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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
DURANTE SU VISITA AL HOSPITAL DEL ESPÍRITU SANTO DE ROMA
Domingo 23 de diciembre de 1979
Queridísimos hermanos e hijos del hospital del Espíritu Santo:
Si ha sido corto y rápido el trayecto recorrido para venir a
estar entre vosotros, más intenso y afectuoso es el saludo que deseo dirigidos
en el momento en que me encuentro con vosotros por vez primera.
A vosotros, miembros ilustres del consejo de administración; a
usted, mons. Fiorenzo Angelini, encargado muy solícito de la atención espiritual
en los hospitales y clínicas de la ciudad; a vosotros, médicos competentes, y a
los enfermeros y demás empleados; a vosotros, celosos capellanes y buenas
religiosas que prestáis aquí vuestra apreciada actividad de varios modos; y en
particular a vosotros, queridos enfermos: En la dulcísima atmósfera espiritual
de la Navidad santa deseo dirigir a todos el saludo cristiano característico:
¡Alabado sea Jesucristo! Sí, precisamente alabando a Cristo, es decir,
ensalzando y dando gracias a Aquel que vino entre nosotros como Salvador, y
considerando y meditando la obra por El realizada en favor de toda la humanidad
y de cada hombre individual; sí, de este modo volvemos a encontrar las raíces
verdaderas de nuestra profunda unidad, y advertirnos más claramente las razones
por las que somos y nos sentimos y nos llamamos hermanos.
1. Al venir a este lugar, no puedo menos de recordar la
historia singular y plurisecular que aquí se ha desarrollado. Surgido como punto
de encuentro y acogida de peregrinos sajones (la gens Saxonum), que desde
el Medioevo más lejano venían a Roma, patria de la fe —al igual que tantos otros
peregrinos de las distintas "naciones" de Europa cristiana— a venerar las
memorias apostólicas, el primitivo hospicio del Espíritu Santo se calificó muy
pronto como una institución eficiente y providencial, y se convirtió en lugar de
oración, asistencia y curación. Ya su proximidad a la tumba de San Pedro le
confería una posición privilegiada; después, la ampliación posterior y la
capacitación para responder a las exigencias crecientes no sólo de los
peregrinos sino también de los ciudadanos de Roma, lo transformaron en un gran
hospital querido y protegido por los Sumos Pontífices, que lo dotaron de los
bienes necesarios para desplegar su actividad. y le prodigaron atenciones
solícitas de distintos modos, incluso con la colaboración de representantes
personales y de abades comendatarios.
Pero de esta significativa función histórica basta sólo una
mención. Me parece más importante subrayar, en cambio, una nota constante: Aquí
la caridad cristiana "ha sido siempre como de casa" a lo largo de los siglos;
aquí las obras de misericordia se han convertido en práctica de cada día; aquí
una y otras se han ejercido consoladora, ininterrumpida y ejemplarmente.
¿Cuántos hospitales del Espíritu Santo surgieron a imitación de este archihospital? Hubo uno incluso en mi Cracovia. Claro está que tal práctica ha
revestido formas distintas según las circunstancias; pero ha mantenido siempre
el carácter de prestación preferencial a los enfermos, necesitados y pobres. Y
ésta no es sólo historia de ayer...
2. Al venir a este lugar, pienso también en lo que es hoy en día el
hospital del Espíritu Santo, es decir, en su función actual de "centro motor" de
la organización hospitalaria de Roma.
Este presenta una estructura bien organizada con variedad de
secciones, laboratorios y departamentos nosológicos. una estructura que no sólo
está al lado de la actividad de los otros hospitales de la Urbe, sino que la
coordina y estimula.
En efecto, en él se enclava la cabeza de la organización de los
hospitales de Roma bajo el nombre de "Pio Istituto di S. Spirito", que se ocupa
de la dirección general, organización de la asistencia y decisiones
consiguientes. No puedo olvidar que aquí existe una rica biblioteca médica que
lleva el nombre del gran Giovanni Maria Lancisi, además de la famosa academia
homónima; y que también está el museo histórico anejo ele arte sanitario. Y en
fin, a la luz de lo que fue en el pasado y sigue siendo aún, el hospital del
"Santo Spirito" ofrece el cuadro elocuente de una alta cualificación científica
y de la consiguiente capacidad de responder magníficamente a las exigencias de
la terapéutica moderna, y a las diagnósticas y clínicas, siguiendo una tradición
que tanto ha distinguido y honrado ante el mundo a la escuela médica romana.
3. Al venir a este lugar, pienso sobre todo en los hermanos
enfermos a los que está destinada esta institución. Sí, pienso en vosotros,
queridísimos enfermos, desgraciadamente os veis obligados a pasar aquí estos
días. Son días de alegría santa, y también lo deben ser para vosotros, no
obstante vuestra condición de enfermos. He venido a vosotros, hermanos probados
en el cuerpo y el espíritu, a traeros la palabra inmutable del Evangelio;
palabra de consuelo, confianza, solidaridad y —si me lo permitís— de afecto
especial. Sabéis de mi predilección por todos los que sufren; y esta actitud
responde al deber fundamental y primario de quien siendo Sucesor de Pedro en la
Cátedra romana, lleva la formidable denominación de "Vicario de Cristo". ¿Cómo
podría hacer yo las veces de Cristo si olvidase su interés constante por los
enfermos, su prodigarse continuamente en favor de ellos, las grandes palabras de
fe a ellos dirigidas, sus intervenciones taumatúrgicas de que están llenas las
páginas del Evangelio? Leemos que sordos y ciegos, cojos y deformes, paralíticos
y leprosos acudían a Jesús de todas las partes de Palestina "porque salía de El
una virtud que sanaba a todos" (Lc 6, 19; cf. Mc 1, 32-34). ¿Cómo podría olvidar
yo aquella "identificación moral" que Jesús establece entre El y los que sufren,
que El incluye como criterio de juicio —juicio exigente y severo— en el código
que regulará nuestro "status" en la eternidad? "Estaba enfermo y me visitasteis
(...). Pero ¿cuándo, Señor? (...). Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos
mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 36; 39-40).
Teniendo ante los ojos aquellos ejemplos y directrices del
Señor, es natural que yo os busque, os sienta cercanos y os dirija las mismas
palabras que Jesús: "Confía, hijo, tus pecados te son perdonados". "Hija, ten
confianza, tu fe te ha sanado" (Mt 9. 2. 22). En vuestras personas vive y se
esconde Cristo, al igual que reviven y perduran sus mismos sufrimientos en los
vuestros; de tal modo que el valor que nos viene de la Sangre de Cristo,
continúa y se acrecienta a través de vuestro mismo dolor, según lo que nos dice
San Pablo: "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su
Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 24; cf. 2 Cor 1, 5; 12, 9). Hermanos, éste es
el punto al que quería llegar: vuestro sufrimiento nos es estéril, no es llanto
que se pierde en el viento del desierto, no es crueldad ciega e inexplicable. En
efecto, el Evangelio lo explica e interpreta: el dolor es participación directa
en el sacrificio redentor de Cristo y como tal tiene una función preciosa en la
vida de la Iglesia. Es un tesoro misterioso y real a un tiempo para todos los fieles
en virtud de la circulación de
gracia, que Cristo-Cabeza difunde en su Cuerpo místico y los miembros de este
Cuerpo se intercambian entre sí.
Confío que estos pensamientos tendrán el poder de suscitar en
vosotros, queridos hermanos, energías espirituales nuevas que servirán también
—lo espero firmemente— para la recuperación tan deseada de vuestra salud
física.
4. Al venir a este lugar pienso, en fin, en la santa Navidad
inminente. Hablando hace un momento del sufrimiento, nuestra mirada ha llegado
hasta la Cruz y el Calvario; pero primero fue Belén, con su cuna, con su
establo. Es aquí donde Cristo hombre comenzó su obra destinada a la salvación
universal; comienzo tejido de humillación, ocultamiento, pobreza; comienzo en
contraste singular con su personalidad de verdadero Hijo de Dios. ¡Qué admirable
lección nos ofrece el Nacimiento de Jesús Salvador! Si El, Hijo de Dios, se
hizo hombre "por nosotros los hombres y por nuestra salvación" recorriendo
caminos de humillación y caridad, ¿cómo podemos seguir afirmándonos en actitudes
de orgullo y egoísmo? Para que la celebración del Nacimiento del Señor sea
auténtica, la Navidad cristiana debe inspirarse en las mismas virtudes y debe
abrirnos a sentimientos de paz y comprensión, hermandad y caridad con nuestro
prójimo.
En esta vigilia ferviente, en este lugar de esperanza y dolor,
mi visita quiere ser no sólo signo de felicitación a los enfermos con el deseo
de que se curen pronto, sino también ocasión de estímulo a cuantos se ocupan de
vosotros en el plano terapéutico y espiritual. ¡Oh! El tratamiento de las
enfermedades y la atención a los enfermos se transforman de verdad cuando están
impregnados de las virtudes y sentimientos que la Navidad nos enseña. La
prestación profesional se convierte entonces realmente en servicio atento,
sensible, específico a la persona individual del hermano que sufre en tal cama,
en tal sala. Por ello mi visita se termina con una oración pidiendo que en cada
uno de vosotros, enfermos y enfermeros, médicos ayudantes y doctores, capellanes
y religiosas, el Espíritu de Jesús Salvador infunda estos dones celestiales. Así
la festividad cercana será para todos fuente de consuelo y serenidad. y alegría
santa.
Con mi bendición apostólica.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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