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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS
ENFERMOS

Czestochowa
Lunes 4 de junio de 1979

 

No podían faltar, durante esta mi peregrinación en Polonia, unas palabras dirigidas a los enfermos, que están tan cerca de mi corazón. Sé, queridos míos, que frecuentemente, en las cartas dirigidas a mí, afirmáis que ofrecéis por mis intenciones esa gran cruz de la enfermedad y del sufrimiento, que la ofrecéis por mi misión papal. Que el Señor os lo pague.

Durante el Angelus Domini, cada vez que lo repito —mañana, mediodía y al atardecer— siento, queridísimos connacionales, vuestra particular cercanía. Me uno espiritualmente con todos. Y en modo especial renuevo esta unión espiritual que me une a todo hombre que sufre, a todos los enfermos, a todos cuantos yacen en el lecho de un hospital, a todos los inválidos obligados a utilizar una silla de ruedas, a todos los hombres que, en cualquier modo, han encontrado su cruz.

Queridísimos hermanos y hermanas: Cada contacto con vosotros, sea cual fuere el lugar donde se ha verificado en el pasado o se verifique hoy, ha sido una fuente de profunda conmoción del espíritu. Siempre he sentido la insuficiencia de las palabras que habría podido deciros para expresar con ellas mi compasión humana. Y esta misma impresión tengo hoy. Y la tengo siempre. Sin embargo, permanece esta única dimensión, esta única realidad en la que el sufrimiento humano se transforma esencialmente.

Esta dimensión, esta realidad es la cruz de Cristo. Sobre la cruz, el Hijo de Dios consumó la redención del mundo. Y a través de este misterio, cada cruz colocada sobre las espaldas del hombre, adquiere una dignidad humanamente inconcebible, se hace signo de salvación para el que la lleva y también para los demás. "Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo" (Col 1, 24), ha escrito San Pablo.

Por eso, uniéndome con todos vosotros, que sufrís en toda la tierra polaca —en las casas, en los hospitales, en las clínicas, en los ambulatorios, en los sanatorios... en cualquier sitio que sea—, os ruego: utilizad para vuestra salvación la cruz que forma parte de cada uno de vosotros. Pido para vosotros la gracia de la luz y de la fuerza espiritual en el sufrimiento, para que no perdáis el valor, sino que descubráis individualmente el sentido del sufrimiento y podáis, con la oración y el sacrificio, aliviar a los demás. No os olvidéis tampoco de mí y de toda la Iglesia, de toda la causa del Evangelio y de la paz, que sirvo por voluntad de Cristo. Sed vosotros, débiles y humanamente inhábiles, manantial de fuerza para vuestro hermano y Padre que está junto a vosotros con la plegaria y el corazón.

"He aquí a la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Esta frase, que Maria pronuncia por medio de tantos labios humanos, sea para vosotros luz en vuestro camino.

¡Que Dios os premie, queridos hermanos y hermanas! Y premie también a quienes cuidan de vosotros. Mediante cualquier manifestación de estas solicitudes, el Verbo se hace carne (cf. Jn 1, 14). Cristo dijo, en efecto: "Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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