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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
AL CONSEJO DEL COMITÉ OLÍMPICO NACIONAL ITALIANO


Jueves 20 de diciembre de 1979

 

Ilustres y estimados señores:

Con gran alegría y complacencia sincera, accediendo al deseo que me han manifestado, me encuentro esta mañana con vosotros, señores, presidentes de las Federaciones deportivas italianas, congregados en Roma para la reunión del consejo del Comité Olímpico Nacional

A la vez que agradezco sentidamente al presidente las nobles y gentiles palabras que me ha dirigido y con las cuales ha demostrado bien el interés de la Iglesia por la delicada actividad que vosotros desempeñáis, me es grato dirigir a cada uno, a los doscientos mil dirigentes y a los seis millones de jóvenes que se ejercitan en las filas de vuestras Federaciones varias, un saludo cordial con deseos de bien y la expresión de mi simpatía personal.

Conocedor de vuestras responsabilidades que para algunos de vosotros alcanzan nivel internacional con satisfacción legítima de cuantos colaboran en la benemérita institución CONI, doy aún más valor a vuestra visita sabiendo que estáis ahora ocupándoos de estudiar los problemas inherentes a la participación en los próximos juegos olímpicos, que deseamos constituyan una oportunidad repetida, esperada y privilegiada para reafirmar y dar mayor relieve aún a los valores del deporte rectamente entendido y serenamente practicado.

Mi estima por vuestra actividad se hace todavía mayor si pienso que no va sólo enderezada a preparar atletas y programar manifestaciones deportivas de alto carácter competitivo, como las que acabamos de recordar; sino que vuestra dedicación se dirige también y prevalentemente a proporcionar a la gran población juvenil italiana, estructuras adecuadas para un sano ejercicio físico al alcance de cuantos quieran utilizarlas.

Esta estima que tengo por vuestro servicio, si puede demostrarse —como ha sido delicadamente insinuado— por mi experiencia personal y por mi inclinación y simpatía, se apoya fundamentalmente en el examen objetivo de los valores puestos en evidencia en el ejercicio del deporte tal y como queda manifestado en el magisterio de mis venerados predecesores, en sus documentos y discursos.

La Iglesia se ha interesado siempre por el problema del deporte, porque se preocupa de todo cuanto contribuye constructivamente al desarrollo armónico e integral del hombre, alma y cuerpo. En consecuencia, alienta cuanto tiende a adiestrar, desarrollar y fortificar el cuerpo humano con objeto de que éste se preste mejor a alcanzar la madurez personal.

Según la concepción cristiana, el cuerpo merece interés justo, respeto verdadero y cuidados amorosos y sapientes, por estar revestido de una dignidad connatural capaz de una misteriosa sacralidad, y destinado a la victoria final sobre la misma muerte, como nos enseña nuestra fe. Me gusta repetir con San Pablo:  "Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo" (cf. 1 Cor 6, 20).

Claro está que el valor del cuerpo debe considerarse y procurarse dentro del respeto de la jerarquía de los valores morales y espirituales más altos, los cuales exigen a veces el sacrificio incluso de la vida del cuerpo, para afirmar el primado absoluto del espíritu, del alma creada a semejanza de Dios, regenerada a vida nueva por el sacrificio de Jesucristo, Verbo Encarnado, y llamada a una corona incorruptible después de cumplida felizmente la carrera terrena (cf. 1 Cor 9, 24-25).

Practicado con esta perspectiva, el deporte contiene en sí un significado moral y educativo relevante. Es palestra de virtudes, escuela de equilibrio interior y control exterior, preámbulo de conquistas más auténticas y duraderas. "La competición  física —notaba sabiamente Pío XII, de venerada memoria— se transforma de este modo casi en ascesis de virtudes humanas y cristianas; más aún, debe transformarse y ser tal..., para que la práctica del deporte se supere a sí misma.... y se libre de desviaciones materialistas que rebajarían su valor y nobleza'' (al Congreso científico nacional del deporte, 8 de noviembre de 1952).

En un contexto social, desgraciadamente acosado por tentaciones deshumanizantes tales como el atropello y la violencia, proponeos estar al servicio de la formación de las nuevas generaciones, conscientes de que —como ha dicho elocuentemente vuestro presidente— el deporte, gracias a los elementos sanos que enaltece y ensalza, puede convertirse cada vez más en instrumento de incidencia primaría en favor de la elevación moral y espiritual de la persona humana, y contribuir con ello a construir una sociedad ordenada, pacífica y laboriosa.

Además, ¿cómo callar el influjo benéfico que puede resultar de intensificar los contactos deportivos con otras naciones en pro del progreso y aumento de la comprensión recíproca y del sentimiento de unión entre los pueblos? Por esta razón miro con complacencia la organización de competiciones pacíficas, como por ejemplo las olímpicas.

Todos estos puntos de vista a que he aludido os son .familiares. Las pocas palabras que he querido deciros se proponen subrayar la importancia que atribuyo a vuestras actividades.

Al daros las gracias de nuevo por vuestra visita, formulo votos ferventísimos para que las sesiones de trabajo de vuestro consejo nacional obtengan frutos abundantes y duraderos; y a la vez que deseo cordialmente felices Navidades a vosotros, vuestras familias y todos los deportistas, imparto de corazón mi particular bendición apostólica, prenda de dones de la protección divina.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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