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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES CIVILES*

Palacio Belvedere, Varsovia
Sábado 2 de junio de 1979

 

Distinguidos Señores,
Distinguido Señor Primer Secretario:

1. "Una Polonia próspera y serena interesa mucho para la tranquilidad y la buena colaboración entre los pueblos de Europa". Me permito comenzar con estas palabras del inolvidable Pablo VI en la contestación a su discurso, Señor Primer Secretario, durante el encuentro en el Vaticano el 1 de diciembre de 1977 (cf. L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de diciembre de 1977, pág. 2). Estoy convencido de que estas palabras constituyen el mejor lema para mi contestación a su discurso de hoy, que todos hemos escuchado con la más profunda atención. Sin embargo, en esta respuesta mía, deseo ante todo agradecer las palabras tan benévolas dirigidas tanto a la Sede Apostólica como a mí; añado además un agradecimiento a las autoridades estatales de la República Popular Polaca por su actitud tan gentil respecto a la invitación del Episcopado polaco, que expresa la voluntad de la sociedad católica en nuestra patria, y que, por su parte, me han abierto también las puertas de la tierra natal. Reitero estos agradecimientos y a la vez los hago extensivos, teniendo presente todo aquello a lo que me he hecho deudor, a los diversos órganos de las autoridades centrales y locales, atendida su colaboración para preparar y realizar esta visita.

2. Pasando por las calles de Varsovia, tan querida para el corazón de cada uno de los polacos, no podía resistir la emoción, pensando en el grande, pero también doloroso recorrido histórico que esta ciudad ha realizado para servicio y, al mismo tiempo, para la historia de nuestra nación. Particulares eslabones de este recorrido son el palacio del Belvedere y, sobre todo, el castillo real que está en reconstrucción. El es particularmente elocuente. En él hablan los siglos de la historia de la patria, desde cuando la capital del Estado fue trasladada de Cracovia a Varsovia. Siglos especialmente difíciles y particularmente responsables. Deseo manifestar mi alegría, mejor, quiero dar las gracias por todo esto y por lo que el castillo representa, el cual —como casi toda Varsovia—fue reducido a ruinas durante la insurrección, y ahora se reconstruye rápidamente como un símbolo del Estado y de la soberanía de la patria.

Nosotros polacos sentimos de modo particularmente profundo el hecho de que la razón de ser del Estado es la soberanía de la sociedad, de la nación, de la patria. Lo hemos aprendido a lo largo de todo el arco de nuestra historia y especialmente a través de las duras pruebas históricas de los últimos siglos. No podemos olvidar jamás esa terrible lección histórica que fue la pérdida de la independencia de Polonia desde fines del siglo XVIII hasta principies del siglo actual. Esta dolorosa y, en su esencia, negativa experiencia se ha convertido como en una nueva fragua del patriotismo polaco. La palabra "patria" tiene para nosotros un significado tal, conceptual y a la vez afectivo, que las otras naciones de Europa y del mundo no parecen conocerlo, especialmente las que no han experimentado —como nuestra nación— daños históricos, injusticias y amenazas. Y por esto la última guerra mundial y la ocupación, que vivió Polonia, fueron para nuestra generación una sacudida tan grande. Hace 35 años terminó esta guerra en todos sus frentes. En este momento comenzó un nuevo período en la historia de nuestra patria. Pero no podemos olvidar todo lo que ha influido en las experiencias de la guerra y de la ocupación, no podemos olvidar el sacrificio de la vida de tantos hombres y mujeres de Polonia. No podemos olvidar tampoco el heroísmo del soldado polaco que combatió en todos los frentes del mundo "por nuestra libertad y por la vuestra".

Tenemos respeto y estamos agradecidos por todas las ayudas que entonces recibimos de los otros, mientras pensamos con amargura en las desilusiones que no nos faltaron.

3. En los telegramas y en los escritos que los más altos representantes de las autoridades estatales polacas se han dignado enviarme, tanto con motivo de la inauguración del pontificado, como de la actual invitación, volvía de nuevo el pensamiento de la paz, de la convivencia, del acercamiento entre las naciones del mundo contemporáneo. Ciertamente, el deseo expresado en este pensamiento tiene un profundo sentido ético. Detrás de él está también la historia de la ciencia polaca comenzando por Pawla Wlodkowic. La paz y el acercamiento entre los pueblos sólo se pueden construir sobre el principio del respeto a los derechos objetivos de la nación, como: el derecho a la existencia, a la libertad, a ser sujeto socio-político y además a la formación de la propia cultura y civilización.

Me permito repetir una vez más las palabras de Pablo VI, que, en el inolvidable encuentro del 1 de diciembre de 1977, se expresó en estos términos: "...No nos cansaremos de seguir ocupándonos siempre, lo mejor que nos permitan nuestras posibilidades, de que se prevengan y resuelvan con equidad los conflictos entre las naciones, y de que se aseguren y mejoren las bases indispensables para la convivencia pacífica entre países y continentes; entre estas bases hay que considerar, y no entre las últimas, un orden económico mundial más justo, el cese en la carrera de armamentos cada vez más amenazantes también en el sector nuclear, como premisa para un desarme gradual y equilibrado; el desarrollo de mejores relaciones económicas, culturales y humanas entre los pueblos, individuos y grupos asociados" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de diciembre de 1977, pág. 2).

Con estas palabras se expresa la doctrina social de la Iglesia, que siempre apoya el progreso auténtico y el desarrollo pacífico de la humanidad; por esto —mientras todas las formas del colonialismo político, económico o cultural están en contradicción con las exigencias del orden internacional—, es necesario apreciar todas las alianzas y los pactos que se basan sobre el respeto recíproco y sobre el reconocimiento del bien de cada nación y de cada Estado en el sistema de las relaciones recíprocas. Es importante que las naciones y los Estados, uniéndose entre sí con el fin de una colaboración voluntaria y conforme a la finalidad, encuentren al mismo tiempo en esta colaboración el aumento del propio bienestar y de la propia prosperidad. Precisamente este sistema de relaciones internacionales y estas resoluciones entre cada uno de los Estados es el que desea la Sede Apostólica en el nombre de las premisas fundamentales de la justicia y de la paz en el mundo contemporáneo.

4. La Iglesia desea servir a los hombres también en la dimensión temporal de su vida y existencia. Dado que esta dimensión se realiza a través de la pertenencia del hombre a las diversas comunidades —nacionales y estatales y, por lo tanto, a la vez sociales, políticas, económicas y culturales—, la Iglesia descubre constantemente la propia misión en relación a estos sectores de la vida y de la acción del hombre. Lo confirman la doctrina del Concilio Vaticano II y de los últimos Pontífices.

Estableciendo un contacto religioso con el hombre, la Iglesia lo consolida en sus naturales vínculos sociales. La historia de Polonia ha confirmado de modo eminente que la Iglesia en nuestra patria ha procurado siempre, por diversos caminos, educar hijos e hijas válidos para la nación, buenos ciudadanos y trabajadores útiles y creativos en los distintos campos de la vida social, profesional, cultural. Y esto deriva de la misión fundamental de la Iglesia que en todas partes y siempre desea hacer al hombre mejor, más consciente de su dignidad, más dedicado en su vida a los compromisos familiares, sociales, profesionales, patrióticos.

A hacer al hombre más confiado, más valiente, consciente de sus derechos y de sus deberes, socialmente responsable, creativo y útil.

La Iglesia no desea privilegios por esta actividad suya, sino sólo y exclusivamente lo que es indispensable para el cumplimiento de su misión. Y en esta dirección está orientada la actividad del Episcopado, guiado desde hace ya más de 30 años por un hombre de insólita altura, como es el cardenal Stefan Wyszynski, primado de Polonia. Si la Sede Apostólica busca en este campo un acuerdo con las autoridades estatales, es consciente de que, más allá de los motivos referentes a la creación de las condiciones para una actividad integral de la Iglesia, tal acuerdo corresponde a las razones históricas de la nación, cuyos hijos e hijas, en grandísima mayoría, son los hijos e hijas de la Iglesia católica. A la luz de estas indudables premisas, vemos este acuerdo como uno de los elementos de orden ético e internacional en Europa y en el mundo contemporáneo, orden que proviene del respeto a los derechos de la nación y a los derechos del hombre. Me permito, pues, expresar la opinión de que no se puede desistir de los esfuerzos y de la búsqueda en esta dirección.

5. Me permito expresar también la alegría por todo bien, de que participan mis compatriotas, que viven en la patria, de cualquier naturaleza que sea este bien y de cualquier inspiración que provenga. El pensamiento que crea el verdadero bien debe llevar consigo un signo de verdad.

Deseo augurar a Polonia este bien, con más éxito cada vez en la mayor abundancia y en cada sector de la vida. Permitidme, distinguidos señores, que yo siga considerando como mío este bien, y que vuelva a sentir mi participación en él tan profundamente como si habitase todavía en esta tierra y fuese aún ciudadano de este Estado.

Y con la misma, o quizá aún con crecida intensidad a causa de la lejanía, continuaré sintiendo de nuevo en mi corazón todo lo que podría amenazar a Polonia y le podría dañar, traer perjuicio, lo que podría significar un estancamiento o una crisis.

Permitidme que yo continúe sintiendo, pensando, deseando así, y que rece por esto.

Os habla un hijo de la misma patria.

Especialmente cercano a mi corazón está todo aquello en que se manifiesta la solicitud por el bien y por la consolidación de la familia, por la salud moral de la joven generación.

Distinguidos Señores,
Distinguido Señor Primer Secretario:

Deseo manifestar de nuevo como conclusión un cordial agradecimiento a usted y expresar mi estima por todos sus afanes, que tienen como finalidad el bien común de los compatriotas y la adecuada importancia de Polonia en la vida internacional. Añado la expresión de consideración hacia todos vosotros, distinguidos representantes de las autoridades, y a cada uno en particular según el cargo que ejercéis y según la dignidad de que estáis revestidos, como también .según la parte importante de responsabilidad que grava sobre cada uno de vosotros ante la historia y ante vuestra conciencia.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.23 p.4.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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