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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS CARDENALES AL LLEGAR A
ROMA
TRAS SU VIAJE A MÉXICO
Jueves 1 de febrero de 1979
Señores cardenales:
En el momento en que concluye mi primer viaje misionero elevo a Dios la más
sentida acción de gracias por la gran experiencia que me ha concedido vivir en
la plenitud de un trabajo apostólico que ha ocupado con intensidad particular
cada hora de los días pasados.
Creí deber mío emprender este viaje (vinculado al desarrollo de la III Asamblea
General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, anunciada hace tiempo),
siguiendo en esto el ejemplo de mi predecesor Pablo VI, de venerada memoria, que
quiso inaugurar esta forma de cumplir el ministerio papal en la Iglesia.
Es difícil hablar cumplidamente de esta inolvidable experiencia cuando aún
resuenan en mi ánimo las mil voces escuchadas y todavía están recientes los
recuerdos de cuanto he podido ver, de las personas con quienes he podido
encontrarme, de los temas que he tenido ocasión de afrontar.
Será preciso volver sobre todo esto durante mucho tiempo con la oración, la
reflexión y el corazón; pero ya desde ahora puedo afirmar que este viaje, tras
la breve pero significativa etapa en Santo Domingo, ha sido un encuentro
excepcional con México en su realidad humana y cristiana; un encuentro con el
Pueblo de Dios de este país que ha respondido con un gran acto de fe a la
presencia del Papa y que, comenzado en el corazón de la Iglesia mexicana que es
Guadalupe, se prolongó hasta alcanzar las etapas de Puebla, Oaxaca, Guadalajara
y Monterrey.
Este encuentro ofrece en cierto sentido con la riqueza de sus contenidos y la
multiplicidad de sus manifestaciones, un contexto vivo a las tareas que
juntamente con los obispos de América Latina hemos afrontado en el ámbito de la III Asamblea General de aquel Episcopado que, como sabéis, comenzaron el 27 del
pasado enero, con la solemne concelebración en el santuario de la Virgen de
Guadalupe, y continúan en Puebla con el tema "La evangelización en el presente y
en el futuro de América Latina", para concluir el próximo día 13 de febrero.
Para introducir sus trabajos dirigí el 28 de enero, con gran esperanza y
confianza, un mensaje a la Iglesia sudamericana, que ha hecho universal
concretamente la presencia de los medios de comunicación social y los
profesionales de la información (que ha querido seguir con amplitud de tiempo
cada etapa de mi breve pero intenso viaje).
Ciertamente será preciso hablar más de una vez del significado de los trabajos
de Puebla y de cada uno de los problemas afrontados allí, volviendo sobre sus
diversos temas.
Ahora, al regresar a la Sede Apostólica, después de siete días, siento la
necesidad de agradecer de todo corazón a cuantos han contribuido, a todo nivel,
a preparar y organizar este viaje, que ha resultado tan bien, a pesar de haberse
desarrollado en tan escaso tiempo.
También querría dar las gracias a cuantos han soportado conmigo el peso de este
viaje: a los monseñores Caprio, Casaroli, Martin, Marcinkus, Noé y a las demás
personas del séquito, de la prensa, radio y televisión, a todos los laicos que
me han acompañado a lo largo de todo el viaje.
Permitidme, en fin, que os dirija un gracias particular, por la acogida que me
habéis dispensado, a todo el Colegio de Cardenales, a quienes he sentido muy
cercanos con la oración y el corazón en el curso de estas inolvidables
jornadas, y de modo muy especial al cardenal Decano, que ha sabido interpretar
tan bien los sentimientos de todos vosotros, y al cardenal Secretario de Estado
por el valioso trabajo desarrollado con disponibilidad generosa en los días de
mi ausencia.
La Virgen de Guadalupe, a la que he rezado tanto en estos días, dé fuerza con su
intercesión a nuestro empeño para que no se defrauden las esperanzas suscitadas
por el viaje que hoy ha terminado.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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