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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
AL SR. JOHN VIVIAN SCOTT
EMBAJADOR DE NUEVA ZELANDA ANTE LA SANTA SEDE*
Sábado 14 de julio de 1979
Señor Embajador:
Os recibo con gran placer en esta ocasión de la presentación de vuestras Cartas
Credenciales. Os agradezco los sentimientos de bondad que acabáis de manifestar
en nombre del Gobierno y el pueblo de Nueva Zelanda. En cuanto a mí, la
ceremonia de hoy me evoca recuerdos de mis impresiones personales de vuestro
país: la belleza que contemplé. la hospitalidad de que disfruté, las esperanzas
que me invadieron entre vosotros.
Vuestra Excelencia acaba de enunciar acertadamente un principio de gran
importancia: los esfuerzos hechos por mejorar la calidad de la vida refluyen en
la paz. A este respecto habéis hablado de la ayuda y asistencia prestadas por
Nueva Zelanda a los países en vías de desarrollo. En cuanto a la Santa Sede,
ésta no puede menos de alentar todas las empresas generosas y justas que
favorecen la dignidad humana y el amor fraterno. La obra humanitaria de las
naciones del mundo que trabajan en cooperación internacional es, sin duda
alguna, un medio eficiente de procurar una paz estable. Y con la ayuda de Dios,
la Santa Sede continuará favoreciendo esta causa y sosteniendo a cuantos la
hacen suya.
En el centro del esfuerzo por la paz y el progreso en cada país y en el mundo
entero, está la persona humana, cada ser humano. Muchas situaciones de
diferentes lugares apremian con urgencia a redoblar los esfuerzos de todas las
personas de buena voluntad en el campo concreto de los derechos humanos. En este
último cuarto de siglo del milenio, a toda la humanidad asedia la obligación
apremiante de proclamar y salvaguardar todos los derechos humanos y
respetarlos en su aplicación concreta a cada hombre y cada mujer.
Al proclamar estas prioridades, advierto complacido vuestra alusión al empeño de
Nueva Zelanda en dicho campo. Con espíritu de colaboración fraterno en las áreas
vitales de la vida humana. deseo que vuestra misión resulte afortunada y llena de éxito. Invoco las bendiciones confortadoras de Dios sobre usted, señor
Embajador, y sobre las autoridades y todo el pueblo de vuestro país.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.38 p.10.
Copyright 1979 © Libreria
Editrice Vaticana
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