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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASOCIACIÓN DE MUJERES JEFES DE EMPRESAS MUNDIALES


Viernes 1 de junio de 1979

 

Señoras, Señores:

Os agradezco de verdad los propósitos y sentimientos nobles que acabáis de manifestar. He sido sensible a vuestro deseo de visitarme en ocasión de vuestro XXVII Congreso Internacional. Correspondo a ese deseo con sumo gusto, a pesar de que me dispongo, como ya sabéis, a hacer un viaje a mi patria, un viaje pastoral que encomiendo a vuestras oraciones.

Vuestro Congreso incluye también en el programa un buen número de visitas y viajes, culturales éstos, por toda Italia. No dudo de que ello será ocasión de encuentros interesantes, fructuosos y alentadores para vosotras, mujeres que lleváis las pesadas responsabilidades de jefes de empresa en vuestros países respectivos.

Hasta fecha bastante reciente, era un hecho que los hombres tenían casi el monopolio de tales responsabilidades en los campos industrial, económico y social. Deseáis y con razón, que las mujeres participen más en aquellas. Es una manera de poner en acción vuestras capacidades reales, y comprendo que experimentéis satisfacción en ello y os sintáis así realizadas personalmente. Es un modo asimismo de contribuir con vuestra aportación específica al servicio de la sociedad. En efecto, de este modo tomáis parte muy activa en un mundo centrado en el trabajo y la producción, y que requiere una organización rigurosa: es una gran oportunidad de aportar el beneficio de vuestras cualidades femeninas, que unidas, claro está, a la alta cualificación profesional necesaria, puedan asegurar una acertada complementariedad a los afanes de los hombres. He dicho "complementariedad", pues tenéis el buen criterio de querer trabajar en colaboración y armonía con vuestros compañeros los hombres "en la misma dirección".

Mis deseos a este respecto serán sencillos: sed lo que sois; sed competentes en la gerencia de vuestras empresas y, al mismo tiempo, muy humanas para propulsar entre los dirigentes y todos los empleados relaciones justas y condiciones de vida lo más humanas posibles. Vuestra sensibilidad hacia las relaciones interpersonales os ayudará a ello.

Es normal también que queráis estar representadas ante los poderes públicos, organizaciones privadas nacionales e internacionales, y ahora de Europa, para hacer oír vuestros problemas y puntos de vista. Sí, contribuid con vuestra aportación a crear el clima de paz, comprensión y fraternidad de que nuestra sociedad tiene tanta necesidad.

A vosotras personalmente os deseo gran valentía, pues como puntualiza el artículo 3 de la Asociación Italiana A.I.D.D.A., tenéis necesidad de comprensión y aliento a fin de responder bien a vuestra doble función de mujer —madre de familia con frecuencia— y de dirigente de empresa. Hago votos para que llenéis lo mejor posible vuestras responsabilidades profesionales en estos tiempos difíciles para la economía y el mantenimiento del empleo. Y hago votos igualmente para vuestros hogares y vuestros hijos, que tienen necesidad de vuestra presencia, de vuestro amor y de vuestra solicitud educadora. Pues ninguna madre puede olvidar esta misión primordial que le permite no sólo llegar a realizarse, sino también preparar para la sociedad jóvenes cuyo equilibrio afectivo, intelectual y espiritual haya madurado en un hogar unido, feliz y abierto.

Celebramos ayer en la Iglesia católica la Visitación de María. Contemplábamos a María, futura Madre del Salvador, llena de vitalidad, gozo, orgullo, y también de humildad y esperanza, a causa del amor de Dios que llevó en torno a ella la iniciativa del don. Le pediré por cada una de vosotras, especialmente ante la imagen, tan venerada en mi país, de Jasna Góra. Y, sobre todas vosotras, sobre vuestros seres queridos, sobre los que os acompañan aquí, pido las bendiciones del Señor y, especialmente en este tiempo de Pentecostés, los dones del Espíritu Santo.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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