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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO


Miércoles 24 de enero de 1979

 

 

Queridísimos:

Como todos los miércoles, el encuentro de esta mañana, tan jubiloso y cordial me proporciona mucha alegría y consuelo. Ver esta inmensa basílica colmada de muchachos y jóvenes. tan llenos de vitalidad y de entusiasmo, es un espectáculo que hace exclamar al Papa: «¡Eh aquí le verdadera, la auténtica juventud de la sociedad contemporánea; la juventud que está alegre y serena porque tiene un gran amigo y hermano: Cristo Jesús, Hombre y Dios!».

1. Querría saludaros uno por uno; pero, abrazándoos a todos con la mirada y el corazón, dirijo un pensamiento especial a los grupos más numerosos; a la peregrinación de religiosas, profesores y alumnos, con sus familiares, del instituto romano Santa Úrsula; a la peregrinación de profesores y alumnos de las escuelas medias y superiores de Casalpalocco; a la de la escuela media estatal romana Giulio Salvadori, y a la de los institutos napolitanos Bianch y Denza de los padres barnabitas.

2. Aunque e! tiempo de Navidad ya ha pasado, quiero presentar brevemente a vuestra consideración la actitud de Magos que, cuando, guiados por la estrello misteriosa, encontraron a María con Jesús Niño, «postrándose lo adoraron», y después «abrieron sus cofres y le ofrecieron los dones de oro, incienso y mirra». También el hombre moderno —el joven moderno— se encuentra con Dios, cuando se abre ante El con el don interior de su "yo" humano, para aceptar y corresponder a los dones inmensos que El le ha hecho antes: el don de la existencia. el de la redención y el de la fe.

Y el Niño que aceptó los dones de los Magos, es siempre Aquel ante quien los hombres y los pueblos enteros "abren son cofres", esto es, sus tesoros. Los dones del espíritu humano adquieren un valor especial en este acto de apertura ante Dios Encarnado; llegan a ser los tesoros de las diversas culturas, riqueza espiritual de los pueblos y de las naciones, patrimonio común de la humanidad. El centro de este intercambio es El: el mismo que aceptó los dones de los Magos. El mismo, que es el Don visible y encarnado, suscita la apertura de las almas y el intercambio de dones, de los que vive no sólo cada uno de los hombres, sino también los pueblos, las naciones, la humanidad entera.

3. Estas reflexiones, queridos jóvenes, están ligadas con cuanto voy a deciros ahora. El encuentro de hoy tiene un significado particular para mí y para vosotros: mañana emprenderé, con la gracia de Dios, un viaje a México, para participar en la reunión de la Conferencia Episcopal Latinoamericana. en Puebla. Conoceré al gran pueblo mexicano que tiene una historia antigua y gloriosa, y que en los últimos tiempos ha hecho grandes progresos. Pero, también en medio del progreso político, técnico y civil, el alma mexicana ha mostrado y muestra claramente que quiere ser y permanecer cristiana, demostrando no sólo buenos sentimientos religiosos, sino también fortaleza y firmeza de una fe no indiferente, sino heroica, por cierto, como recordarán muchos.

Al ir a esa nación. pisaré en las huellas de tantos peregrinos que, desde toda América, se encaminan al santuario de la Madre de Dios de Guadalupe. Y en aquel lugar sagrado oraré por la humanidad entera, por la Iglesia, por vosotros, jóvenes, para que seáis siempre buenos, puros, alegres y para que os preparéis con interés y entrega a las tareas que debéis afrontar, como adultos, dentro de poco.

Y vosotros también orad por el Papa durante esta semana, para que, en estos días, sea mensajero de Cristo, esto es, de fe. amor y paz.

Os bendigo paternalmente.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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