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DISCURSO DEL PAPA
JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES PRESENTES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO
Miércoles 14 de marzo de 1979
Queridos muchachos y muchachas, queridos jóvenes:
¡Os veo aquí tan numerosos y tan llenos de vida, que me siento realmente
admirado y conmovido! ¡Gracias por vuestra visita! ¡Gracias a cada uno de
vosotros, a vuestros padres, a vuestros maestros y educadores! ¡Saludo a todos
con particular afecto y quiero estrechar a todos en mi corazón de Padre!
Quiero recordar de modo especial a la peregrinación de los grupos eclesiales
juveniles de Acción Católica de la diócesis de Rieti, organizada por el Centro
diocesano de evangelización, con mil trescientos niños y adolescentes, y a la
peregrinación de los alumnos de Montecatini Terme, en la diócesis de Pescia,
acompañados por el obispo, mons. Giovanni Bianchi, quienes en la última Navidad
construyeron un grandioso nacimiento.
Habéis venido a Roma también para ver al Papa, para oír la palabra del Vicario
de Cristo, para recibir su bendición. Ciertamente, en vuestra vida, que deseo
larga y bella, recordaréis siempre este encuentro en la Basílica Vaticana,
porque algunos acontecimientos no se olvidan nunca, dada su importancia. Pero
yo querría que recordaseis también siempre lo que ahora deseo deciros en este
tiempo cuaresmal.
Vosotros sabéis que la Cuaresma es el tiempo litúrgico que nos prepara a la
santa Pascua y dura sólo 40 días cada año. Pero en realidad nosotros debemos
tender siempre a Dios y, esto es, convertirnos continuamente. La Cuaresma debe
dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe renovar en nosotros
la conciencia de nuestra unión con Jesús, que nos habla de la necesidad de la
conversión y nos indica los caminos para realizarla.
El primero de los caminos indicados por Jesús es el de la oración: "Es preciso
orar en todo tiempo y no desfallecer" (Lc 18, 1).
¿Por qué debemos orar?
1. Debemos orar, lo primero de todo, porque somos creyentes.
En efecto, la oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra
dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por lo tanto,
no podemos menos de abandonarnos en El, nuestro Creador y Señor, con plena y
total confianza. Algunos afirman, y tratan de demostrar que el universo es
eterno y que todo el orden que vemos en el universo, comprendido el hombre con
su inteligencia y libertad, es sólo obra del acaso. Pero los estudios
científicos y la experiencia admitida por tantas personas honestas dicen que
estas ideas, aunque afirmadas y tal vez enseñadas, no están demostradas y dejan
siempre extraviados e inquietos a quienes las sostienen, porque comprenden muy
bien que un objeto en movimiento debe tener el impulso de fuera. ¡Comprenden muy
bien que el acaso no puede producir el orden perfecto que existe en el universo
y en el hombre! Todo está maravillosamente ordenado, desde las partículas
infinitesimales que componen el átomo, hasta las galaxias que giran en el
espacio. ¡Todo señala un proyecto que comprende cada manifestación de la
naturaleza, desde la materia inerte hasta el pensamiento del hombre! ¡Donde hay
orden, hay inteligencia; y donde hay un orden supremo, está la Inteligencia
suprema que nosotros llamamos "Dios", y que Jesús nos ha revelado que es Amor y
nos ha enseñado a llamar Padre!
Así, reflexionando sobre la naturaleza del universo y sobre nuestra misma vida,
comprendemos y reconocemos que somos criaturas, limitadas y, sin embargo,
sublimes, que debemos nuestra existencia a la infinita majestad del Creador!
Por esto la oración es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de
humildad y de reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel
que nos ha dado la vida por amor.
La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de
confianza y de amor.
2. Pero nosotros somos cristianos, y por esto debemos orar como cristianos.
Efectivamente, la oración para el cristiano adquiere una característica
particular que cambia totalmente su naturaleza íntima y su valor íntimo.
El cristiano es discípulo de Jesús: es el que cree verdaderamente que Jesús es
el Verbo encarnado; el Hijo de Dios venido entre nosotros a esta tierra.
Como hombre, la vida de Jesús ha sido una oración continua, un acto continuo de
adoración y de amor al Padre, y porque la expresión máxima de la oración es el
sacrificio, la cumbre de la oración de Jesús es el sacrificio de la cruz,
anticipado con la Eucaristía en la última Cena y transmitido a todos los siglos
con la Santa Misa.
Por esto el cristiano sabe que su oración es Jesús; toda oración suya parte de
Jesús; es El quien ora en nosotros, con nosotros y por nosotros.
Todos los que creen en Dios, oran; pero el cristiano ora en Jesucristo: ¡Cristo
es nuestra oración!
La oración máxima es la Santa Misa, porque en la Santa Misa es el mismo Jesús,
realmente presente. quien renueva el sacrificio de la cruz; pero toda oración es
válida, especialmente el "Padrenuestro", que El mismo quiso enseñar a los
Apóstoles y a todos los hombres de la tierra.
Pronunciando las palabras del "Padrenuestro", Jesús creó un modelo de oración
concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe
decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de
memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, pero al
mismo tiempo una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en
meditar su sentido.
3. Finalmente, debemos orar también porque somos frágiles y culpables.
Es preciso reconocer humilde y realísticamente que somos pobres criaturas, con
ideas confusas, tentadas por el mal, frágiles y débiles, con necesidad continua
de fuerza interior y de consuelo.
— La oración da fuerza para los grandes ideales, para mantener la fe, la
caridad, la pureza, la generosidad;
— La oración da ánimo para salir de la indiferencia y de la culpa, si por
desgracia se ha cedido a la tentación y a la debilidad;
— La oración da luz para ver y juzgar los sucesos de la propia vida y de la misma
historia en la perspectiva salvífica de Dios y de la eternidad. Por esto, ¡no
dejéis de orar! ¡No pase un día sin que hayáis orado un poco! ¡La oración es un
deber, pero también es una gran alegría, porque es un diálogo con Dios por medio
de Jesucristo! ¡Cada domingo la Santa Misa y, si os es posible, alguna vez también durante la semana;
cada día las oraciones de la mañana y de la noche y en los momentos más
oportunos!
San Pablo escribía a los primeros cristianos: «Aplicaos a la oración, velad en
ella» (Col 4, 2). «Con toda suerte de oraciones y plegarias. orando en todo
tiempo» (Ef 6, 18). Invoquemos a María Santísima que os ayude a orar siempre
y a
orar bien. y encomendando también mi persona y misión a vuestras fervorosas
oraciones, os bendigo a todos con gran afecto y benevolencia.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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