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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL II CONGRESO MUNDIAL DE PASTORAL DE LA EMIGRACIÓN
Jueves 15 de marzo de 1979
Queridos hermanos,
queridos hijos e hijas, queridos amigos:
Os agradezco la invitación. Estoy enterado del tema del congreso y de varias
intervenciones en programa. ¿Acaso necesito deciros que sigo muy sensibilizado
a los problemas pastorales que estudiáis, en orden a garantizar a las
comunidades católicas de emigrados la ayuda eclesial y, en particular, el
ministerio sacerdotal de que están necesitados? Lo sabéis, he visitado con
bastante frecuencia comunidades polacas en el extranjero; hay aquí toda una
pastoral interesante y delicada que promover. Y más en general nos debemos
preguntar: ¿Qué actitud ha de adoptar la Iglesia local respecto de los
emigrantes, cualesquiera que éstos sean?
1. Porque la emigración es un fenómeno masivo de nuestro tiempo, un fenómeno
permanente que se presenta incluso con aspectos nuevos y que afecta a todos los
continentes y a casi todos los países. Plantea graves problemas humanos y
espirituales. Es una prueba, es decir, un riesgo, una oportunidad, tanto para
los emigrantes como para quienes los acogen. Sí, supone para los primeros un
riesgo muy serio de desarraigo, deshumanización y, en algunos casos, de descristianización; y para los segundos, un riesgo de cerrazón y tirantez.
Pero proporciona también ocasión de enriquecimiento humano y espiritual, de
apertura, de acogida a los extranjeros y renovación recíproca en el contacto
mutuo. Y para la Iglesia es una invitación a ser más misionera, a salir al
encuentro del hermano extranjero, a respetarlo, a testimoniar su fe y caridad
en tal contexto y a recibir la aportación positiva del otro. ¿Sabe aprovechar
la Iglesia esta oportunidad? Ya desde los primeros siglos la hospitalidad fue
característica muy marcada de las comunidades eclesiales. La Iglesia, que se
siente católica, o sea, universal, encuentra aquí una nota. fundamental de su
misión.
2. Por tanto, hay que sensibilizar sin cansarse a las Iglesias de origen y a las
de acogida hacia las necesidades de los emigrantes. ¿Se preocupan
suficientemente las Iglesias de origen de acompañar a su "diáspora", de
preparar y sostener "misioneros" de aquélla? Y las Iglesias de acogida, a veces
tan desbordadas, ¿prestan bastante atención a la presencia de los emigrantes?
¿Ponen en práctica los medios que exige esta pastoral? ¿Se interesan sobre todo
para que haya sacerdotes, religiosas y laicos que se consagren prioritariamente
a estos ambientes que con frecuencia quedan marginados?
3. Entendámonos bien. La pastoral de emigrantes no es obra sólo de estos
"misioneros" especializados; es tarea de toda la Iglesia local: sacerdotes,
religiosas y laicos; toda la Iglesia local debe tener en cuenta a los emigrantes
y situarse en actitud de acogida e intercambios recíprocos. En particular,
cuando se trata de favorecer la inserción de los extranjeros, de subvenir a sus
necesidades humanas y a su promoción social, de permitirles ejercer sus
responsabilidades temporales, los sacerdotes no tienen que ocupar el lugar de
los laicos del país de acogida, ni tampoco éstos el puesto de los emigrantes.
Pero a los "misioneros" sigue correspondiendo una función capital precisamente
en la preparación de unos y otros para su tarea, y tienen que prestar una
aportación especial en favor de la vitalidad religiosa de las comunidades de
emigrantes. Su función es ciertamente difícil y vuestro congreso mundial hace
bien en insistir sobre la formación y deberes de estos "misioneros".
4. En efecto, deben llegar hasta la sensibilidad y lenguaje de los emigrantes.
Es más fácil en el caso de que sean compatriotas suyos, pero no pueden
con-tentarse con trasplantar pura y simplemente los métodos y medios de
apostolado de su país de origen; ni menos aún hacer tabla rasa de éstos. Se
necesita continuidad y adaptación. Su corazón de Pastor debe considerar en los
emigrados las varias dimensiones de su vida compleja. Por una parte, deben
ayudarles a salvaguardar o, mejor, a robustecer sus valores religiosos,
familiares y culturales cuando éstos son fruto de generaciones cristianas,
pues se corre el riesgo de que aquéllos sean destruidos sin que nada los
sustituya realmente. Por otra parte, tampoco pueden olvidar que estos emigrados
están ya marcados por el país de acogida, donde también les corresponde
desempeñar una tarea; las relaciones que se entablan entre los adultos en los
ambientes de trabajo y, más aún quizá, en la escuela y lugares de
entretenimiento de los niños y jóvenes; y los medios de comunicación locales
que utilizan, como por ejemplo la televisión; evidentemente suscitan en ellos
nuevos interrogantes, una nueva mentalidad, con una necesidad nueva de expresión
o de participación; la pastoral debe ayudarles a hacer frente a todo ello y a
integrar armónicamente lo "nuevo" sin hacer caso omiso de lo "antiguo". El
sacerdote o, mejor, los sacerdotes llamados a trabajar en equipo con religiosas
y laicos, deben ser prudentes y abiertos a un tiempo, a la simbiosis de estas
dos culturas, a fin sobre todo de preparar a las nuevas generaciones que luego
se afirmarán en el país de acogida. Ello indica la necesidad de equilibrio de
estos "misioneros",, de equilibrio humano y espiritual; y la necesidad de que
estén preparados y se apliquen a una formación permanente. Tienen que ser antes
que nada hombres de Dios y apóstoles, a fin de colaborar a que los emigrados
vivan plenamente su fe con todas las consecuencias.
Hago punto en estas consideraciones que vuestro congreso os permitirá
profundizar con Pastores y expertos que están muy al corriente de estos temas.
Los métodos y medios tienen su importancia; pero lo que es verdaderamente
determinante, en definitiva, es el alma pastoral, el celo iluminado, la fe y
la caridad de todos cuantos tienen alguna responsabilidad en el sector de la
emigración. Deben estar en comunión con el espíritu de nuestro único Pastor,
Cristo Jesús, a quien todos tratamos de servir. Que os ilumine y dé fuerzas a los que
trabajáis en la Comisión para la Pastoral de la Migración y el Turismo o estáis
en relación con ella. Que sostenga el celo de los que, aparte del congreso,
trabajan a diario en la base al servicio directo de los emigrantes haciéndose
"todo para todos", como el Apóstol Pablo. En el nombre del Señor los bendigo y
os bendigo de todo corazón.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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