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PALABRAS DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
AL FINAL DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES
Sábado 10 de marzo de 1979
Queridos hermanos:
En este momento queremos expresar juntos. sobre todo, nuestra gratitud a Cristo
Señor que, durante los días pasados, nos ha reunido en este lugar, en la
capilla vaticana de Santa Matilde, en la que el Papa y sus más inmediatos
colaboradores han participado en los ejercicios espirituales de Cuaresma. Estos
ejercicios constituyen un tiempo particular de gracia de Dios para nosotros.
Constituyen el don cuaresmal que nos ha preparado Nuestro Señor y Maestro. Los
ejercicios nos son indispensables, y nuestras almas los esperaban con gran
deseo. Entre los muchos trabajos, entre las importantes tareas a que nos
dedicamos, cada uno de nosotros aprecia de modo especial los días que nos
permiten mirar exclusivamente a los problemas más esenciales y aplicar, en
cierto sentido, la medida más profunda que es Cristo mismo a todas las otras vicisitudes de que se compone nuestra vida cotidiana.
Nuestro padre predicador de los ejercicios ha buscado antes que nada centrar la
atención de todos en Cristo. Por esto le estamos cordialmente agradecidos, y yo
ahora expreso esta gratitud en nombre de todos los participantes. El padre
director se ha planteado junto con nosotros las cuestiones fundamentales,
podríamos decir, las cuestiones eternas; las ha propuesto de manera antigua,
sin embargo siempre viva y nueva. En efecto, estas preguntas nunca pierden su
actualidad. no decaen jamás, y nosotros las escuchamos siempre como problemas
nuevos y originales. ¿Por qué Dios hombre? ¿Por qué Dios pan? ¿Cómo predicar a
Cristo? El padre predicador de estos ejercicios ha trazado los grandes temas de
nuestra fe. de nuestra vida, de nuestro ministerio. ilustrándolos con las
propias experiencias pastorales y refiriéndose a los aspectos característicos
de nuestro tiempo. Ha dejado espacio a la reflexión de cada uno. Y ha sido
sincero con su especial auditorio. Ha seguido la gran corriente del pensamiento
y de la vida de la Iglesia contemporánea, permaneciendo siempre en este
contexto concreto, que era nuestro "cenáculo" de los ejercicios espirituales
con los hombres reunidos en él, es decir, nosotros.
Toda obra humana es a medida del hombre. En la obra de los ejercicios
espirituales, la cosa más importante es siempre ésta, que el hombre sea un
mensajero fiel. Cabalmente como dijo nuestro padre director la primera tarde,
refiriéndose al Ángelus: no importa el nombre de este mensajero, lo que cuenta
es el mensaje mismo.
Lo más importante es que este mensaje llegue al corazón, que se hunda en el
terreno del alma y que trabaje profundamente en este terreno en el que ha sido
echado, como se echa la semilla.
En este punto coinciden nuestros deseos y precisamente con estos deseos quiero
dar las gracias al reverendo padre. Estos deseos son al mismo tiempo para
nosotros, para los que hemos participado. Los escucha Cristo Señor por
intercesión de su Madre, a la que el reverendo padre dirigía frecuentemente
nuestra atención, refiriéndose a la figura del Beato Maximiliano Kolbe. Esta
bendición final sea prenda para todos nosotros del cumplimiento de estos deseos
que nos formulamos los unos a los otros al fin de los ejercicios espirituales.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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