 8).

Al dirigiros estas palabras, confío en que serán acogidas no sólo por los aquí presentes, sino por todos vuestros compañeros y amigos diseminados por todas las partes de Italia. En señal de aliento y estima, a vosotros y a ellos imparto una bendición apostólica especial que extiendo a vosotros estudiantes y familiares.

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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