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DISCURSO DEL PAPA
JUAN PABLO II
EN EL HOSPITAL DEL NIÑO JESÚS DE ROMA
Domingo 7 de enero de 1979
Hermanos y hermanas:
Ahora, al terminar esta visita pastoral a este hospital del
Niño Jesús, permitidme que dirija una palabra sencilla y breve de saludo y
aliento a todos los que trabajáis en esta institución en pro del alivio y
curación de los pequeños enfermos.
Mi agradecimiento cordial ante todo al sr. comisario y a toda la
dirección administrativa y sanitaria, por la actividad incansable ya realizada,
y por los planes futuros que se proponen llevar a cabo, a fin de que este centro
de salud responda cada vez mejor a las exigencias sanitarias modernas. Saludo también a todos los médicos, a los ayudantes, a las religiosas y a las
celadoras de los niños, en quienes me gusta ver un reflejo de la figura
taumatúrgica de Cristo, que dedicó tan gran parte de su ministerio a curar
enfermos y aliviar afligidos.
Y a vosotros, queridos niños enfermos de este hospital, ¿qué os
diré? Os diré que he subido aquí al Janículo ex profeso por vosotros, para
veros, para deciros personalmente todo el afecto que siento por vosotros, y
para aportar consuelo a los sufrimientos que padecéis a causa de la enfermedad,
y también por estar separados de vuestros padres y vuestra casa. En la oración
os auguro que podáis restablecer la salud pronto y encontrar de nuevo el gozo
de vivir entre vuestros seres queridos.
Un saludo particularmente afectuoso deseo dirigir también y
sobre todo, a vosotros, padres y familiares de los pequeños hospitalizados, que
soportáis el drama de la enfermedad de vuestras criaturas y os preguntáis con
ojos suplicantes el porqué del dolor inocente. Sabed que no estáis solos ni
abandonados. ¡No sufrís en vano! Vuestro padecimiento os asemeja a Cristo, el
único que puede dar sentido y valor a todos los actos de nuestra vida.
Y en fin, a todos los presentes que de una manera u otra
frecuentan este hospital y se aplican a las obras de misericordia y de ayuda
espiritual y social, recordaré la promesa que hizo el Señor Jesús a quienes lo
buscan en los enfermos: «He estado enfermo y me habéis visitado... Cuantas
veces hicisteis esto a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis»
(cf. Mt 25, 34-40).
Al manifestaros de corazón mi cariño por el servicio que
prestáis a los pequeños enfermos, os exhorto a proseguir vuestra misión con fe
cristiana, que hace descubrir en el enfermo la imagen misma de Dios; y a la vez,
en nombre del Niño Jesús, a quien está dedicado este hospital, y de la Virgen
María, invocada por vosotros como Salus infirmorum, imparto a todos mi
bendición apostólica especial, que hago extensiva a vuestros familiares que han
quedado en casa.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana
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