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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA ASOCIACIÓN DE RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
DEDICADOS A LOS INSTITUTOS SOCIO-SANITARIOS


Lunes 18 de junio de 1979

 

¡Queridísimos hermanos y hermanas!

Al agradeceros la cortesía que os ha movido a solicitar este encuentro, deseo expresar ante todo el vivo gozo que llena mi ánimo al ver junto a mí una tan calificada representación de las familias religiosas que actúan en el campo socio-sanitario. Al veros, mi pensamiento se dirige instintivamente hacia el gran número de almas generosas, que comparten vuestro mismo ideal de consagración a Cristo y de servicio a los hermanos y que, como vosotros, gastan sus energías en las salas de los hospitales o sanatorios, entre las personas internadas en centros de rehabilitación o entre los ancianos residentes en institutos dedicados a ellos.

Y he aquí que, como evocada por vuestra misma presencia, una multitud de otros rostros aparece ante los ojos del alma: es el mundo de los que sufren, sea cualquiera su edad y condición social, cada uno con su propia historia, quizá con su propia amargura, ciertamente con una expectación que a veces se hace imploración angustiosa.

Vuestro servicio surge precisamente de la viva percepción de las necesidades, expectativas y desilusiones, que agitan esta porción de la humanidad, de la que con demasiada frecuencia tiende a desentenderse el mundo de los sanos. Vuestra sensibilidad está inspirada y estimulada sobre todo por la palabra de Cristo: "Estaba enfermo y me visitasteis" (Mt 25, 56). Os habéis dejado personalmente arrastrar y habéis decidido consagrar vuestra vida a las esperanzas de tantos hermanos. Lo habéis decidido de forma plena y total, renunciando a todo lo que habría podido representar un obstáculo a la plenitud de la entrega, precisamente a esa vuestra consagración a Cristo en la vida religiosa para una disponibilidad sin reservas, amorosa y operante, hacia las necesidades del prójimo.

Deseo testimoniaros mi admiración. Con vuestro ejemplo, continuáis una tradición nobilísima que, partiendo de la institución de los primeros diáconos (cf. Act 6, 1), caracteriza toda la historia de la Iglesia. Me complace sobre todo citar las "hospederías" de los años mil, frecuentadas por peregrinos y cruzados, así como los hospitales del siglo XVI, ricos de arte y de historia; pero se puede decir que, desde los orígenes hasta los más modernos conjuntos sanitarios, ha sido toda una floración de iniciativas asistenciales, que se inspiran y alimentan en los valores evangélicos. Es significativo, a este respecto, el hecho de que la constitución de las mismas estructuras asistenciales, desde el pasado más remoto, fuese siempre igual: la catedral y, junto a ella, el hospital, como para testimoniar con hechos la fe en la doble presencia de Cristo: la real, bajo las especies eucarísticas, y la mística, entre los hermanos necesitados y enfermos.

Es necesario reavivar la toma de conciencia de estas tradiciones gloriosas y de la seguridad en la fe que las inspiró, para confirmar en nosotros mismos la fidelidad al compromiso de dedicación al prójimo necesitado y la motivación superior, precisamente de fe, que ilumina y orienta su cumplimiento. En otras palabras: lo que justifica también hoy, en una sociedad avanzada y que tiende a ser autosuficiente, vuestro peculiar ideal, es el hecho de ofrecer al necesitado, junto a una prestación generosa, incansable, no siempre reconocida ni siquiera en sus derechos, indiscutible a nivel sanitaria y humanitario, también un testimonio vivo del amor y de la solicitud de Cristo hacia los que sufren.

La asistencia, en efecto, no puede reducirse al elemento estrictamente técnico-profesional, sino que debe dirigirse a todo el ser humano y por tanto también a su aspecto espiritual. Ahora bien, el espíritu humano, por su naturaleza, está abierto a la dimensión religiosa, la cual, por añadidura, se hace en general más viva y se advierte más en el momento de la enfermedad y del sufrimiento. El enfermo, por tanto, si es cristiano, deseará la presencia, junto a sí, de personas consagradas, las cuales, junto con toda su prestación técnica adecuada, sepan ir más allá de esta dimensión que pudiéramos llamar humana y ofrecerles, con paciente y atenta delicadeza, la perspectiva de una esperanza más amplia: la que nos enseña la cruz, en que fue enclavado el Hijo de Dios por la redención del mundo. Dentro de esa perspectiva, "toda cruz —como tuve ocasión de decir recientemente a un grupo de enfermos durante mi peregrinación a Polonia—, toda cruz colocada sobre las; espaldas del hombre adquiere una dignidad humanamente inconcebible, haciéndose signo de salvación para quien In lleva y también para los demás".

Esa es la razón profunda que motiva vuestra presencia en el amplio campo de la asistencia sanitaria: llevar a los enfermos, con la palabra y el ejemplo, un testimonio limpio y coherente que les haga revivir ante sus ojos algún rasgo de la figura amable del Salvador, "el cual pasó haciendo el bien y curando a todos" (Act 10, 38). ¿No es quizá éste también el mandamiento que resonó en los labios de Jesús, cuando mandó a sus discípulos "a predicar el reino de Dios y hacer curaciones"? (Lc 9, 2; cf. 10, 9). La Iglesia, comprometiéndose a la asistencia de los enfermas no hace más que obedecer la voluntad de servicio y de amor de su Señor y Maestro.

Continuad, pues, hijos e hijas queridísimos, con ímpetu renovado vuestra acción benéfica en servicio del hombre. Vuestra diaria dedicación sea testimonio de una realidad que trasciende vuestra vida: inclínese Cristo mismo con vosotros sobre el sufrimiento humano para suavizar su tormento con el bálsamo de la esperanza que sólo El puede dar. Sed conscientes de esta misión y vivid coherentemente sus consecuencias. Precisamente, para ayudaros en este vuestro empeño, quisiera proponeros algunas sugerencias.

1. La primera se refiere a la elección del campo de acción. El Estado ha hecho en estos años progresos importantes en el cumplimiento de su deber sanitario y asistencial. No obstante lo cual, sigue habiendo sectores en los que la asistencia pública presenta todavía, en cierto modo, y a veces casi inevitablemente, lagunas e insuficiencias. Hacia esa dirección deberá orientarse con preferencia prioritaria vuestro interés.

Es obvio que, para llevar a cabo decisiones ponderadas en este sentido, será necesario someter las iniciativas maduradas dentro de cada instituto, a una "verificación", mediante una abierta constatación de la realidad: con una valoración comunitaria de la situación objetiva, se podrá llegar a decisiones que respondan mejor a las efectivas exigencias del contexto social concreto.

2. La segunda sugerencia se refiere al diálogo religioso que se establece entre vosotros y los enfermos: éste deberá intentar proponer, con respeto para todos, y en particular con delicadeza para quien no tiene todavía el don de la fe, juntamente con el testimonio de vuestra vida personal, el misterio pascual en su integridad. Existe, en efecto, una cierta "ascética de la aceptación" que enlaza más con la noción de "resignación" cercana al fatalismo, que con la paciencia cristiana (la hypomone de San Pablo). En el misterio pascual, que hace comprender la pasión y muerte de Cristo a In luz de la resurrección, se esclarece la vocación del cristiano frente a la enfermedad y a la muerte: la aceptación del sufrimiento se une a la voluntad y al empeño de hacer lo posible por vencerlo y por reducirlo o superarlo cuando se trata del prójimo. En el sufrimiento y en la muerte, efectivamente, se manifiesta la misteriosa herencia del pecado, sobre el cual Cristo ya triunfó definitivamente.

Por tanto, nada de renuncia ante la enfermedad, sino resistencia activa; el cristiano actúa para liberarse de la enfermedad y la muerte, en la que, gracias a la fuerza que recibe por la fe en el misterio pascual, se ve sostenido por la certeza de que, al final, triunfará la vida.

3. Una última sugerencia quiero todavía confiaros: se refiere al estilo de vuestra presencia junto a los enfermos. Es una presencia que tiene rasgos comunes con los de todas las personas que se dedican profesionalmente a la asistencia de enfermos: la preparación científica y técnica, la generosidad del servicio, la atención constante a la persona que tiene necesidad de cuidados. Pero presenta también, por la motivación evangélica que la inspira, un rasgo particular, que consiste en ver en el enfermo, por el sufrimiento que lleva en el cuerpo y en el espíritu, la persona misma de Cristo; y, por tanto, puede requerir también el sacrificio, la renuncia a derechos profesionalmente fundados y a exigencias humanamente explicables.

¿No es éste quizá el más importante testimonio que estáis llamados a dar en el ámbito de vuestro trabajo? Es, decir: el testimonio de que el enfermo no puede dejar de constituir una prioridad permanente, dentro de todas las atenciones y actividades sanitarias. Y quisiera añadir —con gran admiración y afecto, porque sé lo que muchísimos de vosotros dais por encima de las mismas 'energías físicas— que esa prioridad puede llevar consigo, en algunos casos, también sacrificios en el plan organizativo y financiero de las mismas instituciones. especialmente en favor de los más pobres.

Como veis, no es la vuestra realmente una tarea fácil. Requiere el ejercicio de una caridad que se inspira diariamente en el ejemplo de Cristo, "el cual no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 20, 28). Pero es en esta inspiración genuinamente evangélica donde radica la nobleza de vuestra misión y la justificación de vuestra presencia en el mundo de los enfermos. El ejercicio de la caridad hacia los hermanos es natural expresión de la fe; y la Iglesia justamente lo afirma como una dimensión no marginal, ni secundaria, de la misma libertad religiosa. ¡Recordadlo!

Y en los momentos de cansancio, elevad vuestra mirada a María, la Virgen que, olvidándose de Sí misma, emprendió viaje "de prisa" hacia la montaña, para visitar a su anciana prima Isabel, necesitada de ayuda y asistencia (cf. Lc 1, 39 y ss.). Sea Ella la inspiradora de vuestra cotidiana dedicación al deber; que os sugiera Ella las palabras adecuadas y los gestos oportunos en la cabecera de los enfermos; os consuele en las incomprensiones y fracasos, ayudándoos a conservar siempre en vuestro rostro la sonrisa y en el corazón la esperanza.

Con estos deseos, mientras confirmo mi estima y mi afecto por vuestra Asociación y por los institutos que representa, abrazo a todos con una paternal bendición, que de buen grado extiendo también a los queridos enfermos de vuestros centros y al personal médico y paramédico, que en ellos presta con diligencia su meritoria obra.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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