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  DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. ALHAJI OUSMAN SEMEGA-JANNEH,
EMBAJADOR DE GAMBIA ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 23 de marzo de 1979

 

Señor Embajador:

Tened la seguridad de que los buenos deseos que nos transmitís de parte del Presidente, Gobierno y pueblo de Gambia, resultan muy estimables para nosotros. Le ruego presente a Su Excelencia Sir Dawda Kairaba Jawara mi saludo cordialísimo y respetuoso. Hace menos de un año fue recibido aquí por mi predecesor Pablo VI y, por tanto, conoce personalmente la disponibilidad de la Santa Sede a prestar ayuda en las grandes cuestiones de las necesidades básicas y de la dignidad humana.

Habéis tenido la delicadeza de mencionar «los incesantes esfuerzos de la Iglesia» en la esfera de la paz y la armonía, de los derechos humanos y de las libertades fundamentales. Produce satisfacción saber, a través de vuestras afirmaciones, lo mucho que aprecia la colaboración de la Iglesia católica el pueblo de Gambia, ya desde el tiempo de los primeros misioneros. La solicitud por el bien integral del hombre caracterizan siempre la actividad de la Iglesia católica. Precisamente hace muy poco, en mi primera Encíclica, me propuse poner de relieve este hecho ante el mundo. En dicho documento afirmé: «La Iglesia considera esta solicitud por el hombre, por su humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra y, consiguientemente, también por la orientación de todo el desarrollo y del progreso, como un elemento esencial de su misión, indisolublemente unido con ella» (Redemptor hominis, 15). Al presentar este principio quise mantener fidelidad absoluta al Concilio Vaticano II y continuidad con sus enseñanzas, en las que se presenta al hombre como centro y cumbre de la creación (cf. Gaudium, et spes, 12).

Así es que Vuestra Excelencia encontrará siempre a la Iglesia profundamente interesada en el destino de su pueblo y en su progreso auténtico. La motivación de toda la actividad de la Iglesia se define públicamente en estas palabras de la Encíclica: «Encuentra el principio de esta solicitud en Jesucristo mismo» (Redemptor hominis, 15). He aquí por qué la Iglesia está irrevocablemente entregada al sublime servicio del hombre; ello explica por qué no puede cambiar de ruta en la historia.

Con segura esperanza de que vais a rendir un servicio eminente a vuestro país a través de vuestra tarea ante la Santa Sede, os prometo mis oraciones, a la vez que invoco sobre las autoridades y ciudadanos de Gambia las excelsas bendiciones del desarrollo integral y la paz duradera.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.14 p.11.

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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