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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ARCIPRESTES DE ROMA


Sábado 24 de febrero de 1979

 

Queridísimos:

1. Siento viva necesidad, al concluir esta reunión fraterna, de manifestaros cordialmente mi alegría y mi satisfacción por este encuentro: alegría porque una vez más me reúno con un grupo calificado de sacerdotes de mi diócesis de Roma; satisfacción porque he podido constatar personalmente la seriedad y el compromiso pastoral que os animan a todos.

Vosotros "arciprestes", tenéis el deber delicado de hacer de lazo de unión entre el "presbiterio" y el Ordinario, en la estructura articulada de la diócesis; de asegurar y reforzar además la concordia continua y eficaz de los sacerdotes en el ámbito de los respectivos arciprestazgos, para que la pastoral de conjunto esté coordinada en orden a una eficacia cada vez más homogénea y expeditiva. La esfera de esta doble unión se amplía y se estrecha más aún en estos encuentros comunitarios de arciprestes, como el de hoy, para estudiar juntos, en una amplia panorámica, los problemas pastorales de la Iglesia en Roma, como prevé la Constitución Apostólica Vicariae potestatis in Urbe (núms. 7-8).

En esta perspectiva la función y la misión del arcipreste y del consejo de arciprestes adquieren un gran significado para la pastoral diocesana, en cuanto condicionan su necesaria y deseable unidad, así corno su método ordenado y lógico.

A vosotros en particular incumbe la responsabilidad de que la diócesis de Roma sea verdaderamente, como la primitiva comunidad de Jerusalén, «un solo corazón y un alma sola» (Act 4, 32).

Es la primera vez que me encuentro oficialmente con los arciprestes de la diócesis de Roma, y esta feliz circunstancia me recuerda numerosas reuniones con los arciprestes de mi archidiócesis de Cracovia, que presidí y en las que dialogué fraternalmente y discutí con mis sacerdotes sobre nuestras responsabilidades comunes de pastores, de guías de las almas. La estrecha colaboración que existía entre obispo y arciprestes era garantía de disponibilidad serena para la solución de los varios y complejos problemas que la vida eclesial presentaba día tras día.

3. He escuchado con atención e interés las tres relaciones acerca de la "pastoral cuaresmal" en Roma, que dentro de un planteamiento concreto intenta articulase en tres coordenadas: la catequesis; las celebraciones litúrgicas; el compromiso de caridad. Deseo de corazón que no sólo los sacerdotes de la diócesis, sino todos los fieles se sientan sensibilizados en estos tres aspectos fundamentales de la vida cristiana, en un tiempo litúrgico tan rico y prometedor, como es el de la inminente Cuaresma.

He escuchado con particular atención la valoración referente a la segunda asamblea del clero romano en este año pastoral, celebrada el pasado 15 de febrero: en ella habéis profundizado en el tema: "El clero de Roma frente a las exigencias de la diócesis", insistiendo sobre cuatro puntos: las exigencias de una auténtica comunión; las estructuras de participación y colegialidad; solidaridad y justa repartición del clero entre las parroquias; y, en fin, el problema de las vocaciones.

He quedado positivamente impresionado por el espíritu que animó a la asamblea, por el alto número de participantes y por el compromiso auténticamente sacerdotal con que habéis afrontado problemas tan delicados. Espero que maduren sus frutos espirituales concretos.

Pienso además que algunas ideas que he escuchado hoy en esta reunión me servirán ciertamente de ayuda valiosa para la preparación del discurso que tendré al clero romano en la audiencia prevista para el comienzo de la Cuaresma. A este propósito, os quedaría sinceramente agradecido si quisierais añadir, de palabra o por escrito, alguna otra sugerencia porque, como advierte el libro de los Proverbios: «El que escucha el consejo es sabio» (Prov 12, 15).

A todos vosotros mi estima y afecto. Puedan los fieles de toda la Iglesia, mirando a sus hermanos y sacerdotes de la diócesis de Roma, suscribir las palabras que San Pablo dirigía a los romanos: «Vuestra fe es celebrada en todo el mundo» (Rom 1, 8).

Con este deseo os bendigo paternalmente.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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