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MENSAJE DE JUAN PABLO II PARA LA
INAUGURACIÓN DE LA NUEVA ESTACIÓN DE COMUNICACIONES DE TIWANACU
Amadísimos hijos bolivianos:
¡La paz del Señor sea siempre con vosotros!
Siento en estos momentos una gran satisfacción por estar entre vosotros, al
inaugurar esta nueva estación de comunicaciones de Tiwanacu, vía satélite.
Ello me permite expresar mi más sincera congratulación porque supone un avance
técnico, destinado a fomentar más y más el intercambio fraterno y pacífico
con los demás pueblos, haciéndoos recíprocamente partícipes de la propia
riqueza humana y espiritual.
Pero sobre todo me permite testimoniaros de cerca mi afecto de Padre y Pastor
universal; un afecto hondo, que se corresponde también en mi corazón con una
gozosa confianza, seguro de que, en conformidad con vuestra secular adhesión al
mensaje evangélico, seguiréis ofreciendo al mundo, y particularmente a la
Iglesia, la imagen escueta de una comunidad llena de vitalidad, estrechamente
unida por los vínculos de la fe, de la caridad y de la paz cristianas. Sea esta
comunión, fruto de la presencia del Espíritu en vuestras almas, la que dé
siempre un perfil inconfundible a vuestro pueblo e impulse diariamente la búsqueda
de ulteriores mesas de progreso y de bienestar común.
Sé que estáis preparando o desarrollando ya una cruzada de oración en
familia, lo cual es realmente esperanzador. La oración ennoblece, dignifica al
cristiano, poniéndolo en sintonía de sumisión y de gratitud a Dios, que se ha
dado todo a los hombres, haciéndonos partícipes, mediante su Hijo, de su misma
vida divina.¿Puede haber comunicación más grande y más íntima? Por la oración
personal, por la oración hecha en el hogar y más aún por la oración litúrgica
el hombre renace cada día, a medica que va asimilando y dando vida en su
conducta a los dones divinos, hasta convertirle de veras en familiar próximo,
en hijo de Dios. Orar es hacer familia, edificar comunidad, entroncarse
saludablemente en la nueva y definitiva Alianza, sellada por Cristo en el
sacramento del amor: la Eucaristía.
Os
exhorto por tanto, amadísimos hijos, a intensificar la oración en familia y la
oración litúrgica en torno a la Eucaristía: que sean la savia que alimente
toda vuestra vida individual y comunitaria. A través de ellas iréis
descubriendo y gustando la dicha de la solidaridad cumplida, que se despliega de
manera instintiva y genuina allí donde hay pobres, enfermos, personas que
sufren injusticias o que no hallan una mano amiga que les ayude a superar sus
limitaciones. Y asociad siempre a vuestra oración perseverante y unánime a María,
Madre de Dios y Madre nuestra, que, bajo la advocación de Virgen de Copacabana,
es abogada segura de vuestros anhelos ante el Señor.
Os
bendigo de corazón en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Vaticano, 16 de febrero de 1979.
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