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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL "ROTARY INTERNATIONAL"


Jueves 14 de junio de 1979

 

Queridos amigos:

Siguiendo el ejemplo de mi predecesor Pablo VI, con sumo gusto doy la bienvenida a los miembros del Rotary International. Es un placer para mí tener oportunidad de proseguir a nivel internacional la conversación que Pablo VI inició con vosotros hace años en Milán y continuó más tarde en Roma. También yo estoy deseando reflexionar con vosotros sobre vuestros objetivos tan importantes y sobre vuestras valiosas actividades.

Vuestra presencia aquí indica gran capacidad para el bien. Venís de muy diferentes naciones y ambientes. Traéis una vasta experiencia en el campo económico, industrial, profesional, cultural y científico. En la solidaridad de vuestra asociación encontráis ayuda mutua, estímulo recíproco y participación en el mismo empeño de trabajar por el bien común. A quien os observa con interés profundo y atención inteligente, le parece como si estuvierais ofreciendo sincera y generosamente vuestros talentos, recursos y energías para ponerlos al servicio del hombre. Y en la medida en que persigáis este ideal sublime de llegar a las gentes de todos los sitios, estoy cierto de que continuaréis encontrando satisfacción y realización humana. Claro está que del mismo acto de dar, de ayudar a los otros a que se valgan por sí mismos, sacaréis enriquecimiento para vuestra propia vida. Mostrándoos cada vez más comprometidos en la causa del hombre, iréis apreciando más la dignidad y grandeza insuperables del hombre, y también su fragilidad y vulnerabilidad reales. En los esfuerzos y afanes por el bien del hombre, podéis contar con la comprensión y estima de la Iglesia católica.

La Iglesia es un aliado seguro de todos los que promueven el bien del hombre, irrevocablemente comprometida como está en tal causa por virtud de su naturaleza y mandato. En mi Encíclica hice hincapié sobre la relación entre la misión de la Iglesia y el hombre, cuando afirmé: "El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social —en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación o pueblo... en el ámbito de toda la humanidad—, este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión: es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo..." (Redemptor hominis, 14). Por razón de esta solicitud de la Iglesia hacia el hombre en su realidad concreta, permitidme que añada una palabra de especial aliento por vuestro programa actual que centra el interés en estos tres términos: "Salud, hambre, humanidad". Ellos denotan que son vuestro medio específico de contribuir al progreso espiritual y material de la sociedad con la defensa de la dignidad humana, llevando a la práctica principios de conducta íntegra y dando ejemplo de amor fraterno. Que este programa así concebido llegue a ser aportación duradera al hombre, de parte del Rotary International.

Las tres palabras en sí abren ya campos extensos que dicen mucho del ingenio de vuestro espíritu de servicio. Cuando el mundo moderno está llegando a conseguir una medicina más y más cualificada, al mismo tiempo gran número de personas se encuentran privadas, por desgracia, de los cuidados médicos elementales. A pesar de tantos esfuerzos y logros magníficos, el campo de la medicina preventiva sigue siendo en gran parte un reto al que no se ha respondido. La dignidad del hombre requiere cuidado atento y de verdad competente en el sector de la salud mental, amplio campo donde nos encontramos de nuevo con la fragilidad y vulnerabilidad humanas, y donde tanto se necesita empeño honrado y constante en favor de la grandeza y dignidad del hombre.

El hambre, tan extendida, continúa siendo hoy una de las pruebas sorprendentes de que no ha terminado la búsqueda de progreso y de señorío sobre la creación. Millones de niños están clamando al mundo pidiendo alimentos. Y al mismo tiempo millones de personas se ven forzadas a padecer en el cuerpo y la mente las consecuencias de la falta de alimentación apropiada cuando eran jóvenes. Ante el testimonio de la historia exhiben las cicatrices permanentes de una condición física o mental deficiente o seriamente dañada. Para quienes quieren de verdad ver, el hambre es muy real. Y al mismo tiempo, el hambre tiene muchas facetas. El hombre está hambriento de pan y, a la vez, es consciente de que no puede vivir de "solo pan" (cf. Dt 8, 3; Mt 4, 4). El hombre tiene hambre de conocer al Creador, al Dador de todo bien; tiene hambre de amor y de verdad. El ser humano tiene hambre de ser comprendido; tiene ansia de libertad y justicia y de paz auténtica y duradera.

Queridos Rotarios: ¿No es éste un campo en el que halláis muchas oportunidades de dedicaros a vuestros semejantes? Y todos los demás retos que encontráis al procurar el progreso humano —sea en el sector del desarrollo o de la liberación— se pueden agrupar bajo la tercera palabra: Humanidad, mejoramiento de la humanidad. Trabajar en favor de la humanidad, estar al servicio de los hombres y mujeres de todas partes, es una meta espléndida sobre todo cuando está motivada por el amor.

En este momento, a nadie sorprenderá que haga referencia especial en estas reflexiones a los Rotarios que están vinculados a mí por la fe cristiana. Precisamente cuando Pablo VI hablaba del progreso del hombre y desarrollo de los pueblos, proclamó el convencimiento, que es también mío y de los cristianos de todas partes, de que "mediante su inserción en Cristo vivificante, el hombre entra en una nueva dimensión, en un humanismo trascendente que le confiere su mayor plenitud: ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal" (Populorum progressio, 16). Y justamente de esta "nueva dimensión" y de este "humanismo trascendente" quiero dar testimonio hoy, ofreciéndolos como complemento de todo lo que estáis haciendo en vuestro programa de servicio noble y valioso. Considerando así al hombre como "el camino primero y fundamental de la Iglesia" (Redemptor hominis, 14), no puedo dejar de proclamar asimismo que "Jesucristo es el camino principal de la Iglesia" (ib., 13).

Finalmente quiero rogaros que transmitáis a todos los miembros del Rotary International, a todos vuestros compañeros del mundo entero, la manifestación de mi estima por los esfuerzos que hacéis en favor de la humanidad. Que vuestro servicio generoso sea honra de vuestros países respectivos y se refleje en el gozo de vuestra vida diaria. Envío un saludo especial a vuestros hijos y a los ancianos de vuestros hogares, y mis oraciones incluyen todas las intenciones qué lleváis en el corazón. Que Dios ayude al Rotary International en la noble causa de conseguir estar al servicio de la humanidad, de la humanidad necesitada.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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