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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SAN GREGORIO MAGNO

PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II
EN LA CAPILLA DEDICADA AL BEATO MAXIMILIANO KOLBE


Domingo 18 de febrero de 1979

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

Estoy contento de poder expresar, después de la celebración eucarística en la iglesia parroquial de San Gregorio Magno de Pian due Torri, mi saludo cordial y bendición también a vosotros, jóvenes, trabajadores, fieles todos que os reunís para vuestros encuentros litúrgicos y sacramentales en esta capilla subsidiaria de la Magliana, bellamente dedicada al Beato Maximiliano Kolbe, mi venerado compatriota.

Os doy las gracias sinceramente por el entusiasmo con que me habéis recibido en este lugar de culto y, sobre todo, por el fervoroso espíritu de fe con que lo frecuentáis.

Os expreso también mi paternal complacencia por la significativa elección de vuestro protector, definido por el siempre llorado y gran Papa Pablo VI «imagen luminosa para nuestra generación» (Gaudete in Domino). Como ya sabéis, durante las pruebas más trágicas que ensangrentaron nuestra época, el Beato Kolbe se ofreció espontáneamente a la muerte para salvar a un hermano a él desconocido (Francisco Gajownicek), que, siendo inocente, había sido condenado a muerte por represalia a raíz de la fuga de un prisionero en el campo de concentración de Oswiecim. El heroico mártir fue condenado a morir de hambre, hasta que el 14 de agosto de 1941 entregó su hermosa alma a Dios, después de haber asistido y confortado a sus compañeros de infortunio.

Hijo humilde y bondadoso de San Francisco y caballero enamorado de María Inmaculada, cruzó los caminos del mundo, desde Polonia a Italia y al Japón, haciendo el bien a todos, a imitación de Cristo que pertransiit benefaciendo (cf. Act 10, 38). Jesús, María y Francisco fueron sus tres grandes amores, es decir, el secreto de su heroica caridad. «Sólo el amor crea», repetía a cuantos se le acercaban. Y ésta es la expresión que, como lámpara, ilumina toda su vida. Fue este alto ideal. este deber primordial de todo cristiano auténtico, el que le hizo superar la crueldad y la violencia de su tremenda prueba con el espléndido testimonio de su amor fraterno y del perdón concedido a los perseguidores.

El ejemplo y la ayuda del Beato Maximiliano puedan conducirnos también a nosotros al verdadero y desinteresado amor cristiano hacia todos los hermanos en un mundo en el que el odio y la venganza no cesan de desgarrar la convivencia humana.

Invocando sobre vosotros su protección y la sonrisa de la Virgen Inmaculada, os bendigo a todos y con vosotros también a vuestros familiares, allegados y amigos.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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