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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN BASILIO
ALOCUCIÓN DEL PAPA
JUAN PABLO II A LOS JÓVENES
Domingo 11 de marzo de 1979
Queridísimos:
Constituye para mí una gran alegría este encuentro reservado a vosotros,
jóvenes, aquí en vuestro campo deportivo, donde os dais cita para jugar y para
entrenaros, y donde sobre todo podéis conoceros y estrechar entre vosotros la
fraternidad y amistad. ¡También vosotros, jóvenes de esta parroquia, que formáis
parte de la inmensa diócesis de Roma, estáis confiados a mis responsabilidades
pastorales y a mi amor de Padre y Pastor! ¡Y podéis imaginar cuánto siento esta
solicitud y este amor por vosotros, junto con el cardenal Vicario y con
vuestros sacerdotes!
Viendo que os asomáis a la vida tan llenos de esperanza y de expectativas, no
se puede menos de quedar impresionados y, al mismo tiempo, pensativos y
preocupados por vuestro porvenir. Y, ¿qué os diré que pueda aseguraros la
alegría que Jesús ha traído y que nadie os podrá quitar?
1. ¡Ante todo os digo que Jesús os ama!
¡Esta es la verdad más hermosa y más consoladora! Esta es la verdad que os
anuncia el Vicario de Cristo: ¡Jesús os ama!
Yo deseo que sean tantas las personas que os quieran bien y anhelo de corazón
que cada uno de vosotros esté contento encontrando bondad, afecto, comprensión
en todos y por parte de todos. Pero también debemos ser realistas y tener
presente la situación humana como es. Y muchas veces puede ocurrir que se lleve
en el ánimo un sentido de vacío, de melancolía, de tristeza. de insatisfacción.
Tal vez tengamos todo; pero ¡falta la alegría! Sobre todo es terrible ver a
nuestro alrededor tanto sufrimiento, tanta miseria, tanta violencia.
Pues bien, precisamente en este drama de la existencia y de la historia humana
resuena perenne el mensaje del Evangelio: ¡Jesús os ama! ¡Jesús vino a esta
tierra para revelarnos y garantizarnos el amor de Dios! Vino para amarnos y para
ser amado. ¡Dejaos amar por Cristo!
Jesús no es sólo una figura excelsa de la historia humana, un héroe, un hombre
representativo: es el Hijo de Dios, como nos recuerda el acontecimiento
llamativo de la transfiguración, del que nos habla el Evangelio de la Misa de
hoy; es el Emmanuel, Dios con nosotros, el amigo divino, ¡el único que tiene
palabras de vida eterna! Es la luz en las tinieblas; es nuestra alegría porque
sabemos que nos ama a cada uno personalmente. «¿Qué diremos, pues, a esto?
—escribía San Pablo a los romanos—. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra
nosotros? El, que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos
nosotros... Cristo Jesús, el que murió, aún más, el que resucitó, el que intercede por nosotros...» (Rom 8, 31-54).
Siempre, pero especialmente en los momentos de desaliento y de angustia,
cuando la vida y el mundo mismo parecen desplomarse, no olvidéis las palabras
de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os
aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí. que soy manso y
humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es
blando y mi carga ligera» (Mt 11, 28-.50).
;No olvidéis que Jesús ha querido permanecer presente personal y realmente en
la Eucaristía, misterio inmenso, pero realidad segura, para concretar de modo
auténtico este amor suyo individual y salvífico. ¡No olvidéis que Jesús ha
querido venir a vuestro encuentro mediante sus ministros, los sacerdotes!
2. ¡Además, deseo deciros que nos espera el Amor Eterno en el Paraíso!
¡Debemos pensar en el paraíso! ¡Jugamos la carta de nuestra vida cristiana
apostando por el paraíso! Esta certeza y esta espera no desvía de nuestros
compromisos terrenos, más aún, los purifica, los intensifica, como lo prueba
la vida de todos los Santos.
Nuestra vida es un camino hacia el paraíso, donde seremos amados y amaremos
para siempre y de modo total y perfecto. Se nace sólo para ir al paraíso.
El pensamiento del paraíso debe volveros fuertes contra las tentaciones,
comprometidos en vuestra formación religiosa y moral, vigilantes respecto al
ambiente en que debéis vivir, confiados en que, si estáis unidos a Cristo,
triunfaréis sobre toda dificultad.
Un gran poeta francés, convertido en su juventud, Paul Claudel, escribía:
«El
Hijo de Dios no vino a destruir el sufrimiento, sino a sufrir con nosotros. No
vino a destruir la cruz, sino a tenderse sobre ella. Nos ha enseñado el camino
para salir del dolor y la posibilidad de su transformación» (Positions et
propositions).
Ruego a la Virgen Santísima os acompañe con su protección. Ella que ha dado el
Salvador al mundo, os ayude a prepararos bien para la misión popular que tendrá
lugar en vuestra parroquia, el próximo mes de octubre. Que no pase en vano este
momento de gracia para cada uno de vosotros.
Con estos deseos recibid mi afectuosa bendición apostólica.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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