The Holy See
back up
Search
riga

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS CARDENALES Y PRELADOS DE LA CURIA ROMANA


Sábado 22 de diciembre de 1979

 

Señores cardenales.
Queridísimos hermanos:

1. Estoy muy agradecido al cardenal Decano por sus palabras de felicitación, en las que he sentido vibrar su noble corazón y el de todos vosotros, aquí presentes. El Señor recompense tanta delicadeza. En esta circunstancia tan especial. que se renueva cada año, sentimos más vivamente el. significado y la riqueza de la Navidad cercana. Jesús viene, está ya a las puertas. El Padre celeste nos da el don de su Hijo, el don por excelencia, en el que hemos recibido todos los dones, en el orden de la naturaleza y de la gracia: El que "muchas veces y de muchas maneras habló en otro tiempo... en estos días nos habla por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo" (cf. Heb 1, 1 s.). Y María, su Madre Inmaculada, lo lleva en el seno para ofrecérnoslo a nosotros, representados en los pastores de Belén y en los Magos de Oriente; lo ofrece para la salvación de todos los hombres. Esta hora, vivida entre nosotros, en sintonía de afecto y de oración, con el espíritu orientado hacia la santa gruta, está llena de alegría y de ánimo, para mí y para vosotros, queridísimos colaboradores míos. Y os doy las gracias de corazón por tantas cosas.

2. Pero con vosotros siento presente aquí a toda la Iglesia: en sus Pastores, los venerados hermanos en el Episcopado, en los sacerdotes, en los religiosos y religiosas, en los fieles todos. La Iglesia entera se prepara a la Navidad, y la revivirá ese día en el vínculo estupendo y misterioso de los santos misterios. Y mi saludo hoy se dirige a toda la Iglesia, además del sincero "gracias" por las felicitaciones que me están llegando de los cinco continentes. El año pasado, en esta misma circunstancia —y era mi primera Navidad con vosotros en esta Sede de Pedro—, aludía al compromiso asumido, por mandato divino, en favor de toda la Iglesia: "compromiso de dedicación y de amor" (AAS 71 [1979] pág. 50). Y mientras ya el año se acerca velozmente a su fin, creo poder decir que he tratado humildemente, sencillamente, pero con todas las fuerzas, sirviéndome de todas las posibilidades que me han ofrecido, de cumplir ese compromiso, siendo bien consciente de mis responsabilidades ante Dios.

Mi saludo y mi felicitación se dirigen, además, a los hermanos de las comunidades cristianas, que todavía no están en plena comunión con nosotros. Se dirigen a los miembros de las religiones no cristianas, especialmente a las que adoran al único y omnipotente Dios. Se dirige mi saludo a los jefes de los Estados de todo el mundo, a los responsables de los destinos de la humanidad. a los hombres políticos. Se dirige a cada uno de los hombres, que vive, trabaja, goza o sufre en toda la extensión del globo.

3. El anuncio esencial de la Navidad es la Encarnación del Hijo de Dios. La Palabra del Padre se hace carne y habita entre nosotros (cf. Jn 1, 14). Viene para el hombre. Para cada uno de los hombres. "Al llegar la plenitud de los tiempos. envió Dios a su Hijo, nacido de mujer..., para que recibiésemos la adopción" (Gál 4, 4). Como han puesto de relieve frecuentemente los padres y teólogos antiguos, Dios se hace hombre para que el hombre se convierta en Dios, La próxima Navidad será ese "hoy", en el que sucede este "admirable intercambio", Un "hoy" que no se acabará jamás, mientras que en la tierra nazca un hombre, que lleve grabada en la persona, más allá de su fragilidad intrínseca de criatura terrena, la regia imagen y semejanza con Dios, la dignidad de hijo del Padre, de redimido por Cristo. Por esto Jesús nace, en este "hoy" de la Navidad, que comenta tan estupendamente un escritor oriental: "En este día ha nacido el Señor, vida y salvación de los hombres. Hoy se ha realizado la reconciliación de la divinidad con la humanidad, y de la humanidad con la divinidad... Hoy ha tenido lugar la muerte de las tinieblas y la vida del hombre. Hoy se ha abierto un camino para los hombres hacia Dios y un camino de Dios hacia el alma... Efectivamente toda la creación lanzó un grito, arrastrada hacia la corrupción por la caída de Adán, que era rey de esas realidades. Pero el Señor ha venido a renovar en él, como conviene, la verdadera imagen de Dios y a recrearla... Hoy se realiza la unión, la comunión y la reconciliación entre las realidades celestes y las terrenas: Dios y el hombre (Ps. Macario, Hom. 52, 1; Macarii Anécdota, ed. G.L. Marriot, Cambridge 1918, págs. 24 s.).

Nace el "Redentor del hombre". Con El nace la humanidad nueva. Y con El nace la Iglesia, como subraya muy bien San Ambrosio, comentando el nacimiento de Cristo: "Mirad los comienzos de la Iglesia que nace: Cristo nace, y los Pastores (esto es los obispos) comienzan a vigilar para reunir en el atrio del Señor la grey de los gentiles" (Exp. Ev. sec. Luc. 2, 50; PL 15, 1571). A la Iglesia, por su misión primordial, nacida con Cristo nacido, y recibida de El con mandato solemne, incumbe defender la dignidad del hombre: "de 'cada' hombre —como he escrito en mi primera Encíclica—. porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este misterio. Todo hombre viene al mundo concebido en el seno materno, naciendo de madre y es precisamente por razón del misterio de la Redención por lo que es confiado a la solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana" (Redemptor hominis, 13).

4. Esta visual teológica y existencial, a la vez, ha sido el motivo conductor, con la ayuda de Dios, del primer año de mi pontificado: es una línea que, anunciada en la alocución del comienzo solemne del pontificado, el 22 de octubre de 1978, se ha concretado en la citada Encíclica, en una trayectoria que pasa por la homilía tenida en Drogheda, Irlanda, y llega, en sus aplicaciones a la vida y a los problemas internacionales, hasta el discurso a la XXXIII Asamblea de las Naciones Unidas, en Nueva York, el 2 de octubre de 1979. Efectivamente, como me permití recordar a los ilustres representantes de todo el mundo. "en este relación encuentra su razón de ser toda la actividad política, nacional e internacional, la cual —en última instancia— procede 'del hombre', se ejerce 'mediante el hombre' y es 'para el hombre'. Si tal actividad es separada de esta fundamental relación y finalidad, se convierte, en cierto modo, en fin de sí misma y pierde gran parte de su razón de ser. Más aún, puede incluso llegar a ser origen de una alienación específica; puede resultar extraña al hombre; puede caer en contradicción con la humanidad misma" (núm. 6).

Evoco de nuevo todo esto en la espera vigilante que caracteriza a este último período del Adviento, para resaltar una vez más, junto con la misión salvífica de Cristo confiada a la Iglesia y perpetuada por ella durante los siglos, la intrínseca dignidad del hombre, que debe ser servida hasta el fondo. Y si me he permitido citar algunas frases de la Encíclica y del discurso en Nueva York —en este encuentro que se abre principalmente a los problemas de toda la humanidad, dejando para otra ocasión, a mitad del nuevo año, tratar los problemas de la Iglesia "ad infra"—, es porque veo, y vemos todos, cómo no siempre es respetada como conviene la grandeza sagrada del hombre, de cada uno de los hombres, hermano nuestro.

5. En mi encuentro con los representantes de todas las naciones del mundo, en Nueva York, recordé desde ese gran forum la necesidad de proclamar y defender los "derechos inalienables" de las personas y de las comunidades de los pueblos. Hay problemas que nos interpelan con toda su gravedad; y la Iglesia tiene el derecho y el deber de intervenir, si quiere permanecer fiel a su misión, que, en Cristo nacido por nosotros, se dirige a la salvación de todo el hombre y de cada uno de los hombres. La Iglesia no pide más que poder cooperar con todos los regímenes y pueblos, de cualquier tendencia e ideología, para la elevación constante de la humanidad.

Efectivamente, los diversos viajes que la Providencia del Señor me ha permitido realizar este año, han indicado claramente también esta dimensión, esta vocación primordial de la Iglesia en el mundo contemporáneo. En efecto, no se ha tratado solamente de contactos con el Pueblo de Dios, con esta magnífica realidad que constituye y prolonga sobre la tierra el Reino de los cielos y prepara su definitiva irradiación; sino que esas peregrinaciones a naciones y pueblos tan diversos por tradición, culturas, formación intelectual y social, fisonomía socio-política, forma de gobierno, han brindado la ocasión de saludar a los ilustrísimos representantes de esos numerosos Estados, en encuentros ricos de calor y de significado humano y social. Ha sido una expresión absolutamente positiva, que, más y mejor que toda palabra, ha ayudado a crear un acercamiento real y concreto, más aún, una fraternidad universal entre los pueblos, y a alejar cada vez vez más todo género de barreras, que dividen entre sí a los diversos sistemas.

Así, bajo esta luz encuentran su razón de ser las relaciones permanentes que la Santa Sede mantiene en el mundo, tanto por medio de las propias Representaciones Pontificias, al servicio de las Iglesias locales y de las naciones en que trabajan, como en los contactos del Papa con los jefes de Estado y con los representantes calificados de los Gobiernos y de la vida política de los diversos pueblos. Y me es grato recordar los numerosos Embajadores que hay ante la Santa Sede, a un buen número de los cuales he recibido en los días pasados para la presentación de las Cartas Credenciales.

6. En una visual tan amplia de posibilidades efectivas para la Iglesia de entablar un diálogo constructivo con las fuerzas que rigen el mundo, ella siente el deber de levantar su voz en la defensa de los derechos humanos. Ciertamente no se trata de una interferencia en los asuntos internos de los Estados, ni de una indebida apropiación de tareas no suyas, y mucho menos de una mera evocación retórica de palabras, sino de hechos.

Los derechos del hombre —tal como se enuncian en la fundamental "Declaración universal de los Derechos del Hombre" de 1948, que he querido evocar desde la tribuna de las Naciones Unidas— desgraciadamente encuentran en el mundo varios peligros, que los limitan o los paralizan, cuando no los violan abiertamente y, más aún, los suprimen. Nunca se ha oído exaltar tanto la dignidad y el derecho del hombre a una vida hecha a medida del hombre, pero también nunca como hoy ha habido afrentas tan patentes a estas declaraciones.

Me refiero a las tensiones internacionales, por desgracia siempre existentes. A las guerras y a las revoluciones que además de producir gravísimo malestar económico, sobre todo han llevado consigo un cortejo muy triste de muertes y destrucciones. Pienso en las luchas intestinas que afligen a algunas naciones. En las violaciones de principios inconcusos de derecho internacional, con gravísimos sufrimientos causados a las personas interesadas y a sus familias.

Pienso en los oscuros y terribles complots del terrorismo, que amenazan la convivencia de naciones queridísimas para nosotros, como la amada Italia, y que, si no son una guerra auténtica y real, son su inicuo y feroz sucedáneo. Recuerdo con horror los secuestros, las extorsiones, los robos: pienso en los secuestrados que sufren lo indecible, quizá desde hace largos meses.

En este contexto no puedo menos de recordar los puntos más llenos de peligros en algunas partes del mundo: la persistente crisis en el Oriente Medio; la situación en Sud-África; las contiendas en la península de Indochina: y aquí el pensamiento se dirige también a las míseras caravanas humanas, errantes por el ancho mar o en busca de un asilo, de los refugiados políticos, de los exiliados, de los prisioneros, cuya situación es y continúa siendo dolorosísima por la falta de comida, de vestido, de casa, de trabajo, y sobre todo de una cierta seguridad para el mañana: los refugiados son los auténticos pobres de hoy en el plano internacional, a quienes debe dirigirse la solidaridad de todos los pueblos, porque todos tienen la suerte de un destino mejor y no pueden cerrar los ojos ante su tragedia.

Como ya dije en la sede de las Naciones Unidas, también el problema de los armamentos reviste todavía una gravedad impresionante, porque "estar preparados para la guerra quiere decir estar en condiciones de provocarla" (Discurso en las Naciones Unidas, núm. 10): es un creciente derroche de medios socialmente improductivos, que produce funestas consecuencias sicológicas en las relaciones entre los Estados y la vida interna de los mismos Estados. En este contexto, no pueden menos de despertar justa preocupación todas las instalaciones de armas cada vez más perfeccionadas, que, aun cuando se conciban como instrumento de defensa, pueden convertirse en fuentes de destrucción y de ruina.

En mi reciente mensaje para la Jornada de la Paz, inspirada en el principio de que la verdad es fuente de la paz, he aludido a varias formas de "no-verdad" que mortifican al hombre y vuelven cada vez más difícil y problemática la concordia fraterna. También cuanto he recordado antes entra en este marco de búsqueda de todo lo que hoy puede perjudicar a la paz universal precisamente porque se opone a la búsqueda honesta del bien y de la verdad, incluso en las relaciones entre los pueblos. Por esto manifiesto en este mensaje navideño la necesidad de "ahondar bastante más en nosotros mismos para encontrar las zonas donde, más allá de las divisiones que constatamos en nosotros y entre nosotros, podamos reforzar la convicción de que los dinamismos constitutivos del hombre, el reconocimiento de su verdadera naturaleza, le llevan al encuentro, al respeto mutuo, a la fraternidad y a la paz. Esta laboriosa búsqueda de la verdad objetiva y universal sobre el hombre creará... hombres de paz y diálogo, a la vez fuertes y humildes con una verdad, a la que se darán cuenta de deber servir, y no servirse de ella para intereses de parte" (Mensaje para la jornada de la Paz, núm. 4).

7. Las situaciones que he recordado antes, son situaciones de malestar, son fuente de dolor. Hoy los hombres sufren. ¡Cuánto, cuánto dolor en el mundo, cuando se olvida que el hombre es nuestro hermano! Pues bien, la Iglesia, al contemplar el misterio del Hijo de Dios hecho hombre —y expuesto también El al sufrimiento y al hambre, a la pobreza y al exilio por la injusticia de los hombres— la Iglesia no puede eximirse de interponerse, de comprometerse, de implicarse a sí misma para ayudar a los hombres, para evitar el sufrimiento de los hombres. Dondequiera sufre un hombre, allí está Cristo que ocupa su lugar (cf. Mt 25, 31-46). Dondequiera sufre un hombre, allí debe estar la Iglesia a su lado.

Cuanto he recordado antes —amenaza y situaciones de guerra, terrorismo, problema de los refugiados—presenta a nuestro espíritu una suma terrible de dolores humanos.

Añádase cuanto en el mundo es fuente de desequilibrio y de malestar, que ofende a la dignidad intrínseca del hombre, porque es humillado y herido, y sufre por sí mismo y por sus seres queridos. Me refiero a las estridentes desigualdades sociales, todavía hoy existentes. Si, como ha dicho el Concilio Vaticano II, "el hombre... es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social" (Gaudium et spes, 63), permanecen en toda su gravedad los "motivos de preocupación" que el Concilio denunciaba con sinceridad absoluta, hablando incluso, "del retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y un desprecio de los pobres. Mientras muchedumbres inmensas, continuaba la Gaudium et spes, carecen de lo estrictamente necesario, algunos aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia o malgastan sin consideración" (ib.). Consiguientemente, en algunos países, hoy se muere de hambre. Estas víctimas "blancas", estas víctimas inocentes suman millares cada año. ¿Cómo poder pensar en la próxima alegría de Navidad, ante un sufrimiento tan atroz, tan inconcebible? Y este flagelo, como bien sabemos, lleva consigo toda una serie de males, que amenazan el desarrollo futuro de poblaciones enteras: desnutrición, enfermedades endémicas, inactividad, miseria, desesperación. ¿Cómo no invocar una solícita cooperación a escala internacional? Es necesario que todos los pueblos —los cuales frecuentemente destruyen sus productos por inconcebibles leyes de mercado— se coaliguen, aun a costa de sacrificio, para ir en ayuda de los hermanos que padecen hambre. Vuelvo a decir aquí, con renovada intensidad, cuanto tuve ocasión de decir en la FAO, la Organización de las Naciones Unidas que tiene como finalidad primaria el examen y la solución de los problemas de la alimentación y del desarrollo en el mundo, tanto en la audiencia de julio de 1979 con ocasión de la Conferencia para la Reforma Agraria, como en la visita realizada el pasado 12 de noviembre. No se puede permanecer insensibles a un campo de acción de tanta gravedad, que interesa a zonas enteras y muy amplias de la tierra.

Tampoco puedo olvidar en este momento a los desocupados y sub-ocupados, los que carecen de los necesario para llevar adelante la carga de la vida, con tantos problemas que aumentan en un delicado momento económico como el presente: la Navidad que se acerca angustia el corazón de tantas mamás y tantos papás, porque a sus hijos les faltará la alegría, no digo de los dones superfluos, sino de la misma tranquilidad material, quizá de la supervivencia.

Pienso también en el sufrimiento que tendrá la muchedumbre anónima de los humildes, en cada país, causado por las imprevistas variaciones de las relaciones comerciales internacionales, por la odiosidad de ciertos aprovisionamientos, que provocan un costo creciente de las cosas más elementales para la vida hasta producir gravísimo malestar en la vida familiar y social.

8. Pero hay fuentes de sufrimiento más íntimo, que no pueden revelar las investigaciones estadísticas, y que atentan profundamente a la interior grandeza y nobleza del hombre, porque le impiden procurar sus más altos e inalienables derechos. He enumerado los más importantes de éstos en el discurso a las Naciones Unidas, entre los cuales cité "el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de la persona; el derecho a los alimentos, al vestido, a la vivienda, a la salud, al descanso y al ocio; el derecho a la libertad de expresión, a la educación y a la cultura; el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión y el derecho a manifestar la propia religión individualmente o en común, tanto en privado como en público" (núm. 13). En particular quisiera subrayar hoy precisamente este derecho a la libertad religiosa, sagrado para todos los hombres, sobre el que ha hecho una solemne llamada el Concilio Vaticano II: "esta libertad —decía la Declaración Dignitatis humanaeconsiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares, como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y ello de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, dentro de los límites debidos" (núm. 2).

Debo decir que esto por desgracia es problema real, y problema grave, para la vida de diversos pueblos en el mundo. En varios países no existen las verdaderas dimensiones de la libertad religiosa; es difícil comprender, por ejemplo, que el concepto de desarrollo científico o social pueda considerarse hoy vinculado a la imposición de un programa ateístico: lo que perdura en determinados países del mundo, creando de hecho, como he subrayado también en el discurso a las Naciones Unidas, "una estructuración de la vida social donde el ejercicio de estas libertades (fundamentales) condena al hombre, si no en el sentido formal, al menos de hecho, a ser un ciudadano de segunda o tercera categoría" (núm. 19). Esto causa sufrimientos profundos, heridas incurables, gemidos incesables en las conciencias de millones de personas, rectas y justas, que se ven mutiladas en las aspiraciones más profundas de su ser espiritual. El Papa está cercano, con la simpatía, con el afecto, con la oración, a todos estos hermanos y hermanas que sufren: quisiera asegurarles que no desaprovecha ocasión para hablar de su situación a los responsables que encuentra en su ministerio. Y a todos hace oír hoy la justa exigencia de que la Iglesia y la Santa Sede deberían gozar pacíficamente del derecho de ayudar a los fieles y a los sacerdotes, en todo el mundo: y esto porque está animada solamente por la voluntad de asistir al hombre, de facilitarle el camino de la vida, de elevar toda su persona a los horizontes de la dignidad humana y sobrenatural a que está llamada por Dios, en el ejercicio libre y coherente de las propias convicciones. La Iglesia debería estar en condición de ejercitar en cualquier parte su misión, en el respeto de las libertades recíprocas, pero también en el cumplimiento de los propios derechos imprescriptibles como los proclama el Evangelio. A este propósito mi pensamiento retorna con afecto especial al gran pueblo chino, al que ya recordé el domingo 19 de agosto de este año, al recitar el "Ángelus": en la cercanía de la santa Navidad envío mi saludo y mi felicitación a los hijos de la Iglesia católica, como a todos los miembros de esa gran nación, renovando "el deseo de que puedan registrarse hechos positivos que señalen para nuestros hermanos y hermanas del continente chino la posibilidad de gozar de plena libertad religiosa" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española. 26 de agosto de 1979, pág. 1).

9. Está para finalizar el Año Internacional del Niño, que ha visto en el centro del interés universal al hombre del mañana, al hombre del 2000, que se asoma hoy a la vida con todas sus promesas aún en germen, y con todas sus esperanzas que no pueden resultar fallidas. Han florecido un poco por todas partes iniciativas bellísimas, y esto hace esperar que el problema halle espacio, a todos los niveles, en las programaciones y preocupaciones de los políticos, de los sociólogos, de los sicólogos y de los pedagogos, de los médicos, de los maestros y hombres de cultura, de los responsables de los mass-media; muchos se han hecho promotores de iniciativas idóneas. El Papa no puede olvidar ciertamente la obra incansable, amorosa, inteligente de personas e instituciones benéficas, que se desarrolla en el seno de la Iglesia, frecuentemente con medios inadecuados a los que suple el ansia de la caridad de Cristo que apremia a todo (cf. 2 Cor 5, 14): y sobre todo mi pensamiento se dirige a la acción de los misioneros, cuya labor evangelizadora se dedica, en sus afanes educativos y asistenciales, precisamente a la elevación y a la preparación de las generaciones que crecen. Y alabo todo esto que hombres y mujeres de todo credo y convicción religiosa realizan en el mundo con esfuerzo generoso y con recta intención para la educación y la asistencia de la infancia.

Pero ¿cómo no volver a afirmar solemnemente que la vida del ser humano es sagrada, desde que brota bajo el corazón de la madre, en el momento de la concepción? ¿Cómo olvidar que, precisamente en este año dedicado al niño, ha alcanzado cumbres pavorosas el número de vidas suprimidas en el seno materno? Es una hecatombe silenciosa, que no puede dejar indiferentes, no digo a nosotros, hombres de Iglesia. a nosotros cristianos y cristianas de todo el mundo, sino también a los responsables de la cosa pública, a las personas que piensan en el porvenir de las naciones. En el nombre de Jesús `"viviente en María" (Ven. Olier), llevado por Ella en el seno en un mundo indiferente y hostil —en Belén se negaron a acogerlo y en el palacio de Herodes se tramó su muerte— en el nombre de ese Niño, Dios y hombre, yo conjuro a los hombres conscientes de la dignidad insuprimible de estos hombres todavía no nacidos, a tomar una posición digna del hombre, para que este oscuro período que amenaza con envolver en tinieblas la conciencia humana, pueda ser superado finalmente.

10. El Año Internacional del Niño comprende también entre sus finalidades la promoción humana de los muchachos y adolescentes de ambos sexos, hasta los umbrales de la juventud. Por esto mi pensamiento va en este momento a las falanges vivaces y gozosas de estos queridos muchachos y muchachas, que forman en todo el mundo la esperanza más alegre del mañana. Y además de a ellos, siguiendo a las generaciones que crecen, abrazo también a la inmensa falange de los jóvenes y de las jóvenes de todo el inundo, tejido conjuntivo de las sociedades de todo tipo, y reserva de energías para la construcción de un mañana más justo y más sereno. Esta juventud —en sus distintas etapas que van desde la adolescencia hasta los umbrales del matrimonio— es recta, es generosa, está sedienta de verdad, de justicia; pide a los adultos que la acojan con comprensión y buena voluntad en los sectores de trabajo y en los centros de dirección; se dirige a la Iglesia con renovado interés y con el deseo profundo de una respuesta clara a los fundamentales `"porqués" de la vida. También hoy Cristo mira con ojos de simpatía a estos jóvenes, como al joven del Evangelio (cf. Mc 10, 21).

En su búsqueda de certezas, la juventud no puede, no debe quedar desilusionada. A ella repito el grito del comienzo de mi pontificado: "¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!" (22 de octubre de 1978; AAS, 70, 1978, pág. 947). ¡Sé que encontraré acogida! Me lo confirman los contactos gozosísimos y exaltantes con tantos jóvenes, a quienes este año, en Roma como en todas las latitudes del mundo, he hablado, he estrechado la mano, con los que he intercambiado la mirada afectuosa. Les repito: la Iglesia no os traicionará jamás, la Iglesia no os desilusionará jamás, la Iglesia os respetará siempre en vuestra integral personalidad humana. No tengáis miedo.

Pero pienso además en las oscuras realidades que amenazan este potencial riquísimo de vida, que es la adolescencia y la juventud de hoy, que pueden transformarlo en material amorfo, más aún en potencial destructivo. ¿Cómo no recordar que tantas solicitudes de trabajo, de formación cultural, de ocupación profesional, permanecen desatendidas, dejando forzosamente inactivos a tantos jóvenes, que también se han fatigado y estudiado, que han alcanzado una preparación digna de ser utilizada para el bien común de la sociedad? ¿Y cómo no alzar vibrantemente la voz contra quien, en la sombra, sin nobleza, con fines perversos, trata de corromper esta riqueza estupenda con tremendos sucedáneos de valores traicionados, con halagos mortales que, en una existencia presa de desilusiones y tal vez vacía de ideales, encuentran fácil cebo? ¿Cómo olvidar las ya innumerables víctimas de la droga, ofrecida desde los primeros años de la adolescencia, y convertida después en cadena férrea de una esclavitud oprobiosa? ¿Cómo olvidar las devastaciones morales, que una industria igualmente innoble, o una mentalidad permisiva y hedonista que invade parte de la actividad editorial y de los instrumentos de comunicación a través de la imagen, han producido en el espíritu de tanta juventud con el hedonismo desenfrenado, propuesto como norma de vida? ¿Cómo olvidar la manipulación de la personalidad del hombre en formación mediante los mass-media, la presión ideológica, la presentación parcial y torcida ele la verdad, la pornografía?

Sobre todos estos síntomas preocupantes de regresión moral se inserta el factor de la violencia, en todos sus estadios, que obedece únicamente a una lógica de destrucción y de muerte, que podría, Dios no lo quiera, paralizar la aspiración común al progreso ordenado, a la concordia constructiva, a la paz activa. A estos jóvenes, que hoy no tienen miedo de matar o de herir a otros jóvenes, a otros hombres, yo dirijo de rodillas, como mi predecesor Pablo VI, el grito de esperanza y la invitación que hice resonar en Drogheda: "Hago una llamada a los jóvenes que pueden ser atrapados en organizaciones comprometidas en la violencia. Os digo con todo el amor que siento por vosotros, con toda la confianza que tengo en los jóvenes: no escuchéis las voces que hablan el lenguaje del odio, de la revancha, de la venganza... La verdadera valentía está en trabajar por la paz. La verdadera fuerza consiste en uniros con los jóvenes de vuestra generación de todas partes para construir una sociedad justa, humana y cristiana por los caminos de la paz. La violencia es enemiga de la justicia. Solamente la paz puede conducir a la verdadera justicia" (núm. 12).

11. La formación de la juventud está inseparablemente unida con el recto engranaje de la vida familiar. La familia "primera y vital célula de la sociedad", como la ha definido el Concilio (Apostolicam actuositatem, 11), es la reserva de las venturas o desventuras de la sociedad de mañana: efectivamente ella tiene interferencias continuas y determinantes en la vida de los jóvenes, tanto en sentido negativo como positivo. No puede, pues, estar ausente en el conjunto de pensamientos de este mensaje navideño, tanto más que la Navidad es la fiesta por excelencia de las familias cristianas, reunidas en torno al Nacimiento en la alegría sencilla que nace de la verdadera y profunda fusión de los corazones. La Sagrada Familia, que se celebra al domingo siguiente de Navidad, da la clave para comprender todos los valores que deben proclamar las familias de hoy: amor, entrega, sacrificio, castidad, respeto a la vida, trabajo, serenidad, alegría. Las fuentes de desequilibrio, a las que hemos aludido, sin embargo, hacen de la familia la primera víctima, y, con ella, desquician a la juventud. Tantas desviaciones morales, como tantos hechos de violencia nacen precisamente de la falta de compromiso de la familia, hecha por desgracia blanco de una coalición de fuerzas disgregadoras, que se sirven de todos los medios a su disposición.

En los viajes que he realizado este año, si he podido ver tanto bien alrededor de mí, es porque ciertamente la presencia y la obra de las familias cristianas permanecen como el tejido conjuntivo, la conexión y la estructura portadora de la vida civil y eclesial en todo el mundo. Por esto doy gracias al Señor, y con El a tantos padres y madres de todas las latitudes del globo.

También para la defensa de los valores relativos a la familia, no he desaprovechado ocasión de interesar a las personalidades que he tenido la oportunidad de encontrar este año, desde los responsables supremos de la vida de las naciones, hasta sus representantes diplomáticos, a las autoridades civiles y políticas. Y no he cesado de llamar la atención en favor de la familia, por los varios y complejos problemas que presenta a la conciencia y a la sociedad, en mis alocuciones y mensajes: en México, durante la homilía de Puebla de los Ángeles; en Polonia, Jasna Góra; luego en la llamada y discurso a los trabajadores, en Nowy Targ, después en Limerick, Irlanda; y en el Capitol Mall, Estados Unidos. Tampoco he dejado de aludir a la acción catequética confiada a la familia, en la Exhortación Catechesi tradendae (núm. 68); y me permito recordar el tema que estoy desarrollando en las audiencias generales, como preparación a la Sesión del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar el año próximo, y estará dedicada a la familia. Será una ocasión privilegiada, y por mí tan esperada, para que toda la Iglesia, a través de los representantes de sus Episcopados nacionales, se detenga a meditar y a profundizar la dignidad maravillosa de la familia, la riqueza de sus valores, la importancia insustituible de su misión.

12. Venerados hermanos. El encontrarme junto con vosotros en esta espera navideña ha permitido esta panorámica sobre los problemas más urgentes y actuales. Sé que es tarea imprescriptible del Pastor supremo de la Iglesia indicar el camino a seguir. Y este camino es Cristo (cf. Jn 14, 6): El sólo. El siempre: "Christus heri et hodie, ipse et in saecula" (Heb 13, 8).

En este año de pontificado, "mis cuidados de cada día, la preocupación por todas las Iglesias" (2 Cor 11, 28), han sido únicamente encontrar al hombre, para hacer que el hombre se encuentre con Cristo: las muchedumbres que se han arracimado ininterrumpidamente en las audiencias de los miércoles, las que he encontrado en mis viajes, las visitas semanales a las parroquias de mi diócesis de Roma, me han permitido establecer este contacto vivo, dando ocasión a una catequesis constante por parte del Magisterio, cuyas líneas he trazado en el reciente documento Catechesi tradendae, que resume las propuestas hechas en el Sínodo de los Obispos. Ha sido una relación directa con todos: con hombres vivos, no con masas amorfas: con los niños y con los jóvenes; con los políticos, con los obreros de diversos sectores, a quienes he visitado incluso en sus lugares de trabajo; con la gente de los campos y de la montaña; con los exponentes del mundo científico, físicos, juristas, profesores y universitarios; con los miembros de instituciones de carácter cultural y turístico; con los marinos; con los aviadores y los staffs de la aeronáutica que me han llevado por el cielo de diversos continentes; con varios sectores de las Fuerzas Arenadas, etc. Ha sido verdaderamente un encuentro directo y personal con el hombre de cada país.

13. Al mismo tiempo ha sido el encuentro con la Iglesia. Efectivamente ésta fue instituida por Cristo para la salvación del hombre, de cada uno de los hombres, en las situaciones concretas de la vida. La Iglesia conoce hoy un momento verdaderamente exaltante de vitalidad, y es centro de orientación, de interés para todo el mundo.

Ha sido para mí una experiencia riquísima la de encontrar este año a una buena parte de los Episcopados de varios continentes: y si el carisma de Pedro y de sus Sucesores es el de "confirmar a los hermanos" (cf. Lc 22, 32), no menos grande es el consuelo que yo recibo por la fe de estos hermanos, que vienen a "videre Petrum" e intercambiar el beso de paz, en el abrazo fraterno, en un constante y riguroso ejercicio de la colegialidad episcopal, por la que tengo tanto interés. Y sobre todo ha sido expresión de esta colegialidad el encuentro con los miembros del Sacro Colegio, que tanta alegría, interés y participación ha suscitado antes que en nadie en vosotros, venerados hermanos que lo componéis, teniendo en cuenta la singularidad del acontecimiento.

Y una gran alegría invade ahora mi espíritu, al recordar que un obispo de la Iglesia de Dios, el venerado mons. Tchidimbo, ha sido puesto en plena libertad, este año, después de un largo período de sufrimiento.

No puedo olvidar los encuentros y las concelebraciones con los queridísimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amo como a la pupila de los ojos, y considero verdaderamente "mi gozo y mi corona" (Flp 4, 1) en su adhesión gozosa, total, irrevocable a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

He grabado en el corazón los encuentros con los religiosos de diversas congregaciones e institutos, y, entre ellos, con los religiosos laicos, y me complazco por su particular testimonio de amor a Cristo y a la Iglesia.

Recuerdo también los encuentros con las religiosas, y les repito toda la confianza y esperanza que la Iglesia pone en ellas, en el ejercicio de una maternidad espiritual de ofrenda y dedicación, cuya fuente e inspiradora es la Virgen Santísima, llamada a la dignidad altísima de Madre de Dios y de la Iglesia, y próvida Reina de los Apóstoles, en el silencio vigilante de Nazaret, del Calvario, del Cenáculo.

Faltaría tiempo para recordar las muchedumbres de fieles a las que he encontrado a los largo del año, en los viajes apostólicos, como en las audiencias y en las visitas, en Roma y en Italia.

Al menos quiero hacer una alusión al esfuerzo para intensificar los lazos que unen a la Iglesia católica con las Iglesias hermanas del Oriente cristiano, en una búsqueda de entendimiento y comprensión, fundada en la caridad de Cristo y en la exaltación común de la gloria divina. Las consignas que el Concilio Vaticano II ha dado en el campo delicado, difícil y prometedor del ecumenismo, como uno de sus principales intentos para "promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos" (Unitatis redintegratio, 1), permanecen. entre los principales compromisos del pontificado, En este espíritu adquiere un particular significado el abrazo que intercambié recientemente con el Patriarca de Constantinopla, Dimitrios I, en quien quise abrazar a todos los Pastores y hermanos de las Iglesias cristianas.

14. La función del Supremo Magisterio en la Iglesia, en este momento de grandes tensiones, pero aún más de grandes esperanzas, es la de ofrecer al hombre un servicio de amor y de verdad. Este ha sitio el espíritu de los viajes que he realizado; y lo será para los que, con la ayuda de Dios, afrontaré en el próximo año, para los cuales me han llegado las invitaciones de las Conferencias Episcopales y de las autoridades civiles de numerosos países. Mientras agradezco tanta delicadeza, aseguro que aceptaré todas las invitaciones que pueda.

Pido al Señor tener la fuerza y la ayuda para continuar en el camino trazado por mis inolvidables predecesores: por la esperanza invencible e invicta de Juan XXIII, por la paciencia y firmeza heroica y clarividente de Pablo VI, que brillará siempre por cuanto ha realizado en favor de la Iglesia para la aplicación del Concilio Vaticano II; y también por la sonrisa de Juan Pablo I, que en su fulminante paso ha dejado un surco profundísimo, recordándonos una vez más que "los caminos de Dios no son nuestros caminos"(cf. Is 55, 8).

En esta línea continúa el camino de la Iglesia, ahora, en el año que está para comenzar, y también en el porvenir. Cristo está con nosotros, no tengamos miedo, no vacilemos: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20).

15. Todo esto per Mariam. A Ella he confiado los comienzos de mi pontificado, y a Ella he llevado en el curso del año la expresión de mi piedad filial, que aprendí de mis padres. María ha sido la estrella de mi camino, en sus santuarios más célebres o más silenciosos: la Mentorella y Santa María la Mayor, Guadalupe y Jasna Góra, Knock y el santuario nacional de la Inmaculada en Washington, Loreto, Pompeya, Efeso. A Ella me confío yo mismo. A Ella confío toda la Iglesia, en el declive ya de un año que acaba y en el alba del nuevo. Con María, emprendamos juntos el camino de Belén.

Mirando al futuro, si no faltan los motivos de ansiedad, son más fuertes y preeminentes los de confianza y esperanza. Sostenida por esta esperanza, la Iglesia continúa su obra. Permanece fiel a Cristo, a su Evangelio, a su invitación a la conversión "porque el Reino de Dios está cercano" (Mc 1, 15). Ella no se cansará jamás de interceder ante Dios por la humanidad, ni de interponerse y de responder por la defensa y elevación del hombre. Del hombre integral, alma y cuerpo. De cada uno de los hombres, hasta del que ha de nacer, porque cada hombre es corona de la creación (cf. Gén 1, 27 ss.), cada hombre es gloria viviente de Dios (cf. Ef 1, 12. 14; S. Ireneo, Adv. Haer. IV, 20, 7).

La Iglesia continúa anunciando al mundo esta realidad extraordinaria: y sin cansarse, sin perder el ánimo, aúna sus fuerzas, avanza por el mundo, proclamando la santidad, el honor, los derechos de Dios, y la grandeza del hombre. Camina bajo la luz de Dios, en la gloria de Dios. Estamos todos enrolados en esta peregrinación. Vayamos adelante, caminemos y cantemos, como nos dice San Agustín: "No para satisfacer la tranquilidad, sino para confortar la fatiga. Hagamos como suelen cantar los caminantes: canta, pero camina; consuela con el canto la fatiga, no te contentes con el ocio; canta y camina... Progresa en el bien, progresa en la recta fe, progresa en la vida buena; canta et ambula" (Serm. 256, 3: PL 38, 1193).

Nos guíe en este caminar la estrella de Navidad, que lleva a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; a Jesús, Redentor del hombre.

Con mi más efusiva bendición.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

top