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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UNA DELEGACIÓN DE LA IGLESIA COPTO-ORTODOXA
DE ALEJANDRÍA


Sábado 23 de junio de 1979

 

Mis queridos hermanos en Cristo:

Os acojo con alegría, visitantes distinguidos y dignos delegados de mi hermano, Su Santidad el Patriarca de Alejandría, el Papa Shenouda III. Le estoy agradecido por haberos enviado y por las afectuosas palabras de saludo y amor fraterno que me ha dirigido a través de vosotros. Son fuente de esperanza y aliento.

¡Qué maravillosos son los caminos del Señor! Nos concede profesar hoy nuestra fe común en Jesucristo, su Divino Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que murió y resucitó y a través del Espíritu Santo vive en su Iglesia y guía la Iglesia, cuerpo del que El es la Cabeza. Nos gozamos juntos de que las dudas y sospechas del pasado se hayan vencido, de manera que de todo corazón podemos proclamar juntos de nuevo otra vez esta verdad fundamental de nuestra fe cristiana.

Desde los primerísimos días de mi elección a Obispo de Roma he considerado como una de mis tareas principales la de luchar por alcanzar la unidad de los que llevamos el santo nombre de cristianos. El escándalo de la división debe ser superado absolutamente, para que todos podamos hacer realidad en la vida de nuestras Iglesias y en el servicio al mundo, la oración del Señor de la Iglesia "que sean uno". He insistido ya en ello en muchas ocasiones. Os lo repito ahora, pues va implicada en ello la comunión entre dos Iglesias apostólicas tales como las nuestras.

Sé que uno de los temas fundamentales del movimiento ecuménico es la naturaleza de la comunión plena recíproca que estamos procurando, y la función que ha de desempeñar, por designio de Dios, el Obispo de Roma en el servicio a dicha comunión de fe y vida espiritual, que se nutre de los sacramentos y se expresa en la caridad fraterna. Se han hecho bastantes progresos en la profundización y esclarecimiento de esta cuestión. Mucho queda por hacer. Considero vuestra visita a mí y a la Sede de Roma, una contribución relevante a la solución definitiva de esta cuestión.

La Iglesia católica fundamenta su diálogo de verdad y caridad con la Iglesia Ortodoxa Copta en los principios proclamados por el Concilio Vaticano II, especialmente los contenidos en la Constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium y en el Decreto sobre ecumenismo, Unitatis redintegratio. Me complazco en hacer mías las afirmaciones de la Declaración conjunta firmada por mi venerado predecesor el Papa Pablo VI con el Papa Shenouda III en 1973, y el aliento que ha seguido prestando la Santa Sede a este diálogo a partir de aquella fecha.

En este diálogo es fundamental reconocer que la riqueza de esta unidad en la fe y la vida espiritual ha de expresarse de modos distintos. Unidad —tanto a nivel universal como local— no significa uniformidad o absorción de un grupo por otro. Está más bien al servicio de todos los grupos para ayudar a cada uno a vivir mejor los propios dones recibidos del Espíritu de Dios. Ello es estímulo para seguir adelante con confianza y seguridad bajo la guía del Espíritu Santo. Sea cual fuere la amargura heredada del pasado, las dudas que pueda haber hoy y las tensiones que puedan existir, el Señor Jesús nos llama a todos a avanzar con confianza mutua y amor mutuo. Si la verdadera unidad debe lograrse, ha de ser fruto de la cooperación de pastores a nivel local, y de la colaboración en todos los niveles de la vida de nuestras Iglesias, a fin de que nuestro pueblo crezca en la mutua comprensión, en la verdad y en el amor a cada uno. No intentando ninguno dominarse mutuamente, sino servirse recíprocamente, todos creceremos hacia esa perfección de unidad por la que Nuestro Señor oró la noche en que iba a ser entregado (Jn 17), y por la que el Apóstol Pablo nos exhorta a trabajar con diligencia (Ef 4, 11-13).

Gracias de nuevo por haber venido. Mis pensamientos y oraciones van a mi hermano el Papa Shenouda III, a los obispos, clero y fieles de vuestras Iglesias, mientras junto con mis hermanos los obispos y fieles de la Iglesia católica de Egipto, oráis y trabajáis por la plena comunión eclesial que será el don de Dios a todos nosotros.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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