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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO


Miércoles 3 de enero de 1979

 

Queridísimos:

Al igual que en semanas anteriores, también se hallan presentes en este encuentro con el Papa muchísimos jóvenes pertenecientes a asociaciones católicas o grupos que colaboran con sus párrocos. Veo presentes asimismo a muchas religiosas venidas a Roma para participar en la asamblea de la Federación Italiana de Religiosas Educadoras. Y toman parte, además, buen número de peregrinaciones, entre las que merece especial mención la de la diócesis de Molfetta, presidida por su obispo. A todos doy mi cordial bienvenida, mi afectuoso saludo y expreso vivo agradecimiento por su visita.

El apacible tiempo litúrgico iniciado con la Noche Santa, nos ofrece la posibilidad de reflexionar sobre algunos aspectos del misterio del Verbo Encarnado; y hoy queremos centrar nuestra atención en la Familia de Nazaret, cuya fiesta hemos celebrado recientemente.

Familia santa la de Jesús, María y José, sobre todo por la santidad de Aquel para quien ésta fue constituida en familia humana, porque en ella vemos presentes elementos propios de muchas otras familias.

Es pobre realmente esta Familia, según nos es presentada por el Evangelio, ya sea en el momento del nacimiento del Hijo de Dios, o en el tiempo del destierro en Egipto a que fue forzada, o también en Nazaret donde vivía modestamente del trabajo de sus manos.

En Jesús, María y José es admirable el ejemplo de solidaridad humana y de comunión con todas las demás familias, así como también de inserción en el contexto humano más amplio que es la sociedad. Según ese modelo divino se deben plasmar todas las otras familias humanas, y vivir con Aquella para resolver los problemas nada fáciles de la vida conyugal y familiar. Dichos problemas hondos y agudos necesitan afrontarse con acción solidaria y responsable,

Como en Nazaret, Dios se hace presente también en todas las familias y se integra en el acontecer humano. Pues la familia, que es la unión del hombre y la mujer, está encaminada por su propia naturaleza a la procreación de nuevos hombres que van acompañados a lo largo de la existencia en el crecimiento físico y, sobre todo, en el crecimiento moral y espiritual, a través de una obra educativa diligente. Por consiguiente, la familia es el lugar privilegiado y el santuario donde se desarrolla toda la aventura grande e intima de cada persona humana irrepetible. Incumben a la familia, por tanto, deberes fundamentales, cuyo cumplimiento no puede dejar de enriquecer abundantemente a los responsables principales de la misma familia, haciendo de ellos los cooperadores más directos de Dios en la formación de nuevos hombres.

Esta es la razón de por qué la familia es insustituible y, como tal, ha de ser defendida con todo vigor. Es necesario hacer lo imposible para que la familia no sea suplantada. Lo requiere no sólo el bien "privado" de cada persona, sino también el bien común de toda sociedad, nación y estado. La familia ocupa el centro mismo del bien común en sus varias dimensiones, precisamente porque en ella es concebido y nace el hombre. Es necesario hacer todo lo posible para que desde su momen­to inicial, desde su concepción, este ser humano sea querido, esperado, vivido como valor particular único e irrepetible. Debe sentirse importante, útil, amado y valorado, incluso si está inválido o es minusválido; es más, por esto precisamente más amado aún.

Esta es la enseñanza que brota del misterio de la Encarnación.

Una consideración última quiero presentar a vuestra reflexión, partiendo de la dolorosa dificultad —sumamente angustiosa para una madre— en que se llega a encontrar María por no poder ofrecer un cobijo al Hijo que le va a nacer. El acontecimiento grande y misterioso de la maternidad puede suscitar en muchas mujeres motivos de sufrimiento, duda y tentación. El "sí" generoso, el que la mujer debe pronunciar ante la vida que aflora en su seno —un "sí" acompañado muchas veces del temor a mil dificultades—, comporta siempre un acto interior de seguridad en Dios y confianza en el hombre nuevo que debe nacer. Con sentido fraterno de caridad y solidaridad, jamás debemos dejar sola a una mujer, sobre todo si vacila y duda, que se prepara a dar a luz a un nuevo hombre, que será un nuevo hermano para cada uno de nosotros. Debemos tratar de prestarle toda la ayuda necesaria en su situación, sostenerla y darle ánimos y esperanza.

A todos expreso mi deseo más ferviente de todo bien al comenzar este año nuevo, a la vez que de corazón invoco sobre todos la protección del Señor e imparto la bendición apostólica.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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