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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASOCIACIÓN «VIA CONDOTTI» DE ROMA


Lunes 10 de diciembre de 1979

 

Queridos e ilustres señores:

Me da alegría recibiros en la casa del Padre común y dialogar con vosotros representantes de la Asociación "Via Condotti": habéis venido a manifestar personalmente vuestros sentimientos de fe cristiana y de afecto espiritual al Papa, que se siente "romano" no sólo por la llamada divina a la Sede de Pedro, sino también por el afecto que ha profesado desde siempre a esta Ciudad Eterna "cunctarum gentium eccellentissima", como la han cantado los peregrinos a lo largo de los siglos.

Vuestra Asociación tiene la sede y recibe el nombre de una calle que se impone a la atención del visitante no sólo por los edificios típicos que la flanquean, sino sobre todo por la escenografía pintoresca en que está enmarcada, con la vista estupenda de la escalinata de "Trinità dei Monti" y de la contigua plaza de España que hace pocos días tuve la alegría de volver a visitar con ocasión de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, para venerar con muchos romanos la histórica imagen de la Virgen Santísima que preside y bendice vuestro barrio entero.

Os agradezco esta visita y el gesto delicado hacia mi persona; os manifiesto asimismo mi vivo aprecio por la actividad que desarrolláis, al que añado el deseo de que la consideréis y ejerzáis como promoción del bien común y servicio de la sociedad, que cuenta mucho con vuestro sentido de responsabilidad inspirado en las altas exigencias de la ética cristiana, y mucho espera de la competencia y empeño que cada uno despliega en la rama que le es propia.

Estoy seguro de que con el buen sentido característico de la tradición romana, sabréis ver en todas las expresiones de vuestro trabajo esas dimensiones más altas y menos efímeras que se pueden sintetizar en el famoso interrogante del Señor Jesús: "¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?" (Mt 16, 26), No tengo duda de que ésta es la disposición de vuestro ánimo, que queda confirmada por vuestra fidelidad a las tradiciones religiosas de vuestros antepasados y por vuestro deseo de hoy de ver al Vicario de Cristo que está llamado a proclamar las verdades eternas del Evangelio.

Con gran complacencia invoco sobre vosotros, por intercesión de San Francisco de Asís, vuestro patrono celestial, la protección continua del Señor en cuyo nombre bendigo a todos, deseando todo bien a vosotros y a todos los afiliados y sobre todo a vuestras familias.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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