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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES PRESENTES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO


Miércoles 21 de marzo de 1979

 

Queridos muchachos y muchachas:

Este encuentro vuestro con el Papa parece adquirir hoy un significado particular por la circunstancia en que se desarrolla: ¡La llegada de la primavera! Tal circunstancia da a mi saludo de "bienvenida", que os dirijo a cada uno con afecto paterno, una tonalidad más viva y distinta, porque trae a la mente vuestra condición: ¡Sois la primavera de la vida, la primavera de la Iglesia, la primavera de Dios! Llegue, pues, a vosotros mí afectuoso saludo y mi felicitación, tal como me lo sugiere el Libro Sagrado: «Floreced como rosal que crece junto al arroyo. Derramad suave aroma como incienso. Y floreced como el lirio, exhalad perfume suave y entonad cánticos de alabanza. Bendecid al Señor en todas sus obras» (Sir 39, 17-19).

Para que este deseo no se quede en pura expresión verbal, sino que se transforme en realidad consoladora, tened presente que la naturaleza no da nada bello sin esfuerzo y sin trabajo. El tiempo cuaresmal nos enseña precisamente cuál debe ser la actividad generosa del cristiano para que se registre la primavera del espíritu, el reflorecer del bien, el resucitar a la vida nueva con Jesús y en Jesús. Para la consecución de tan maravilloso fin, la Iglesia, Madre sabia y amorosa, nos indica los medios adecuados, que son justamente la oración, el ayuno, la limosna. Con la oración se entra en contacto, se establece un diálogo vivo e interesante con el Señor.

El ayuno, sobre el que quiero llamar hoy brevemente vuestra atención, es el segundo elemento necesario para la primavera del espíritu. Más que el simple abstenerse de alimentos o comida material, representa una realidad compleja y profunda. El ayuno es un símbolo, un signo, una llamada seria y estimulante para aceptar y realizar renuncias. ¿Qué renuncias? Renuncia del "yo", es decir, a tantos caprichos e aspiraciones malsanas; renuncia a los defectos propios, a la pasión impetuosa, a los deseos ilícitos. Ayuno es saber decir un "no" tajante y decidido a cuanto viene sugerido o solicitado por el orgullo, el egoísmo, el vicio, escuchando a la propia conciencia, respetando el bien ajeno, manteniéndose fieles a la santa ley de Dios. Ayuno significa poner un límite a tantos deseos, a veces buenos, para tener pleno dominio de sí, para aprender a regular los propios instintos, para entrenar a la voluntad en el bien. Gestos de este género, en algún tiempo, recibían el nombre de "florecillas". ¡Cambia el nombre, pero queda la sustancia! Eran y continúan siendo actos de renuncia, realizados por amor al Señor o a la Virgen, para conseguir un fin noble. ¡Eran y son un "deporte", un entrenamiento insustituible para salir victoriosos en las competiciones del espíritu! Finalmente, ayuno significa privarse de algo para subvenir a la necesidad del hermano, convirtiéndose así en ejercicio de bondad, de caridad.

El ayuno comprendido, realizado y vivido de este modo viene a ser penitencia, esto es, conversión a Dios, en cuanto purifica el corazón de tantas escorias de mal, embellece al alma de virtudes, entrena la voluntad para el bien. dilata el corazón para recibir la abundancia de la gracia divina. ¡En esta conversión la fe se hace más fuerte, la esperanza más alegre, la caridad más activa!

Convertidos a Dios, llenos del Espíritu del Señor, tendréis una alegría verdadera, profunda y desbordante; mostraréis una sonrisa genuina y seductora; veréis vuestra juventud como un don estupendo, digno de ser vivido en plenitud y autenticidad de vida humana y cristiana.

Con estas breves consideraciones que deseo susciten eco profundo en vuestro ánimo y en vuestra conducta, recibid, como testimonio de benevolencia grande y prenda de copiosas gracias celestes, mi paterna bendición que extiendo de corazón a vuestras familias y a todas las personas que os son queridas.

* **

Esta bendición es para todos, pero más en especial para nuestros amigos enfermos; ellos son el centro de nuestra audiencia y de nuestra comunidad; todos estamos agradecidos a sus oraciones y sacrificios, a los de sus padres y maestros. Mucho confiamos en la ayuda de los enfermos. ¡Alabado sea Jesucristo!

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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