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VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,
MÉXICO Y BAHAMAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS TRABAJADORES DE MONTERREY

Miércoles 31 de enero de 1979

 

Campesinos, empleados y, sobre todo, obreros de Monterrey,

Gracias por todo lo que he podido oír. Gracias por todo lo que puedo ver. A todos y a cada uno muchas gracias.

Os agradezco de corazón esta acogida tan calurosa y cordial en vuestra ciudad industrial de Monterrey. En torno a ella discurre vuestra existencia y se desarrolla vuestro trabajo diario para ganaros el pan y el pan de vuestros hijos. Ella es testigo también de vuestras penas y de vuestras aspiraciones. Ella es obra vuestra, obra de vuestras manos y de vuestra inteligencia, y en este sentido símbolo de vuestro orgullo de trabajadores y un signo de esperanza para un nuevo progreso y para una vida cada vez más humana. Me siento feliz de encontrarme entre vosotros como hermano y amigo vuestro, como compañero de trabajo en esta ciudad de Monterrey, que es para México algo parecido a lo que significa Nueva Hutta en mi lejana y querida Cracovia. No olvido los años difíciles de la guerra mundial, en los que yo mismo tuve la experiencia directa de un trabajo físico como el vuestro, de una fatiga cotidiana y su dependencia, de su pesadez y monotonía.

He compartido las necesidades de los trabajadores, sus justas exigencias y sus legítimas aspiraciones. Conozco muy bien la necesidad de que el trabajo no enajene y frustre, sino que corresponda a la dignidad superior del hombre. Puedo dar testimonio de una cosa: en los momentos de mayor prueba el pueblo de Polonia ha encontrado en su fe en Dios, en su confianza en la Virgen María Madre de Dios, en la comunidad eclesial unida en torno a sus Pastores, una luz superior a las tinieblas, y una esperanza inquebrantable. Sé que estoy hablando a trabajadores que son conscientes de su condición de cristianos y que quieren vivir esa condición con todas sus energías y consecuencias. Por eso el Papa quiere haceros algunas reflexiones que tocan vuestra dignidad como hombres y como hijos de Dios. De esa doble fuente brotará la luz para conformar vuestra existencia personal y social. En efecto, si el espíritu de Jesucristo habita en nosotros, debemos sentir la preocupación prioritaria por aquellos que no tienen el conveniente alimento, vestido, vivienda, ni tienen acceso a los bienes de la cultura. Dado que el trabajo es fuente del propio sustento, es colaboración con Dios en el perfeccionamiento de la naturaleza, es un servicio a los hermanos que ennoblece al hombre, los cristianos no pueden despreocuparse del problema del desempleo de tantos hombres y mujeres, sobre todos jóvenes y cabezas de familia, a quienes la desocupación conduce al desanimo y a la desesperación. Los que tienen la suerte de poder trabajar aspiran a hacerlo en condiciones más humanas, más seguras, a participar más justamente en el fruto del esfuerzo común en lo referente a salarios, seguridad social, posibilidades de desarrollo cultural y espiritual. Quieren ser tratados como hombres libres y responsables, llamados a participar en las decisiones que conciernen a su vida y a su futuro. Es derecho fundamental suyo crear libremente organizaciones para defender y promover sus intereses y para contribuir responsablemente al bien común. La tarea es inmensa y compleja. Se ve complicada hoy por la crisis económica mundial, por el desorden de círculos comerciales y financieros injustos, por el agotamiento rápido de algunos recursos, y por los riesgos de contaminación irreversibles del ambiente biofísico.

Para participar realmente en el esfuerzo solidario de la humanidad los pueblos de América Latina exigen con razón que se les devuelva su justa responsabilidad sobre los bienes que la naturaleza les ha confiado y las condiciones generales que les permitan conducir un desarrollo en conformidad con su espíritu propio con la participación de todos los grupos humanos que los componen: Se hacen necesarias innovaciones atrevidas y renovadoras para superar las graves injusticias heredadas del pasado y para vencer el desafío de las transformaciones prodigiosas de la humanidad.

En todos los niveles, nacional e internacional, y por parte de todos los grupos sociales, de todos los sistemas, las realidades nuevas exigen aptitudes nuevas. La denuncia unilateral del otro y el fácil pretexto de las ideologías ajenas, fueren cuales fueren, son coartadas cada vez más irrisorias. Si la humanidad quiere controlar una evolución que se le escapa de la mano, si quiere sustraerse a la tentación materialista que gana terreno en una huida hacia adelante desesperada, si quiere asegurar el desarrollo auténtico a los hombres y a los pueblos, debe revisar radicalmente los conceptos de progreso, que bajo sus diversos nombres, han dejado atrofiar los valores espirituales.

La Iglesia ofrece su ayuda. Ella no teme denunciar con fuerza los ataques a la dignidad humana. Pero reserva lo esencial de sus energías para ayudar a los hombres y grupos humanos, a los empresarios y trabajadores para que tomen conciencia de las inmensas reservas de bondad que llevan dentro, que ellos han hecho ya fructificar en su historia y que hoy deben dar frutos nuevos.

El movimiento obrero, al que la Iglesia y los cristianos han aportado una contribución original y diversa, particularmente en este continente, reivindica su justa parte de responsabilidad en la construcción de un nuevo orden mundial. El ha recogido las aspiraciones comunes de libertad y de dignidad. Ha desarrollado los valores de solidaridad, fraternidad y amistad. En la experiencia compartida, ha suscitado formas de organización originales, mejorando sustancialmente la suerte de numerosos trabajadores, y contribuyendo, por más que no siempre se quiera decirlo, a dejar una huella en el mundo industrial. Apoyándose en este pasado, deberá comprometer su experiencia en la búsqueda de nuevas vías, renovarse a si mismo y contribuir de manera aún más decisiva a construir la América Latina del mañana.

Hace diez años que mi predecesor el Papa Pablo VI estuvo en Colombia. Quería traer a los pueblos de América Latina el consuelo del Padre Común. Quería abrir a la Iglesia Universal las riquezas de las Iglesias de este continente. Algunos años después, celebrando el octogésimo aniversario de la primera Encíclica Social, la Rerum novarum, escribía: “La enseñanza social de la Iglesia acompaña con todo su dinamismo a los hombres en su búsqueda. Si bien no interviene para dar autenticidad a una estructura determinada o para proponer un modero prefabricado, ella no se limita simplemente a recordar unos principios generales. Se desarrolla por medio de una reflexión madurada al contacto con situaciones cambiantes de este mundo, bajo el impulso del Evangelio como fuente de renovación desde el momento que su mensaje es aceptado en su totalidad y en sus exigencias. Se desarrolla con la sensibilidad propia de la Iglesia, marcada por una voluntad desinteresada de servicio, y una atención a los más pobres. Finalmente se alimenta en una experiencia rica de muchos siglos, lo que permite asumir en la continuidad de muchos siglos, lo que permite asumir en la continuidad de sus preocupaciones permanentes la innovación atrevida y creadora que requiere la situación presente del mundo” (Octogesima adveniens, 42 ). Son palabras de Pablo VI.

Queridos amigos: en fidelidad a esos principios la Iglesia quiere hoy llamar la atención sobre un fenómeno grave y de gran actualidad: el problema de los emigrantes. No podemos cerrar los ojos a la situación de millones de hombres que en su búsqueda de trabajo y del propio pan, han de abandonar su patria y muchas veces la familia, afrontando las dificultades de un ambiente nuevo no siempre agradable y acogedor, una lengua desconocida y condiciones generales, que les sumen en la soledad y a veces en la marginación a ellos, a sus mujeres y a sus hijos, cuando no se llega a aprovechar esas circunstancias para ofrecer salarios más bajos, recortar los beneficios de la seguridad social y asistencial, a dar condiciones de viviendas indignas de seres humanos. Hay ocasiones en que el criterio puesto en práctica es el de procurar el máximo rendimiento del trabajador emigrante sin mirar a la persona. Ante este fenómeno la Iglesia sigue proclamando que el criterio a seguir en este, como en otros campos, no es el de hacer prevalecer lo económico, lo social, lo político por encima del hombre, sino que la dignidad de la persona humana está por encima de todo lo demás y a ello hay que condicionar el resto.

Crearíamos un mundo muy poco habitable si solo se mirase a tener más y no se pensara ante todo en la persona del trabajador, en su condición de ser humano y de hijo de Dios, llamado a una vocación eterna, si no se pensara en ayudarle a ser más. Ciertamente, por otra parte, el trabajador tiene unas obligaciones que ha de cumplir con lealtad, ya que sin ello no puede haber un recto orden social.

A los poderes públicos, a los empresarios y a los trabajadores invito con todas mis fuerzas a reflexionar sobre estos principios y a deducir las consiguientes líneas de acción. No faltan ejemplos, hay que reconocerlo también, en los que se ponen en práctica con ejemplaridad estos principios de la doctrina social de la Iglesia. Me complazco de ello. Alabo a los responsables, y aliento a imitar este buen ejemplo. Ganará con ello la causa de la convivencia y hermandad entre grupos sociales y naciones. Podrá ganar aún la misma economía. Sobre todo ganará ciertamente la causa del ser humano.

Pero no nos quedemos en el solo hombre. El Papa os trae también otro mensaje. Un mensaje que es para vosotros, trabajadores de México y de América Latina: abríos a Dios. Dios os ama. Cristo os ama. La Madre de Dios, la Virgen María, os ama. La Iglesia y el Papa os amen y os invitan a seguir la fuerza arrolladora del amor que todo puede superar y construir. Hace casi dos mil años, cuando Dios nos envió a su Hijo no esperó a que los esfuerzos humanos hubieran eliminado previamente toda clase de injusticias. Jesucristo vino a compartir nuestra condición humana con su sufrimiento, con sus dificultades, con su muerte. Antes de transformar la existencia cotidiana, El supo hablar al corazón de los pobres, liberarlos del pecado, abrir sus ojos a un horizonte de luz y colmarlos de alegría y de esperanza. Lo mismo hace hoy Jesucristo que está presente en vuestras Iglesias, en vuestras familias, en vuestros corazones, en toda vuestra vida. Abridle todas las puertas. Celebremos todos juntos en estos momentos con alegría el amor de Jesús y de su Madre. Nadie se sienta excluido, en particular los más desdichados, pues esta alegría que proviene de Jesucristo no es insultante para ninguna pena. Tiene el sabor y el calor de la amistad que nos ofrece Aquel que sufrió más que nosotros, que murió en la cruz por nosotros, que nos prepara una morada eterna a su lado y que ya en esta vida proclama y afirma nuestra dignidad de hombres, de hijos de Dios.

Estoy con amigos trabajadores y me quedaría con vosotros mucho más tiempo. Pero he de concluir. A vosotros aquí presentes, a vuestros compañeros de México, y a cuantos compatriotas vuestros trabajan fuera del suelo patrio, a todos los obreros de América Latina, os dejo mi saludo de amigo, mi bendición y mi recuerdo. A todos, a vuestros hijos y familiares, mi abrazo de hermano.

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

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