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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR BRUNO BOTTAI,
EMBAJADOR DE ITALIA ANTE LA SANTA SEDE*


Lunes 25 de junio de 1979

 

Señor Embajador:

Le estoy verdaderamente agradecido por las deferentes expresiones de saludo que ha querido dirigirme, con palabras tan nobles y sugeridas por una profunda convicción, en el momento de dar comienzo, con la presentación de las Cartas Credenciales, a su misión de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Italiana ante la Santa Sede.

Tales expresiones, aun dentro de la brevedad impuesta por las circunstancias, impulsan mi espíritu a detenerse, aunque sólo sea unos momentos fugaces de pensativa pausa, en la evocativa consideración de aquellos misteriosos encuentros históricos y de aquellas coincidencias providenciales, que han llevado, en el transcurso de la era cristiana, a construir y tejer vínculos profundos entre la nación italiana y esta Sede Apostólica. Italia se ha encontrado beneficiada, de modo privilegiado, por una fuente de civilización y elevación de la dignidad del hombre, como lo es, en la mente de su divino Fundador, la Iglesia católica, que aquí en Roma tiene el fundamento visible de su unidad, en la persona del Vicario de Cristo.

Desde que San Pedro llegó a las orillas del Tíber, cuyas aguas rebosan de historia, y puso en esta ciudad, ya entonces maestra incomparable de civil convivencia, su Cátedra de Pastor de la urbe y del orbe, puede muy bien decirse que comenzó a irradiar desde este país hacia el mundo entero una profunda revolución espiritual, iniciada en Palestina.

¿Cómo no subrayar, con vigor y con grata satisfacción, las causas y las circunstancias que —como usted ha puesto de relieve con delicado acento— han contribuido a edificar, aun en los límites consentidos a una acción ejercida por hombres, esos valores espirituales, morales y civiles, que hacen respetado, honrado y amado al pueblo italiano en el concierto de las naciones? No se trata, ciertamente, de infravalorar los múltiples factores humanos, que tienen una incidencia peculiar, sino de resaltar que también ellos, en el espíritu del hombre, abierto por su naturaleza a exigencias y a metas trascendentales, son deudores de la fe cristiana, la cual, a veces de modo implícito, con pedagogía siempre discreta, se dirige toda ella, además de a elevar el hombre al orden sobrenatural, a extraer, desde lo profundo del mismo hombre, las más altas y valiosas potencialidades.

Cabeza humilde de la Iglesia universal, elegido además, por inescrutable designio, de la estirpe eslava, tras una serie, ininterrumpida durante varios siglos, de Papas italianos, al acoger al nuevo Embajador de una nación que ha sido objeto de tan particulares designios, movido por una oleada de recuerdos, emociones y pensamientos solemnes y graves, mientras rindo homenaje a las virtudes de los italianos, no puedo dejar de detenerme a considerar los dones que el Altísimo ha derramado con profunda liberalidad sobre este país.

A causa de la generosa profusión de sus tesoros de cultura, arte y laboriosidad, aun entre los sufrimientos que han acompañado su historia y la fatiga que ha costado construir su unidad, Italia es una gran patria, es un país que ha entrado en el corazón de los hombres. Pero sobre todo por causa de su historia cristiana, el país que usted se apresta a representar ofrece una nobleza de tradiciones, una riqueza de valores espirituales que le confieren especiales deberes y responsabilidades. El cristianismo está presente en su desarrollo cultural, ha animado su sensibilidad social, ha contribuido también, desde tiempos lejanos, a la formación de un sentimiento nacional, que ha enlazado entre sí las diversas poblaciones de la península. Me complace recordar en este momento las grandes figuras religiosas de Italia, como San Benito, San Francisco, Santa Catalina, Don Bosco y Don Orión que, además de haber sido testigos intrépidos del Evangelio, han trabajado al mismo tiempo por llevar a sus contemporáneos hacia metas de paz, bienestar y prosperidad.

Sí es cierto, como usted, señor Embajador, ha querido recordar, que el país atraviesa hoy momentos de dificultad, sin embargo la renovada conciencia de un patrimonio espiritual tan rico no podrá dejar de ofrecer a sus conciudadanos la fuerza, el valor y la creatividad para encontrar, aun con el sacrificio y la renuncia, el camino de un progreso digno y duradero. Se trata ciertamente de ser conscientes de los propios recursos interiores y de apelar a las más profundas idealidades del espíritu.

En este esfuerzo constante por aumentar el patrimonio auténticamente humano de la nación, el Estado italiano encontrará en la Iglesia católica un apoyo leal, una fuerza animadora que, en una visual religiosa más adecuada a las presentes necesidades, como se ha delineado a raíz del Concilio Ecuménico Vaticano II, se preocupa también de alimentar en los hijos de todos los pueblos los motivos profundos que justifiquen los sacrificios necesarios para preparar un mañana más próspero.

La voluntad y capacidad de afrontar tales sacrificios presuponen una sólida convicción moral para cuya formación la Iglesia no dejará de dedicarse con todo empeño, desde el momento que ello responde plenamente a su misión de recuperación, de liberación y de salvación de las conciencias. Frente al fenómeno de la violencia ciega y del terrorismo destructor, que todavía turban la sociedad italiana y difunden entre sus miembros alarmas angustiosas y temores paralizantes, la Iglesia católica, además de apartar los ánimos de la alucinante tentación de una respuesta también provocadora y opresiva, se preocupa de fomentar en los corazones, especialmente de los jóvenes, la apertura hacia grandes ideales de libertad, de justicia, de solidaridad fraterna, de amor, de desinteresado servicio al bien común.

Son éstas las virtudes que constituyen y garantizan la grandeza, la paz interna y el progreso social de un país; las virtudes que hoy, en el marco de una época invadida por sistemas agnósticos y materialistas, las conciencias sensibles e iluminadas buscan con ansia más intensa.

Los obispos de Italia, y el Papa en primer lugar, puesto que, por especial motivo, es deudor a Italia de su servicio pastoral, no dejarán de hacer todo lo posible para alentar, hacia la construcción de una sociedad más pacífica y justa, a las nuevas generaciones, que constituyen para mí objeto de especial atención y amor, manifestados desde el comienza de mi ministerio universal. La Iglesia, en efecto, como he tenido ocasión de subrayar repetidamente, se pone, por su naturaleza, al servicio del hombre, de su promoción, de su desarrollo, de sus derechos, de su progreso, según la antropología liberadora del mensaje evangélico, que pone en el centro de su más viva preocupación la liberación del hombre de cualquier forma de cautividad y opresión. Dios quiere un hombre libre, consciente de su propia dignidad espiritual y responsable del bien de todos.

La común solicitud del Estado y de la Iglesia por el bien del hombre y del ciudadano postula una armonía de relaciones y un espíritu de respetuosa amistad, que hasta ahora en Italia han sido salvaguardadas por el Concordato de Letrán. Es mi más vivo deseo, y estoy seguro de ello, que lo sigan siendo en el futuro, en virtud de ese mismo instrumento, en el cual —como usted ha recordado— una vez concluidos los correspondientes estudios y consultas bilaterales, serán introducidas aquellas modificaciones que parezcan convenientes dadas las diversas condiciones de los tiempos, valoradas con abierto espíritu a la luz del reciente Concilio Ecuménico y la transformación del cuadro constitucional de Italia.

Deseoso de manifestar mi afecto hacia Italia, que comencé a amar con profunda predilección ya desde los años de mis estudios juveniles y, en particular, durante el período de mi permanencia en Roma para completar mi formación teológica, anhelando además realizar con todo interés mi servicio pastoral de cara a un país tan cercano y de cuya cordial y jubilosa devoción me siento diariamente rodeado, invoco al Señor para que ilumine y conceda copiosos dones y gracias, a fin de que la vida política y privada de sus ciudadanos se alimente y dignifique con un profundo sentido de religiosidad, con el ejercicio de sólidas virtudes cristianas y humanas, y se alegre con un sereno bienestar.

A este deseo añado mis votos personales por el dignísimo Presidente de la República italiana, al cual dirijo en este momento el testimonio deferente de mi consideración por el prestigio y autoridad con que representa y gobierna la nación. Y mientras expreso a usted, señor Embajador, el deseo de una fructuosa misión y la más cordial bienvenida, envío de corazón a todo el pueblo italiano y a sus autoridades mi bendición apostólica.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.29 p.11.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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