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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA PEREGRINACIÓN COMUNITARIA Y OFICIAL
DE LA ARCHIDIÓCESIS DE NÁPOLES


Basílica de San Pedro
Sábado 24 de marzo de 1979

 

Queridísimos hermanos y hermanas de la archidiócesis de Nápoles:

Escuchando la voz de vuestro corazón cristiano y la invitación de vuestro venerado Pastor, el cardenal Corrado Ursi, y de vuestros sacerdotes, habéis venido a visitar al Papa en una peregrinación grandiosa que me conmueve. Bienvenidos vosotros todos, trabajadores y fieles que llenáis esta incomparable basílica.

Y bienvenidos también vosotros, estudiantes y jóvenes que, en la Sala Pablo VI, estáis escuchando ahora mi voz y con quienes tendré el placer de encontrarme dentro de poco. Mientras hablo, os siento aquí cercanos, aunque la basílica no es capaz para acogeros a todos.

¿Qué deciros, sino "gracias" por vuestra bondad? ¿Qué manifestaros, sino el elogio por vuestra fe?

¡Sí, queridos fieles de Nápoles! ¡Fe religiosa y bondad de espíritu se conjugan magníficamente en vuestras tradiciones cristianas y en vuestro estilo de vida! ¡Y yo os presento mi saludo más cordial a los aquí presentes y a todos vuestros conciudadanos: a las autoridades religiosas y civiles; a los hombres de estudio, de la técnica, del trabajo; a las madres de familia; a los ancianos; a los jóvenes y a las jóvenes que se asoman a los horizontes y a las responsabilidades de la vida; a los muchachos y a los niños que alegran a las familias con su gozosa confianza; a los enfermos y a los que sufren, y a todos los que por cualquier motivo tienen alguna pena en su alma! ¡Reciban todos el saludo del Vicario de Cristo!

Vuestra Nápoles, tan sugestiva en el espectáculo estupendo del cielo y del mar llenos de luz y de azul, es ciudad fiel, ciudad buena y también ciudad que sufre por tantos motivos, últimamente por la insidiosa y funesta enfermedad que ha arrebatado tantos niños al afecto de sus seres queridos. Y yo, como Pastor y Padre, complaciéndome en vuestra fe y uniéndome a vuestro dolor, quiero acoger en mi corazón todas vuestras alegrías y todas vuestras preocupaciones, diciendo con el Salmista: «¡Ved cuán bueno y deleitoso es convivir juntos los hermanos!» (Sal 132, 1).

En los primeros tiempos de la Iglesia, en Jerusalén, en Antioquía, en Roma, los cristianos iban a encontrarse con Pedro para oír su palabra, para conocer sus experiencias, para recibir de él ánimo y fervor espiritual. Así también vosotros habéis venido para oír de su Sucesor una palabra de amor y de vida. Y yo, inspirándome en el tiempo cuaresmal que estamos viviendo y en mi primera Carta Encíclica, os hablaré brevemente de la presencia de Cristo Redentor en nuestra vida cotidiana.

1. Jesús es ante todo el apoyo da nuestro sufrimiento.

El sufrimiento es una realidad terriblemente verdadera y tal vez incluso atroz y desgarradora. Dolores físicos, morales, espirituales afligen a la pobre humanidad de todos los tiempos. Debemos estar agradecidos a la ciencia. a la técnica, a la medicina, a las organizaciones sociales y civiles, que tratan por todos los medios de eliminar o, al menos, aliviar el sufrimiento; pero siempre queda victorioso y la derrota pesa sobre el hombre afligido e impotente. Aún más, parece casi que a un mayor progreso social corresponde un retroceso moral, con la consecuencia de otros sufrimientos, miedos, inquietudes.

El sufrimiento es también una realidad misteriosa y desconcertante.

Pues bien, nosotros, cristianos, mirando a Jesús crucificado encontramos la fuerza para aceptar este misterio. El cristiano sabe que, después del pecado original, la historia humana es siempre un riesgo; pero sabe también que Dios mismo ha querido entrar en nuestro dolor, experimentar nuestra angustia, pasar por la agonía del espíritu y el desgarramiento del cuerpo. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad.

¡En cualquier pena nuestra, moral o física, miremos al Crucificado! ¡Reine el Crucifijo bien visible y venerado en vuestras casas! ¡Sólo El nos puede confortar y sosegar! ¡Amemos al Crucifijo como quería vuestro gran teólogo y Doctor de la Iglesia, San Alfonso María de Ligorio!

2. En segundo lugar, Jesús es el fundamento de nuestra alegría.

La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo. Decía el Salmista: «¡Gustad y ved cuán bueno es el Señor!» (Sal 33, 9). Y el filósofo y científico francés Blaise Pascal, en la famosa noche de la conversión, escribió en el testamento: «¡Alegría! ¡Alegría! ¡Llanto de alegría!». ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría!

Es la alegría de la luz interior sobre el significado de la vida y de la historia:

es la alegría de la presencia de Dios en el alma, mediante la "gracia";

es la alegría del perdón de Dios. mediante sus sacerdotes. cuando por desgracia se ha ofendido a su infinito amor, v arrepentidos se retorna a sus brazos de Padre;

es la alegría de la espera de la felicidad eterna, por la que la vida se entiende como un "éxodo", una peregrinación, bien que comprometidos en las vicisitudes del mundo.

También nos dice Jesús, como a los Apóstoles: «Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido» (Jn 15, 11). «Nadie será capaz de quitaros vuestra alegría» (Jn 16, 22).

3. Finalmente, Jesús es la garantía de nuestra esperanza.

El hombre no puede vivir sin esperanza; todos los hombres esperan en alguien y en algo.

Pero, por desgracia, no faltan abundantes desilusiones y tal vez se asoma incluso el abismo de la desesperación. ¡Mas nosotros sabemos que Jesús Redentor, muerto, crucificado y resucitado gloriosamente, es nuestra esperanza! «Resucitó Cristo, mi esperanza».

Jesús nos dice que, a pesar de las dificultades de la vida, vale la pena comprometerse con voluntad tenaz y benéfica en la construcción y en el mejoramiento de la "ciudad terrena" con el ánimo siempre en tensión hacia la eterna. El cristiano se entrega generosamente a la realización concreta del bien común, vence el propio egoísmo con el sentido de la solidaridad y con el esfuerzo por la promoción de todo lo que sirve para la dignidad y la integridad de la persona humana. La Iglesia es una comunidad de "servidores", y cada cristiano debe sentirse llamado a hacer cada vez más bella, más unida, más justa la propia ciudad.

4. Dirigiéndome de modo especial a vosotros, trabajadores que habéis venido aquí tan numerosos y tan fervorosos, os digo: ¡Iluminad de caridad y esperanza cristiana vuestro trabajo! En efecto, ¿qué es el trabajo sino una colaboración con el poder y el amor de Dios, para mantener nuestra vida y hacerla más humana y más conforme con el plan de Dios?

¡Llevad, pues, vuestra serenidad y vuestra confianza cristiana al puesto de trabajo! Elevad vuestros ánimos y ofreced a Dios vuestras fatigas.

El Papa está particularmente cercano a vosotros, trabajadores, y participa en vuestras preocupaciones y vuestros problemas, os ama con afecto sincero y estimula toda iniciativa dirigida a favorecer vuestras legítimas aspiraciones.

¡A vosotros, trabajadores, Jesús ofrece su mano de amigo, de hermano, de Redentor! Sea siempre El vuestra luz, apoyo y consuelo.

Con tales deseos invocamos a María Santísima en esta solemnidad litúrgica de la Anunciación. ¡Que María Santísima, venerada en Pompeya con tanta devoción por multitudes inmensas, sea vuestra Madre y vuestra Reina, y haga de vosotros cristianos cada vez más convencidos y coherentes!

Llegue a todos propicia y confortadora mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1979  Libreria Editrice Vaticana

 

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