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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA FEDERACIÓN
INTERNACIONAL DE UNIVERSIDADES CATÓLICAS (FIUC)
Sábado
24 de febrero de 1979
Queridos hermanos e hijos:
¿Necesito expresaros la alegría que siento al volver a
encontrarme unos instantes con vosotros, miembros del consejo de la Federación
Internacional de Universidades Católicas y rectores de las Universidades
Católicas de Europa? El Anuario Pontificio de 1978 me incluía todavía entre los
miembros de la Sagrada Congregación para la Educación Católica, donde me
familiaricé con vuestros problemas. Guardo asimismo recuerdo excelente de mi
participación en la reunión de Lublín, a la que acabáis de aludir tan
amablemente. En cuanto al trabajo del profesor de universidad, me resulta fácil
calibrar su interés e importancia después de los años que he pasado enseñando yo
también en la facultad teológica de Cracovia, la más antigua de Polonia, y en la
Universidad Católica de Lublín.
1. No hay duda de que estáis bien convencidos de ello, pero quiero subrayar de
nuevo que las Universidades Católicas ocupan un puesto privilegiado en el
corazón del Papa, como lo deben tener en toda la Iglesia y en los desvelos de
sus Pastores en medio de las abundantes actividades de su ministerio. Dedicadas
al trabajo de investigación y a la enseñanza, por ello mismo tienen también un
papel de testimonio y una tarea de apostolado sin los cuales la Iglesia no
acertaría a evangelizar plenamente y de modo estable el amplio mundo de la
cultura, y ni siquiera tampoco a las generaciones que crecen cada vez más
instruidas, y que serán cada vez más exigentes para poder afrontar desde la fe
las múltiples cuestiones planteadas por las ciencias y los distintos sistemas de
pensamiento. Desde los primeros siglos, la Iglesia ha tenido experiencia de la
importancia de la pastoral del pensamiento —baste evocar a San Justino y a San
Agustín— y han sido innumerables sus iniciativas en este sector. No necesito
citar los textos del reciente Concilio, que os sabéis de memoria. Desde hace
algún tiempo, y con razón, la atención de los responsables de la Iglesia se ha
visto interpelada por las necesidades espirituales de ambientes sociales
bastante descristianizados o poco cristianizados: obreros, campesinos,
emigrantes y pobres de todas clases. Ello es muy necesario y el Evangelio nos lo
señala como deber. Pero también el mundo universitario tiene más necesidad que
nunca de la presencia de la Iglesia. Y vosotros contribuís a mantener esa
presencia dentro del marco específico vuestro.
2. Dirigiéndome hace poco a los profesores y estudiantes de México, indiqué tres
objetivos a los institutos universitarios católicos: Prestar una aportación
específica a la Iglesia y a la sociedad por medio del estudio a fondo de los
diferentes problemas, con el afán de sacar a luz el sentido pleno del hombre
regenerado en Cristo y lograr así su desarrollo integral; formar pedagógicamente
hombres que, después de realizar una síntesis personal entre fe y cultura, sean
capaces de mantener a la vez su puesto en la sociedad y dar testimonio de fe;
construir una auténtica comunidad entre profesores y estudiantes, a fin de que
por este mismo hecho dé testimonio visible de cristianismo vivo.
3. Insistiré ahora sobre algunos puntos fundamentales. La investigación a nivel
universitario supone plena lealtad y seriedad y, por ello mismo, libertad de
investigación científica. Sólo a este precio podréis rendir homenaje a la
verdad, servir a la Iglesia y a la sociedad, y merecer la estima del mundo
universitario; y ello en todas las ramas del saber.
Pero cuando se trata del hombre y del campo de las ciencias
humanas, hay que añadir lo siguiente: Si es lógico aprovechar la ayuda de las
distintas metodologías, no es suficiente elegir una ni tampoco hacer la síntesis
de varias, para poder determinar qué es el hombre en profundidad. Precisamente
porque no es un ingenuo, el cristiano no podría consentir que se le quiera
encerrar en dichos presupuestos. Sabe que debe superar la perspectiva puramente
natural; su fe le lleva a abordar la antropología desde la perspectiva de la
vocación y salvación totales del hombre; la fe es la luz bajo la que trabaja y
el eje que guía su investigación. En otras palabras, una Universidad Católica no
es sólo un campo de investigación religiosa abierto a todas las direcciones.
Supone en los profesores una antropología iluminada por la fe, coherente con la
fe y, en particular, con la creación y con la redención de Cristo. En medio de
la superabundancia actual de modos de abordar la antropología que, por otra
parte, con demasiada frecuencia terminan por empequeñecer al hombre, los
cristianos han de desempeñar una tarea peculiar dentro de la misma investigación
y de la enseñanza, precisamente porque se oponen a una visión parcial del
hombre.
En cuanto a la investigación teológica propiamente dicha, por
definición no puede existir sin que busque su fuente y su norma en la Escritura
y en la Tradición, en la experiencia y las decisiones de la Iglesia transmitidas
por el Magisterio a lo largo de los siglos. Estas breves observaciones marcan
las exigencias específicas de la responsabilidad del cuerpo docente de las
facultades católicas. Siguiendo esta dirección, deben salvaguardar las
Universidades Católicas su carácter propio. Así encuadradas, dan testimonio no
sólo ante los estudiantes, sino también ante las otras universidades, de la
seriedad con que la Iglesia aborda el mundo del pensamiento y, al mismo tiempo,
de comprensión inteligente de la fe.
4. De cara a esta misión grande y difícil, es muy de desear la colaboración
entre las Universidades Católicas del mundo entero, para provecho de las mismas
y para desarrollar convenientemente las relaciones con el mundo de la cultura.
De aquí toda la importancia de vuestra Federación. Aliento de todo corazón sus
proyectos, y especialmente el estudio del tema de la próxima asamblea sobre los
problemas éticos de la sociedad tecnológica moderna. Es un tema capital hacia el
que tengo yo también gran sensibilidad, y sobre el que espero hallar ocasión de
volver. Que el Espíritu Santo os guíe con su luz y os dé la fuerza necesaria.
Que la intercesión de María os mantenga disponibles a su acción y a la voluntad
de Dios. Sabéis que sigo estando muy cerca de vuestros afanes y preocupaciones.
De todo corazón os doy mi bendición apostólica.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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