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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE DIÁCONOS DE LA ARCHIDIÓCESIS DE MILÁN
Jueves 15 de marzo de 1979
Queridísimos diáconos de la archidiócesis de Milán:
Muy gustosamente he condescendido a vuestro deseo de tener un encuentro
particular conmigo, del que se había hecho intérprete, hacía ya tiempo, vuestro
rector y obispo, mons. Bernardo Citterio, que os acompaña hoy.
Por tanto, os saludo a todos con particular afecto, descubriendo en vosotros
las levas más jóvenes que están para entrar como operarios en esa porción
elegida de la viña del Señor, que es la Iglesia ambrosiana.
Mi palabra en estas circunstancias no puede ser más que de complacencia y júbilo
por este acontecimiento auténticamente eclesial, pero también de ánimo y
exhortación para que os mostréis no sólo dignos de vuestra llamada, sino también
generosos en la correspondencia a la gracia divina.
Como bien sabéis, "diácono" significa "ministro", es decir, "servidor". Y ésta
es una cualidad fundamental y estable que os marca irrevocablemente; no
renunciaréis a ella, antes bien, la haréis más evidente, cuando dentro de pocos
meses lleguéis a ser presbíteros por la imposición de manos de vuestro
arzobispo. Sea en verdad el "ministerio" la definición de vuestra vida: como lo
fue para Jesús, que no vino «a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45), o como
para Bernabé y Pablo, a quienes el antiguo Concilio de Jerusalén definió
«hombres que han expuesto la vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Act
15, 26).
El Señor quiere repetir a cada uno de vosotros: «donde yo esté, allí estará
también mi diákonos» (Jn 12, 26). ¿Y dónde está Jesús? Hoy como entonces se
encuentra en varios frentes: en la celebración de la Eucaristía y su
consiguiente presencia sacramental, en el anuncio del Evangelio, en las
necesidades cotidianas de los pobres, en la comunidad cristiana que es su
Cuerpo, en los sucesores de sus Apóstoles. Todas estas funciones o ámbitos de la
vida de la Iglesia también deben encontraros a vosotros presentes, prontos,
totalmente disponibles y gozosos. No os ocurra jamás tener que ser reprendidos
por vuestra misma comunidad, como le sucedió al desconocido Arquipo de la
Iglesia de Colosas, al que, según el testimonio de Pablo, los fieles debieron
decir: «Atiende al ministerio que en el Señor has recibido para ver de
cumplirlo bien» (Col 4, 17). La dedicación completa a vuestro deber pastoral,
realizada con desinterés y alegría, será el testimonio mejor que podéis dar: el
que esperan de vosotros el Señor y la Iglesia: y al mismo tiempo signará el
resultado de vuestra vida.
Os acompañe siempre mi paterna bendición apostólica, que quiere ser prenda
cordial de estos deseos.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice
Vaticana
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