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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS NUEVOS CARDENALES


Sábado 30 de junio de 1979

 

1. Nos ha hablado la Palabra de Dios con la fuerza adecuada al momento que vivimos. Puesto que, mientras estos nuestros venerados y queridos hermanos en el Episcopado, cuyos nombres son ya conocidos en la Iglesia y en el mundo, se disponen a recibir el signo de la dignidad cardenalicia, es necesario que el significado de esta dignidad sea para ellos y para nosotros claro y límpido a la luz de las palabras de Dios mismo. Por ello, escuchando con gratitud estas palabras, tornadas de la primera Carta de San Pedro y del Evangelio de San Mateo, meditemos un instante lo que el Señor quiere manifestarnos con ellas en este momento importante e insólito.

2. Ante todo, con las palabras del Apóstol, el Señor manifiesta la solicitud pastoral por la Iglesia, es decir, por el rebaño. ¡Palabras maravillosas! En ellas se revela el alma entera de aquel que "como testigo de la pasión de Cristo", se convirtió en el primer Pastor del rebaño. En su solicitud pastoral por la Iglesia, él tiene continuamente ante los ojos a Cristo, que se ha manifestado como Buen Pastor dando la propia vida por las ovejas y que, como Supremo Pastor, se revelará en aquella "gloria del Padre" (Jn 17, 24) a la que nos conduce a todos nosotros. Fijando la mirada en El, en Cristo, el Apóstol, "anciano", Obispo de Roma, Pedro, comparte a su vez su solicitud pastoral con los otros, enseñándoles y al mismo tiempo indicando cómo deben comportarse, junto con él, como "ancianos y superiores". Fijémonos en su ejemplo personal, en su dedicación desinteresada, en su celo creador. Ser pastor del rebaño quiere decir vigilar para que el lobo no entre en el rebaño. Ser Pastor de las almas, quiere decir vigilar para que éstas no sean engañadas ni desorientadas, perdiendo el contacto vital con la fuente del amor mismo y de la verdad. Ser Pastor de las almas quiere decir, finalmente, fiarse. Fiarse sobre todo de Aquel que, con su propia sangre, adquirió un derecho divino sobre estas almas inmortales.

Aceptad hoy este mensaje del primer Obispo de Roma, vosotros, venerables y queridos hermanos, que de manera particular debéis convertiros en participantes de la solicitud pastoral de su indigno Sucesor. Cuanto más profundamente bebemos en las mismas fuentes evangélicas de esta solicitud, tanto más ella resultará eficaz y dichosa. El "tiempo" actual (kairós) de la Iglesia y del mundo exige que bebamos con particular diligencia en esas fuentes.

3. La Palabra de Dios que acabamos de escuchar, contiene una llamada a la valentía y a la fortaleza. A ellas nos invita Cristo de manera bien significativa. Hemos escuchado que El repite varias veces: "No tengáis miedo"; "no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla" (Mt 10, 28); "no temáis a los hombres" (cf. Mt 10, 26). Y contemporáneamente, junto a estas llamadas decididas a la valentía, a la fortaleza, resuena la exhortación: "Temed"; "temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna" (Mt 10, 28). Estas dos llamadas, aparentemente opuestas, están recíprocamente tan unidas entre sí, que la una deriva de la otra y la condiciona. Somos llamados a la fortaleza y, a la vez, al temor. Somos llamados a la fortaleza ante los hombres y, a la vez, al temor ante Dios, y éste debe ser el temor del amor, el temor filial. Y solamente cuando este temor penetra en nuestros corazones podemos ser realmente fuertes con la fortaleza de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores. Fuertes con la fortaleza de los Pastores. La llamada a la fortaleza va unida, de modo muy especial, a la tradición del cardenalato, el cual; incluso con el color de las vestiduras, recuerda la sangre de los mártires.

4. Cristo nos pide sobre todo la fortaleza de confesar ante los hombres su verdad, su causa, sin mirar si ellos son benévolos o no ante esta causa, si abren a esa verdad los oídos y los corazones, o si "los cierran" para no escuchar. No podemos desanimarnos ante ningún programa que cierre los oídos y la inteligencia Debemos dar testimonio y anunciar el Evangelio en la más profunda obediencia al Espíritu de Verdad. El encontrará los caminos para llegar a lo profundo de las conciencias y de los corazones.

Nosotros, en cambio, debemos confesar la fe y dar testimonio con tal fuerza y capacidad que no caiga sobre nosotros la responsabilidad de que nuestra generación haya renegado de Cristo ante los hombres. Debemos también ser prudentes "como serpientes y sencillos como palomas" (Mt 10, 16).

Debemos, finalmente, ser humildes. con esa humildad de la verdad interior que permite al hombre vivir y actuar con magnanimidad, ya que `"Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes da la gracia" (Sant 4, 6). Esa magnanimidad, hecha de humildad y adquirida con la ayuda de la gracia de Dios, es una señal particular de nuestro servicio a la Iglesia.

5. Venerables y queridos hermanos: He aquí un programa. El programa rico y exigente que la Iglesia une a vuestra gran dignidad.

Aceptad este programa con la misma gran confianza con la que lo han aceptado vuestros predecesores en las mismas sedes episcopales, en los mismos puestos de la Curia Romana. Aceptadlo.

Tened presentes los grandes y magníficos ejemplos que ellos nos han dejado.

Que os acompañen en este camino la amadísima Madre de la Iglesia y los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, cuya solemnidad celebramos ayer. Sea siempre glorificado Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Deseo renovaros públicamente, venerados y queridos hermanos en el Episcopado elevados a la dignidad cardenalicia, mi estima afectuosa y mi sincero aprecio por el testimonio que habéis dado a la Iglesia y al mundo con vuestra vida sacerdotal y episcopal, entregada completamente a Dios y gastada por las almas en los diversos ministerios que os han sido encomendados por la divina Providencia a lo largo de vuestra vida.

Vaya asimismo mi cordial y deferente saludo a las Delegaciones de los diversos países, a las representaciones de las numerosas diócesis, a la Delegación enviada a Roma por el querido hermano, el Patriarca Dimitrios I, y a todos aquellos que han venido para acompañar gozosamente a los nuevos miembros del Sacro Colegio.

Junto a mis hermanos en el Episcopado que pasan a ser hoy miembros del Sacro Colegio y a los que acabo de reiterar mi estima, afecto y confianza, exhortándoles a ser valientes, fuertes, humildes y magnánimos a un tiempo, saludo cordialmente a las delegaciones de sus países y diócesis, y os saludo a todos, queridos hermanos y hermanas. que os sentís felices al rodear con vuestra simpatía y oración a los nuevos cardenales de la Santa Iglesia Romana. Sirva de estímulo para todos este acontecimiento.

Con gran amor en Nuestro Señor Jesucristo dedico una palabra de bienvenida a las personas y delegaciones de habla inglesa que han venido a Roma para este Consistorio. Estamos experimentando todos juntos hoy la fuerza y el gozo de encontrarnos unidos en Cristo y en su Iglesia una, santa, católica y apostólica.

Llegue mi saludo cordial y afectuoso a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles de lengua española que han querido venir a Roma para acompañar a los nuevos cardenales en estas ceremonias y asociarse así al gozo de tecla la Iglesia. A todos mis mejores deseos de paz y prosperidad y mi bendición.

Un saludo semejante envío a mis compatriotas que han venido a tomar parte en la elevación al honor cardenalicio del arzobispo metropolitano de Cracovia y del Secretario del Sínodo de los Obispos. El gozo de este día se une al amor a la Iglesia. Madre nuestra,

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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