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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS HERMANOS DE SAN JUAN DE DIOS


Jueves 13 de diciembre de 1979

 

Hermanos e hijos queridísimos:

Agradezco de corazón a vuestro prior general las palabras fervientes que acaba de dirigirme, saludo a todos con afecto paterno y os doy la bienvenida. Me alegra encontrarme con vosotros, dignos representantes de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, más conocida con el nombre de “Fatebenefratelli”, que se ha ganado en su existencia plurisecular no pocos méritos tanto en el plano del testimonio específico evangélico y eclesial, como en el plano de su contribución valiosa a hacer más humana la calidad de la vida.

Estáis concluyendo estos días un capitulo general extraordinario convocado para estudiar y precisar el carisma específico de vuestra familia religiosa, los grandes principios en que se inspira y los problemas actuales relacionados con el ejercicio de vuestro ministerio. Sé que habéis constatado en relación con la Orden no pocas dificultades internas y externas, y que habéis elaborado proyectos claros de dedicación religiosa y caritativa. Pues bien, me complazco en prometeros el apoyo a vuestros encomiables esfuerzos con mi aprobación y oración al Señor.

Sobre todo, no puedo dejar de manifestaros abiertamente mi complacencia sincera y aprecio por cuanto constituye el contenido diario de vuestras tareas tanto religiosas como profesionales que, por otra parte, nunca van desvinculadas puesto que unas se llevan a cabo mediante las otras. A una cosa os aliento porque es urgente y actual, y sin duda está presente en vuestra conciencia y en vuestro sentido de responsabilidad. En un tiempo en que la vida del hombre está contaminada por varios factores de deshumanización, sed promotores y garantes de niveles de humanidad mejores y más altos. Esto es particularmente válido en el sector específico de los enfermos y de los que sufren en general, a quienes dedicáis por consagración e institución lo mejor de vosotros mismos. Yo diría que en cierto sentido no hay nada más humano que el dolor, el cual revela la profunda dimensión de la existencia terrena creada y brinda ocasión privilegiada para inclinarse con condescendencia amorosa hacia las necesidades de nuestros hermanos menesterosos. Pues su situación nunca ha de considerarse un hecho indiferente o que se pueda descuidar; mucho menos aún ha de considerarse incómoda para nuestro vivir tranquilo o superior a nuestras posibilidades de asistencia solícita. El principio bíblico que invita a gozar con el que goza y sufrir con el que sufre (cf. Sir 7, 34; Rom 12, 15) más que nada es estímulo a comportarnos de modo altamente humano con participación natural y espontánea en las experiencias de los demás, siendo así signos de una comunión tan enriquecedora para quien la recibe como para quien la brinda.

Además de esto, os animo a cultivar un testimonio cristiano transparente y fecundo siempre, en especial en los ambientes de vuestro apostolado específico, La relación meramente humana, incluso con los enfermos corre el riesgo de hacerse estéril por falta de raíces y motivaciones profundas. También vuestra profesionalidad es un factor sumamente importante y deberá ser lo más seria y actualizada posible. Pero si vuestro amor no está penetrado de fe, correrá siempre el riesgo de materializarse y perder hasta las cualidades humanas de que he hablado anteriormente. Vosotros sabéis muy bien y lo debéis tener presente siempre, que según el Evangelio, quien sirve al enfermo entra en contacto con el mismo Jesús (cf. Mt 25, 36. 40), cuyo "poder llega al colmo en la flaqueza", según la expresión del Apóstol San Pablo (2 Cor 12, 9). En efecto, precisamente mediante sus padecimientos hemos obtenido todos por gracia la salvación (cf. Heb 2. 10. 18). Pues bien ¿qué mejor ocasión de evangelizar se os puede ofrecer que la de hacer ver a quien sufre el profundo valor de su situación, que adquiere sentido, valor y fecundidad cabalmente en su conformidad alegre y bendita con la cruz de Cristo? (cf. Flp 3, 10-11; Rom 8, 17; 2 Cor 1, 5). Y de este modo vuestro trabajo puede transformarse en auténtico apostolado a la vez que sigue siendo cualificado profesionalmente.

Por mi parte, invoco de corazón copiosas gracias celestiales sobre vosotros. Sea el Señor quien lleve a maduración plena cuanto habéis sembrado en vuestro capítulo, para que produzca frutos abundantes y dignos tanto del Evangelio que los inspira cuanto del hombre a quien servís.

De estos auspicios cordiales es prenda la bendición apostólica particular que imparto con sumo gusto a vosotros y a todos los beneméritos religiosos de la Orden de “Fatebenefratelli

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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